Historias invisibles tras cinco años de guerra en Siria

“El pueblo quiere la caída del régimen”. Ese fue el grito desgarrado que, en 2011, hizo temblar a las dictaduras, que parecían estar enquistadas, desde el Magreb hasta el Mashreq. Después de años bajo la oscuridad de la tiranía y la corrupción de los gobiernos, la ciudadanía se levantó provocando una gran ola expansiva de lucha, que afectó desde El Aaiún hasta Yemen. El pueblo tunecino, egipcio, libio, siro… exigía pan, libertad y dignidad. Reclamaban democracia y transparencia, tras años de oscurantismo y opresión. Unas consignas que sirvieron de inspiración para otros movimientos ciudadanos a lo largo de todo el Planeta, como el 15M en Madrid u Occupy Wall Street en Nueva york. Además, sacudieron con fuerza el gran tablero del panorama político y geoestratégico internacional.

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Al Yarmouk, campamento de refugiados palestinos en Damasco bajo el asedio. Fotografía: Niraz Saied

Cinco años más tarde, se puede decir que ese impulso valiente consiguió la dimisión de Ben Ali y la caída de Mubarak, mientras que, en otros lugares como Yemen, Libia o Siria, han derivado en guerra. Al mismo tiempo el paradigma de la zona cambió, aunque no como deseaban los manifestantes de la Plaza Tahir, en El Cairo, o los que defendieron la dignidad del mártir Bouazizi, que se quemó a lo bonzo en Túnez, o las canciones que nacían de la garganta del bombero y cantante sirio Ibrhim Al Qashush, que en el inicio de la revolución en su país sus melodías sirvieron de aliento para el pueblo, y más tarde fueron motivo de su trágica muerte a manos de fuerzas leales de Al Assad.

En Siria, la lumbre de aquellas ansias de justicia, hoy apenas son cenizas, porque el fuego que ahora hay, es el que cae del cielo en forma de bombas barril que lanza el régimen o las potencias internacionales que intentan sacar tajada del horror. Un combate que se aviva con el sadismo de grupos terroristas como el Daesh, o mal llamado Estado Islámico.

Anhelos de libertad

Se cumplen cinco primaveras sin florecer, pero no por ello se ha esfumado el anhelo de la libertad. Aunque sus voces sean más tenues y haya un interés por apagarlas, existen y merecen ser escuchadas. Tanto dentro de Siria, como en la diáspora, se han creado numerosos grupos civiles que se autorganizan para reconstruir, nos sólo, sus ciudades y pueblos destrozados, también el ánimo de sus habitantes. Un sueño que persiste y resiste desde antes de la actual guerra, ya que aquel lugar del planeta no fue precisamente el edén ni el baladí de los derechos. Cuarenta años de dictadura, impedían que lo fuera.

Hafez Al Assad, el padre del vigente presidente, llegó al poder en 1970 tras un golpe de Estado y estuvo al cargo de la nación hasta que falleció en el año 2000. Durante los casi treinta años en el poder, aplastó a sus oponentes como ocurrió en la masacre de Hama,encarcelamientos en prisiones del terror, como la de Tadmor en Palmira, una zona que el pasado año recobró protagonismo por la difusión de videos del Daesh en los que se podía ver cómo destrozaban parte de las milenarias ruinas declaradas Patrimonio Histórico de la Humanidad.

A base de puño de hierro, Hafez, instauró lo que se conoce como una república hereditaria. Nada más morir el patriarca de los Assad, su hijo Bashar fue nombrado líder del partido Baaz (socialista y panarabista), ascendió a teniente general y asumió el cargo de Jefe del Estado Mayor del Ejército. Una semana más tarde, tras unas elecciones sin oposición se convirtió en presidente.

Durante los primeros años de mandato, trató de aplacar tímidamente la brutal represión ejercida en las décadas de poder de su progenitor. En 2007, el heredero, volvió a ser elegido como presidente en un nuevo referéndum sin opositores, recobrando la dureza del legado paterno, deteniendo a personas sin órdenes judiciales y persiguiendo a kurdos, islamistas o defensores de la democracia. Desactivó foros políticos, vetó a las ONG de defensa de derechos humanos, encarceló a activistas en pro de las libertades y ejerció un fuerte control en las redes, bloqueando portales como Facebook o Youtube. Herramientas que, por cierto, años más tarde servirían para dar a conocer al resto del mundo el cambio que se estaba fraguando en Siria, y que a día de hoy está inmersa en una cruel guerra en la que participan actores internacionales como Rusia, Irán, Francia, Estados Unidos, Turquía y Arabia Saudí; además de otros grupos radicales como Al Nusra o Daesh.

Con aquella antesala, y bajo la estela de las protestas en Túnez o Egipto, el 15 de marzo de 2011, en la ciudad siria de Daraa, al norte del país, miles de personas se lanzaron a la calle exigiendo la liberación de quince estudiantes detenidos por el gobierno tras pintar en una pared un mensaje contrario al presidente Bashar Al Assad. “El pueblo quiere derrocar al régimen”, se podía leer en el graffiti que los jóvenes garabatearon en los muros de su escuela, y que posteriormente fueron torturados y encarcelados.

Las protestas exigiendo democracia y el respeto de los derechos humanos, se extendieron por todo el país. Así explotó la rebelión contra la dictadura heredada, que respondió con arrestos, censura, brutalidad policial y violencia. Sólo en el mes de marzo de aquel año, decenas de personas murieron por disparos de las fuerzas del gobierno en las manifestaciones. Mientras, la oposición se organizó y nació el Ejército Libre Sirio, con el afán de conseguir el cambio. A comienzos del año 2012 la situación se agravó y los bombardeos del cuerpo militar se intensificaron. El contador de muertes no paraba de crecer. Tampoco ahora.

Tablero de intereses

Cinco años después, en Siria se han sobrepasado los límites de toda lógica. Al Assad sigue aferrándose al poder y a la tiranía, el país sirve como tablero donde las grandes potencias juegan sus partidas de intereses, el fanatismo yihadista campa a sus anchas; y la impunidad y destrucción parecen ser las únicas fuerzas reinantes.

Analizar y diseccionar, tanto el actual contexto de Siria como el futuro, se antoja una tarea peliaguda. La amenaza del Daesh a nivel mundial y la activa participación de países como Rusia, Estados Unidos, Francia o Arabia Saudí, ha forzado a un posicionamiento que se rige por la dicotomía: régimen (que sigue bombardeando indiscriminadamente a la población civil) o Daesh (que está instaurando el terror y salvajismo dentro y fuera de Siria). Esto complica una solución, ya que no contempla en profundidad el ambiente en el que está sumergido el país, ni al abanico de actores participantes contrarios a ambos extremos. Lo que dificulta augurar un mañana y que cuando llegue, Siria vuelva a ser de los sirios.

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Tampoco las espeluznantes cifras resultan suficientes para poner fin a esta pesadilla, que afecta tanto a lo humano, como a lo económico y cultural. Se calcula que el 80% de la población vive en situación de pobreza, 250.000 personas han perdido la vida, el 50% de la población está en situación de desplazamiento. Sólo en el primer mes de este año, 30979 sirios entraron por mar en Grecia, para continuar su periplo por las fronteras europeas, en busca de refugio.

El terror trata de arrasar cada resquicio de vida, provocando heridas profundas en la población civil, presa de dolorosas secuelas de la mayor crisis humanitaria después de la Segunda Guerra Mundial.

Pero ante tanta barbarie y atención puesta en los movimientos geopolíticos o militares, un sector importante de la población siria se esfuerza por mantener con vida no sólo sus cuerpos, también su deseo de alcanzar una Siria libre, donde vivir con dignidad y justicia.

Resistencia creativa

Hace un lustro, la conciencia colectiva explotó.  Antes de la revolución el espacio público estaba a disposición y servicio del mercado y del régimen, pero tras los levantamientos florece la expresión artística y numerosas iniciativas y colectivos que, desde el exilio o el interior, tratan de hacer resistencia civil y creativa. Aunque el precio de este empeño sea caro.

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Aeham Al Ahmad con su piano en las calles devastadas de Damasco. Fotografía: Niraz Saied

Niraz Saied, es una esas personas pacíficas y proactivas, que intenta demostrar que en Siria “se crea vida de la muerte”. Y él lo hace a través de sus fotos. Este joven nació en Yarmouk, un campamento de refugiados palestino en Siria que, tras la guerra, ha sufrido el asedio y el hambre provocado por el gobierno, causando la muerte por desnutrición de unas 200 personas; y desde hace un año, ha caído en las sádicas garras del Daesh. A Niraz se le conoce como “los ojos de Yarmouk”, porque captura a través de su objetivo escenas llenas de esperanza, porque como él dice, “es lo único que te mantiene con vida”. Y explica que allí, “la gente crea soluciones alternativas de convergencia para continuar con la vida, para mantener la existencia y humanidad”.

En sus retratos se pueden ver a niños jugando entre escombros, para no perder la magia de la infancia. O a Aeham Al Ahmad, el músico que salía con su piano a las calles de la devastada Damasco para hacer olvidar con cada nota, aunque fuera por un momento, la traumática situación. Al Ahmad, puso rumbo a Europa este verano cuando encontró su instrumento envuelto en llamas, preso del fanatismo del Daesh.

El testimonio de Niraz fue recogido a través de correos electrónicos, en conversaciones muy profundas y valientes, ya que su amor por la vida y la libertad, lo colocaron en el centro de la diana tanto del régimen como del Daesh. Meses más tarde, fue arrestado por las fuerzas de Al Assad y hasta la fecha se espera su liberación.

Otra emocionante iniciativa, es la que lleva a cabo la asociación Kesh Malek, creada y organizada por sirios y sirias de la diáspora y del interior, que conscientes de que, a pesar de la guerra, sigue habiendo un futuro, trabajan por ello. Lo hacen a través de la educación de los más vulnerables: los niños.

Kesh Malek, que en árabe significa “jaque al rey”, es una metáfora a ese jaque necesario a todo tipo de dictaduras u opresión. Su equipo supervisa y monitoriza nueve escuelas repartidas en siete barrios de Alepo, donde hay 3330 alumnos. Los bombardeos indiscriminados de la aviación rusa y siria, obliga a que los centros estén escondidos en sótanos, donde el vacío de luz natural se suple por otra que ilumina por mucho tiempo, la educación.

H.K, un joven sirio afincado en Madrid, es uno de los participantes de este proyecto que está en marcha desde el año 2011. Él se encarga del diseño de las aulas forradas de colores y mensajes propositivos y de empoderamiento para los pequeños.

“Quiero libertad”, “Reconstruiremos Siria piedra por piedra”, “Quiero a mis amigos”, “Somos el futuro”, “Tengo un gran sueño”.  Esas son solo algunas de las frases estampadas en pegatinas, carteles o paredes, que sirven para adornar estas escuelas que tratan de burlar la muerte. H.K. explica que es importante “resaltar valores comunes de todos los sirios, no las diferencias, que, esas están a la vista”. Por eso trabajan desde la inclusión, ya sea de género, religiosa, o cultural. También insisten en “la oportunidad de ofrecerles más opciones de vida, que -los niños- elijan y sepan que hay más alternativas que ser soldados. Todo, desde una visión para trabajar por una Siria libre”, argumenta. Así, se nutren de herramientas para construir su presente, su futuro, y el de Siria.

Memoria colectiva

Otro aspecto importante que alude a la población civil siria, es la cobertura en los medios de comunicación que se ofrece sobre ellos. O mejor dicho, que no se ofrece. En esta media década de conflicto el foco mediático está colapsado por el protagonismo que cobran los temas geopolíticos, así como la propaganda apocalíptica y de terror del Daesh. Una maquinaria que saltó a los focos con el asesinato del fotoperiodista norteamericano, James Foley, a manos del Daesh.

Esto provoca que las historias de resistencia ciudadana, que ocurren a lo largo y ancho del país, así como en la diáspora, se topen con un terrible telón de silencio. Si bien es cierto que, al igual que hace 25 años la guerra del Golfo se convirtió en el primer conflicto televisado en directo, la que acontece en Siria la recordaremos por ser la primera en retransmitirse por internet. Pero la red se convierte en un océano en el que naufraga la información.

Para evitar esa pérdida en la memoria (colectiva), de los sirios y del resto del mundo, en el año 2011 se creó el archivo Syria Untold, que trata de recuperar los relatos e iniciativas populares, como lo que ocurre en las localidades de Bebbila y Yalda, donde la población ha encontrado una solución al bloqueo de alimentos y medicinas que viven desde hace tres años. Y es que han creado huertos en las azoteas de las casas y lejos de los disparos de los francotiradores. Gracias a estas particulares huertas, pueden recolectar tomates, pimientos y berenjenas. Según Abu Farouk, un vecino de la zona, más del 30% de los habitantes se han unido a este proyecto.

Aunque la amenaza de los bombardeos siga presente, la tierra y los frutos, al igual que las personas, también se adaptan a la guerra para seguir brotando.

Esta es una de tantas actividades populares que se recogen en las crónicas de esa Siria no contada, y que se puede leer en su portal de internet en árabe o inglés.

Como la de Akram Abu al-Fawz, un hombre de 35 años y padre de tres hijos, que recoge restos de artillería que se queda en el suelo de la ciudad de Duma, para dibujar sobre ellos preciosas filigranas de arte tradicional sirio combinándolo con el espíritu renovado de la libertad. El resultado son hermosos adornos, y espera que “den testimonio de los crímenes contra la humanidad cometidos en Siria”.

El portal de Syria Untold, es un tesoro, donde hay espacio para todo tipo de narrativas que merecen ser escuchadas y la de Souda Nofal no podía ser menos. Esta profesora de la ciudad de Raqqa, se ha convertido en un ejemplo de la lucha y el activismo dentro de Siria. Participó en el comienzo de las revueltas contra el régimen y después en las primeras manifestaciones contra el Daesh, el grupo terrorista que ha invadido la zona y la ha convertido en su principal bastión.

Su voz y solidaridad no entiende de diferencias ni religión, por eso mostró todo su apoyo a sus vecinos cristianos, masacrados por el grupo terrorista. El espíritu de libertad de Nofal, contraresta con la imposición de banderas negras, de consigas sectarias y la profanación de tumbas de santos cristianos a cargo del Daesh.

Nofal, con sus carteles caseros, cargados de contenidos críticos como “Nuestra revolución fue liderada por gente honorable, y está siendo robada por ladrones”, planta cara al despotismo del Daesh, aunque su vida corra peligro.

Tanto Niraz, como Aeham Al Ahmad, Akram Abu al-Fawz o Nofal, son solo algunos de los miles de protagonistas invisibles, que resisten aferrados a los valores universales de la justicia, dignidad y libertad, humanizando el ambiente que respiran en Siria.

(*) Este reportaje ha sido publicado en el número de marzo de la Revista21 y en el blog de la autora https://escribiendoseentiendelagente.wordpress.com


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Sobre Fabiola Barranco Riaza

Fabiola Barranco Riaza es estudiante de Periodismo en la UCM de Madrid. Interesada en el mundo árabe y Oriente Medio, en especial Palestina y Sáhara Occidental. Sin perder de vista la lucha social y la vulnerabilidad de personas migrantes en el Estado español.