Un dolor sin nombre

PRIMER ANIVERSARIO DE LA MASACRE DE AYOTZINAPA EN IGUALA (MÉXICO)

«La justicia no tiene madre, porque si la tuviera, existiría». Es el grito desesperado de una madre con cuatro de sus hijos desaparecidos en México. Un ejemplo de los más de 40.000 casos abiertos, que sangran en heridas abiertas de víctimas criminalizadas, olvidadas por un Gobierno que  las redujo a simples «daños colaterales». Familiares que cavan cerros buscando en las fosas comunes los cuerpos de los desaparecidos y que atestiguan la dimensión del caos impuesto por un ambiente de crimen organizado, en connivencia con el Estado, que deja como principal secuela una nueva comunidad de cientos de miles de niños y niñas, hijos de asesinados y desaparecidos, que crecen en un caldo de cultivo de violencia, abandono, resentimiento y vacío.

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Por Elisa Pavón Mulero/ Fotografía: Elisa Pavón y Edi Escobar

 La masacre de Ayotzinapa no es un hecho aislado, pero sí fue el disparo definitivo que despertó al pueblo mexicano y generó una reacción sin precedentes bajo el lema “Vivos se los llevaron y vivos los queremos”. Un grito unánime de más de cuarenta mil familias mexicanas -26.567son reconocidos oficialmente por el Gobierno- destrozadas por desapariciones forzosas de alguno de sus miembros, todas ellas víctimas de una guerra no declarada, maquillada y encubierta, que revela la complicidad e implicación del Gobierno mexicano con las redes del narcotráfico instaladas en el país.

Aquel 26 de septiembre de 2014 la ciudad de Iguala, en el Estado de Guerrero, se cubrió de sombras y sangre. Dos autobuses con 80 estudiantes de la Escuela Rural de Ayotzinapa fueron detenidos y tiroteados a sangre fría por la policía mexicana. Seis muertos, veinte heridos y 43 jóvenes arrestados, a quienes subieron a camionetas policiales con rumbo desconocido. Un año después, sólo se ha hallado e identificado el cuerpo de uno de ellosmientras continúa la búsqueda de los demás. Fue la desaparición de los 43 estudiantes lo que desveló entonces otros 300 casos de personas desaparecidas en este Estado, cuyas familias empezaron a romper el silencio mantenido durante años por miedo a represalias. Por efecto dominó,hoy ya son miles los casos abiertos en Guerrero y los propios familiares recorren desde entonces regularmente los cerros cavando con sus manos en busca de cuerpos y pistas para activar las investigaciones, paradas a propósito por las autoridades. Han encontrado multitud fosas comunes, con centenares de cadáveres ejecutados con un tiro de gracia,tras ser mutilados y/o torturados. Los trabajos forenses de recuperación e identificación son lentos y costosos y, en su mayoría, aún están pendientes, pero los cuerpos se han hallado y demuestran el alcance de una barbarie oculta y siniestra que asola el país. Se me enredan en la mente las caras y los testimonios descarnados de tantos familiares, sus lágrimas vertidas desde la incomprensión y con la súplica de ayuda, como si de alguna manera creyeran que al contarlo, las opciones de localizar al desaparecido aumentaran. Es inmensa la responsabilidad y, más aún, la impotencia de verte tan pequeña ante semejante atrocidad.

Hay fosas clandestinas por todo México, es una pesadilla… No es lógico que en nuestro país estén desapareciendo personas como si esto fuera el Triángulo de las Bermudas, ni que los campesinos no cosechen verduras, sino restos humanos en las fosas clandestinas que se descubren a diarioEl país es un gigantesco cementerio de personas asesinadas con absoluta impunidad”

TERESA CARMONAAsegura Teresa Carmona Lobo, madre del joven Joaquín García-Jurado, estudiante de Arquitectura asesinado a los 21 años cuando se encontraba en su apartamento, el 7 de agosto de 2010. Uno más de tantos crímenes que se pierden en la burocracia de la utópica honradez de quienes deben hacer cumplir las leyes mexicanas. Conocí a Teresa en el acto de conmemoración del tercer aniversario del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), el 28 de marzo de 2014 en Cuernavaca, Estado de Morelos. El poeta Javier Sicilia rendía homenaje a su hijo Juan Francisco, asesinado junto a seis amigos en 2011. Siete cuerpos atados de pies y manos, con evidentes signos de tortura, marcas de asfixia y un tiro de gracia, que aparecían en el maletero de un coche a las afueras de la ciudad, en el municipio de Temixco. «Aquél día -comenta Teresa Carmona- la gente salió a la calle a decir «estamos hasta la madre, no más sangre». Una semana después del asesinato de los 7 jóvenes, Javier Sicilia convocó la sociedad mexicana para que saliera a la calle a expresar su indignación y sus exigencias de justicia. Yo salí en Cancún, donde vivo, donde nació Joaquín, para venir a esta ciudad de Cuernavaca, desde donde partió una marcha con 250 personas y llegamos al Zócalo, en el DF, más de 150.000. La situación del país entonces ya estaba sostenida con alfileres».

Esta marcha fue el principio del fin del silencio impuesto por el propio miedo y también la salvación para miles de familias mexicanas que sufrían en soledad su particular calvario. Javier Sicilia creó MPJD, la que es hoy la mayor plataforma de familiares de víctimas mexicanas, dedicada a la presión mediática y política con respecto a la situación de los Derechos Humanos en México. Unidos bajo la consigna «No más sangre», las propias familias -principalmente en la figura de las madres- se han erigido en investigadores de sus causas particulares y de las de todos los desaparecidos, así como en defensores de los Derechos Humanos de la sociedad mexicana, de un pueblo que lleva décadas siendo víctima del sistema corrupto y violento que atenaza sus vidas con total impunidad.

 Contar lo que sienten sin empatizar es francamente difícil. Al menos para mí, que no soy una periodista de cartón piedra. Hablar con tantas familias destrozadas le abre a uno en canal y le desarma por completo, porque son muchas horas de conversaciones profundas y dolorosas, de lágrimas que sólo puedo compartir desde mi propia esencia de mujer y madre, imaginando por momentos cómo puede ser posible que un ser humano tenga capacidad suficiente para absorber tamaña brutalidad. Es difícil desgranar esta realidad tan desconocida haciendo sólo una secuencia de hechos a través de sus testimonios. No se puede, en realidad, describir sin implicarse, sin explicar que cada frase y cada vivencia que aquí cuento, son sólo botones de una gigantesca madeja deshumanizada.

 “No queremos esta guerra que declaró el expresidente Felipe Calderón en 2006 y que ha convertido a México en el país de la simulación, porque se dice que las cosas se van a hacer y no se hacen”, asegura Araceli Rodríguez, madre de Luis Ángel León, sargento primero de la Policía Federal, desaparecido junto a otros 7 efectivos y un civil el 16 de noviembre de 2009 en Zitácuaro, Estado de Michoacán. Luis Ángel, de 24 años, salió de las instalaciones en Iztapalapa de la extinta Secretaría de Seguridad Pública (hoy Comisión Nacional de Seguridad) para ocupar el puesto en Ciudad Hidalgo, en el mismo Estado. La institución policial no les brindó vehículo seguro para este desplazamiento, aún a sabiendas de la peligrosidad del recorrido, y los 8 policías recibieron la instrucción de llegar por sus propios medios. Contrataron a un civil, Sergio Santoyo, que disponía de una camioneta grande para trasladarlos a todos y conocía el terreno michoacano para poder llevarlos al destino a salvo.

 Por las investigaciones llevadas a cabo por la propia Araceli Rodríguez, supo que fueron secuestrados a las tres de la tarde del mismo día por el cártel de la Familia Michoacana, más conocidos como Caballeros Templarios, y ejecutados cruelmente al anochecer. “Los cuerpos fueron descuartizados con motosierras y quemados hasta la completa incineración”, cuenta Araceli con un tremendo nudo en la garganta, aunque su valor es incuestionable, ya que fue capaz de avanzar por sí misma en la investigación sobre el paradero de su hijo hasta llegar a verse cara a cara con sus verdugos.

Me he entrevistado con ellos -comenta con la voz y los sentimientos empastados­- y les pregunté dónde están los restos, porque quiero aunque sea un trocito de mi hijo para darle un entierro digno”.

Pero no decían nada. Ella suplicaba un por qué. Vano esfuerzo el suyo, que sólo obtuvo por mísera respuesta un “cumplíamos órdenes”, si bien sus investigaciones sí dieron con un culpable confeso, que fue condenado recientemente a cadena perpetua.

 «Si hablas, mueres»

 La Historia contemporánea de México se escribe con los nombres de 85.000 asesinados y de más de 40.000 desaparecidos, víctimas a las que sus familias se niegan a abandonar en el olvido al que les ha condenado el Gobierno, que las considera «daños colaterales necesarios». Mujeres y hombres que, como Araceli, han convertido el desasosiego y la pena en lucha y, poco a poco, se van integrando en organizaciones civiles para aunar esfuerzos en torno a la debacle que se produce en el seno de cualquier familia víctima de extorsiones, secuestros, desapariciones forzadas o asesinatos, por citar algunos de los muchos delitos que conforman el abanico criminal del narcotráfico mexicano, que alcanza ya a trata de personas, tráfico de órganos, feminicidios y prostitución.

 Pero ha tenido que ser la muerte del fotoperiodista Rubén Espinosa y de la activista Nadia Vera, asesinados junto a otras tres mujeres el pasado 31 de Julio en un piso de la colonia La Narvarte, en México D.F., lo que ha devuelto la rabia a esta lucha y a poner en pie a la sociedad mexicana, conscientes cada vez más de que la delincuencia organizada mexicana es de Estado, porque quienes se atreven adestapar verdades y a señalar con el dedo a los actores políticos de formar parte operativa de esos grupos criminales, simplemente son ejecutados, especialmente los periodistas, que ya suman oficialmente 104 asesinados desde que se iniciara esta guerra (169 según las organizaciones de Derechos Humanos mexicanas), con un total de 25 casos de desaparecidos denunciados. Y es más duro aun cuando es un periodista el asesinado, porque en esos casos sí hay un ligero movimiento internacional promovido por las grandes organizaciones de defensa de la profesión. Pero es precisamente ese impulso que difunde una muerte en concreto, el mismo que entierra de golpe en el olvido a otras miles, que creen que«no sirven» para levantar un dedo en favor de la Libertad de Expresión ni para concienciar respecto a esta situación que sume a todo un país en la desgracia. Otra más de las muchas dicotomías que se plantean en esta espeluznante coyuntura socio-política que envuelve a las víctimas y a sus familiares.

 «Hablar y decir la verdad se ha vuelto firmar tu sentencia de muerte en México. Este país no necesita héroes ni mártires, sino una transformación de fondo y crear conciencia social respecto al grado de putrefacción del Gobierno, que arrastra a todos los mexicanos, porque hemos llegado a un punto en el que si nombras a las cosas por su nombre, mueres»

Asegura Juan Carlos Trujillo, responsable de la asociación civil Familiares en Búsqueda María Herrera, única organización social mexicana que activa e impulsa el seguimiento a los desaparecidos hasta encontrarlos. Era su sueño, poner al servicio de las víctimas su propia experiencia para luchar contra el miedo imperante en la sociedad y mostrar el alcance real de la miseria criminal que consume a la población mexicana, anteponiendo la búsqueda de los desaparecidos y la atención directa a sus familias, como complemento operativo de la acción política emprendida por el Movimiento por la Paz de Javier Silicia.

Juan Carlos Trujilo es hijo de María Herrera Magdaleno, cuyo drama familiar es dantesco. Con cuatro de sus hijos desaparecidos, ella se ha convertido, como otras muchas, en madre de miles de desaparecidos y en el apoyo incondicional para miles de familiares que atraviesan la misma situación. El 28 de agosto de 2008 sus hijos pequeños Raúl, de 19 años, y Jesús Salvador, de 24, y cincode sus empleados no regresaron del trabajo. Desaparecieron sin dejar rastro en el estado de Guerrero. Dos años después de la desaparición de Raúl y Jesús Salvador, el 21 de septiembre de 2010 otros dos de sus hijos fueron secuestrados en Veracruz, Gustavo, de 27 años, y Luis Armando, de 25, junto con uno de sus sobrinos y el esposo de una nieta.

Su voz se quiebra y María respira lento, enjugando lágrimas y tragando una saliva que le reseca por dentro de puro dolor. “La justicia no tiene madre, porque si la tuviera, existiría. Yo sólo quería morir, me sentía incapaz de sobrevivir al dolor de tener a 4 hijos desaparecidos. En aquel momento me di cuenta de que no daba más de mí”, relata. «Es muy duro,porque aunque las heridas no cicatrizan, contarlo es revivirlo y es como echar limón a las heridas… Con este dolor a cuestas, el corazón destrozado y una vida incierta, porque andamos como los nómadas de un lado a otro, uno se siente perdido y en completa soledad. Algunas personas me preguntan si no nos da miedo contarlo, pero yo les digo que cuando a uno le quitan lo que más quiere en la vida, que son los hijos, se pierde totalmente el miedo. De hecho, lo primero que muere es el miedo».

Y es que hay un limbo lleno de familias rotas, donde se queda la gente suspendida, con ese dolor sin nombre y esa incertidumbre en el alma, con cien mil interrogantes que empiezan por «si ese día hubiera…», pero con una realidad aplastante sobre los hombros que tiene consecuencias tremendas para las familias en términos económicos, de desplazamiento, emocionales, psicológicos y sociales. Un hondo vacío inexplicable con palabras, que provoca que el entorno y la propia sociedad pierdan por completo la dimensión de lo que ocurre en el seno de las familias de los desaparecidos y asesinados, porque es inimaginable.

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«Hay un proceso de vida en el cual Dios te da el don de la resignación ante la muerte, pero esto no hay nada que te ayude a procesarlo internamente -asegura Juan Carlos Trujillo-. Se produce una descompensación emocional y teabre un hueco en el interior que te impide volver a ser humano nuevamente. Un vacío que te limita en todos los sentidos, tanto físico, económico, psicológico, emocional… Encontrar al desaparecido se convierte en el único objetivo de tu vida, mientras te consumes por dentro y te quedas esperando, preguntándote quién te va a salvar». María Herrera y Juan Carlos Trujillo tenían una vida cómoda en Pajuacuarán (estado de Michoacán), con un negocio familiar rentable y una estabilidad que normalizaba su día a día. A los seis meses de infructuosa búsqueda de los dos primeros desaparecidos de la familia, el marido de María falleció de pena. Cuesta creerlo, pero es así y tiene su explicación. Los familiares, especialmente los padres y madres, no sienten más dolor que el del alma y dejan de cuidarse y de atender los avisos del cuerpo que anuncian enfermedad, que se desarrollan a sus anchas sin oposición alguna hasta el inevitable final.

 Impunidad y silencio

«Si no se hubiera dado el caso de Ayotzinapa, las víctimas estaríamos totalmente pulverizadas, porque es la consigna política que se ha impuesto, donde han reducido a los muertos y desaparecidos a simples “daños colaterales” borrados del mapa», afirma Juan Carlos Trujillo. Los familiares pusieron todas sus esperanzas en las promesas electorales del Presidente Peña Nieto, que se comprometió a crear una Ley General de Víctimas, que finalmente llegó en 2013, casi siete años después del inicio de la guerra contra el narcotráfico y con un bagaje oficial de 70.000 muertos y 23.000 desparecidos por aquel entonces. Pretendía saldar la deuda contraída por las autoridades con las víctimas de la violencia criminal y se establecía un marco de derechos de las víctimas, así como acciones concretas para garantizar suprotección, atención y reparación del daño. Pero esa ayuda sigue sin llegarles de un modo efectivo ni eficaz.

Maricela Orozco Montalvo da puñetazos en la mesa cuando escucha hablar de la Ley de Víctimas. «Las autoridades no hacen nada por ayudarnos, por protegernos o por integrarnos de nuevo en la sociedad. Pudieron haber agarrado a los secuestradores de mi hijo Jerson y a los asesinos de mi hijo Alan y mi yerno Miguel, porque había muchas pruebas… Sabemos quiénes dispararon, quiénes se lo llevaron, porque hay un detenido que ha confesado todo, pero esto es Veracruz, un estado mexicano donde impera la impunidad». El 15 de marzo de 2014, en la colonia Arboleda de San Ramón de Medellín de Bravo, Jerson salió a comprar temprano y no regresó. Horas más tarde, pidieron un rescate desde su móvil y el intercambio se iba a producir en una calle cercana a su casa. Aunque los padres pagaron el rescate, los secuestradores no entregaron al joven estudiante de Arquitectura. En medio del caos y la preocupación, su hermano pequeño, Alan, y su cuñado Miguel salieron a su encuentro, cuando fueron rodeados y acribillados sin opción de defensa alguna. Los sicarios pretendieron asesinar también a la hija y a la nuera de Maricela, pero una vecina les abrió la puerta y lograron esconderse sin ser vistas. «Ese mismo día, con dos miembros de la familia asesinados y otro desaparecido, nos marchamos de Veracruz, porque a ellas las querían matar y estábamos perfectamente localizados… Nosotros debíamos huir de los criminales y las autoridades no han podido detenerlos, cuando les hemos demostrado que todo ocurrió en la colonia y por personas que continúan allí», lamenta Maricela Orozco, invadida de impotencia, porque el autor material del secuestro, confesó con todo lujo de detalles respecto a la banda criminal que arrasó impunemente la vida de tres familias en un momento.

 Es Veracruz… Efectivamente, las altas autoridades del Estado veracruzano -y concretamente el gobernador Javier Duarte- están señalados directamente como artífices de la corrupción y ordenantes de asesinatos por encargo, como en caso del fotoperiodista Rubén Espinosa o la activista Nadia Vera, que huyeron del estadoamenazados de muerte. En su caso, de nada les valió refugiarse en el Distrito Federal, ni dejar aviso grabado en vídeo de su miedo, señalando sin rubor a quién sería el responsable (Javier Duarte). Rubén fue el séptimo periodista asesinado en México en lo que llevamos de 2015, aunque la lista sigue creciendo, al sumar las de Adrián Martínez López y Juan Heriberto Santos Cabrera, en Tabasco y Veracruz, respectivamente. La de defensores de los Derechos Humanos también va sumando muertes, siendo la última la de Miguel Ángel Jiménez Blanco, principal impulsor de la búsqueda directa de los cuerpos de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, que fue asesinado en Acapulco días después del multihomicidio de la Narvarte en México D.F., y cuyaausencia ha dejado desvalidas a muchas personas, que depositaron su confianza y sus esperanzas en su demostrada experiencia en la localización de fosas y recuperación de cuerpos en el estado de Guerrero.

Trato de entender cómo gestiona el miedo la familia de un desaparecido. Todas aseguran que no tienen miedo porque no piensan en él, sólo saben que no hay garantía de no repetición y abren las compuertas de la autodefensa para proteger lo que queda de su pequeño clan y, por eso, se convierten en desplazados forzosos de uno a otro Estado, aunque sabedores de que la mano del crimen se extiende por todo México, en un binomio indisoluble que combina mafia y autoridad. Juan Carlos Trujillo me lo explicay asegura que:

«cuando te desaparecen a un familiar, te arrancan la vida, es una pérdida insuperable el dolor. El amor y el deseo de encontrarle te lleva a hacer cosas que para cualquier ser humano sería inconcebible y no piensas en el miedo, sino en protegerte y proteger a los tuyos a toda costa».

Tuvo, como muchos, el pensamiento furtivo y efímero de huir y abandonar México cuando creía que ya no soportaba más «vivir muerto». Fue entonces cuando un amigo le dio un sabio consejo, que atesora como tal y lo repite incesantemente a las demás familias. «Hermano, sólo hay dos opciones: O cambias de país o cambias a tu país». Obviamente, optó por la segunda y hoy trabaja en pos de esta causa, consciente de que su vida corre peligro. Aun así, lo tiene muy claro y no tiene miedo a morir, porque «puede que callen mi voz algún día, pero no podrán callar las bocas de quienes me escucharon».

«Lo dejamos todo, absolutamente todo -reconoce Araceli Rodríguez-. Mis hijos Giovanni, Martín y Gabi perdieron a su madre el mismo día que a su hermano, porque me dediqué por entero a buscar a Luis Ángel. Tuve un tremendo sentimiento de culpabilidad cuando mi hija me  dijo que descuidé su dolor y no estuve con ellos en el proceso de asumir todo lo que estaba sucediendo”. Fue entonces cuando Araceli se paró a analizar las cosas con perspectiva, buscó sus puntos cardinales y entendió que “debía seguir buscando a Luis Ángel, sin dejar de atender a mis otros hijos y sin abandonarme yo”. Explicaba con voz serena que ella, que fue padre y madre porque su marido les abandonó veinte años atrás, había protegido a sus hijos de los peligros de la calle, les había inculcado modales, principios y valores, pero al final “me falló quien menos podía esperar, mi propio Gobierno… Resulta que no podía fiarme ni siquiera de las fuerzas de seguridad de mi país”. Toda su calma y sereno coraje se vino abajo en un momento, cuando miraba al cielo diciendo “si las autoridades gubernamentales no son capaces siquiera de proteger a los efectivos de sus instituciones públicas, ¿cómo se supone que van a proteger a los ciudadanos?”.

«Olvidaron a los hijos de los desaparecidos»

Hay una gran responsabilidad pendiente que el Gobierno hasta la fecha no ha querido cumplir.Las familias salen a la calle para dar a conocer la situación y han llegado a alcanzar cierto grado de compasión por parte de la sociedad mexicana, pero, como dice María Herrera,«tenemos un hueco por dentro que no se llena con nada». Otras madres de asesinados o desaparecidosle dicen que ella, al menos, tiene a sus nietos, que son el recuerdo vivo de los hijos y a buen seguro, le dan más fuerza. Pero Maríasiente que son las propias familias de sus hijos desaparecidos las que convierte aún en más doloroso y cruel la realidad de su calvario,«porque veo que el tiempo pasa sobre mis nueras, entregadas a esperar el regreso de sus maridos deshechas en ese sentimiento que llamamos «luto congelado», y tampoco sé qué decirles a mis nietos cuando me reclaman que les regrese a sus papás».

María Herrera tiene 5 nietos de sus hijos desaparecidos. El mayor, Salvador, hijo de Jesús, tenía 4 años cuando su padre desapareció y hoy ya tiene 11. Aquél día que salió de viaje, la familia celebraba un nuevo embarazo de su esposa, que traía en su vientre a Lupita, a quien nunca ha conocido. Luis Armando, de 8 años, y Jesús, que apenas tenía unos días cuando su padre, Luis, desapareció con su tío Gustavo y otros miembros de la familia. Y el hijo de éste,

Gustavo, también de 8 años, que es muy distinto a los demás y está lleno de paz interior. Sólo tenía con 4 años cuando desaparecieron a su padre y contaba con los deditos los cinco días que se preveía su viaje. Después, preguntaba desolado qué más podía hacer si ya se le acabaron los dedos y no podía continuar contando…

Juan Carlos Trujillo me cuenta que su sobrino, con 4 años, decía «yo de mayor quiero ser policía para traer a mi papá y matar a los sicarios» y matizaba «pero policía de los buenos, ¿eh?». Han pasado cinco años y hoy el pequeño asegura que «prefiere ser un sicario».Es ésta la responsabilidad no atendida por el Gobierno, estos niños, hijos de los desaparecidos, que no son huérfanos ni sus madres viudas. Son muchos, 3 o 4 por desaparecido de media, y  conforman hoy toda una comunidad de menores de edad, que nace en desamparo y crece en el resentimiento. «Siempre me pregunto qué va a pasar con nuestros hijos desaparecidos y, peor aún, ¿qué futuro les espera a los suyos?», asegura compungida María, quien reconoce que ni la Ley General de Víctimas ni nadie se ha dignado a atender a esos miles de niños que están creciendo en un México roto, sin figura paterna, en el seno de una familia desestructurada y enfrentando una sociedad hostil,porque tiende a juzgar a las víctimas con el argumento siempre recurrente de «algo habrán hecho» y se apartan de las familias haciéndoles el vacío por considerar que son «un peligro que llama y atrae a los criminales».

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Al final, los niños son, como siempre, quienes absorben una ingente cantidad de información contradictoria, repleta de rabia, impotencia y animadversión, con un hueco interior que no se sabe cómo llenar. «Nadie imagina lo que esos niños pueden estar pensando-comenta María-, ni cómo procesan en su interior esta situación, que les genera coraje, resentimiento e incertidumbre, pero duele ver que nadie contempla que necesitan una atención especial del Gobierno, porque viven una realidad distinta y absolutamente traumática para un menor, con todo un mecanismo de defensa y ataque  derivado del trauma psicológico y del vacío afectivo que sufren, aunque también incrementado por el rechazo social».Expresan su pena en momentos de rabieta infantil, cuando sus madres les regañan y ellos buscan desesperadamente el consuelo de un padre robado, que se mantiene vivo en el recuerdo de sus mentes y en la rutina diaria de sus familias. Y gritan preguntándose «¿dónde estás, papá…?» y rezan juntando sus manos pidiéndole a Dios que se los devuelva ya, que el tiempo sin ellos se les hace eterno.

Es entonces cuando María Herrera se deshace, se consume y busca el consuelo entregando su experiencia a otras familias que se encuentran en esa situación. «Se han dicho muchas cosas sobre los 43 estudiantes de Ayotzinapa-comenta-, pero yo no me pongo a pensar en nada de eso, porque son cortinas de humo impulsadas por las autoridades para alejarnos de la lucha por saber dónde están… Sólo pienso en el dolor de esas madres, en el calvario que sé que les espera y no hay palabras con las que pudiéramos hacerles sentir alivio, aun siendo un dolor y una lucha compartidos».  Le brotan lágrimas que trata de contener, pero insiste e insiste mascullando «si es que tan sólo son unos niños, por Dios, tan sólo son unos muchachos inocentes…».

Y a través de los hechos de Ayotzinapa llego a esa parte que resulta imposible de creer, esa en que miles de familiares hasta entonces escondidos en su anonimato y callados, movidos por el impulso de esa búsqueda emprendida por la exigencia nacional e internacional, destaparon sus propios dramas y unieron sus manos a las de los padres de los 43 para ponerse a cavar los interminables cerros que rodean Iguala y otros pueblos del Estado de Guerrero. Una experiencia traumática, triste y aterradora, porque si bien desean con toda su alma encontrar una respuesta respecto al paradero de su familiar -y por ende hallar al fin una paz interior necesaria-, lo cierto es que son presas del pánico cuando encuentra una fosa llena de huesos descompuestos y se enfrentan a sus propios miedos,  al terror de saber que puede que uno de ellos sea de quien buscan. Las autoridades mexicanas han reconocido el pasado mes de junio que en 8 meses, sólo en las proximidades de Iguala se hallaron 60 fosas con 129 personas… La cifra real es mucho mayor.

 Mario Vergara Hernández busca a su hermano Tomás, secuestrado el 5 de julio de 2012 en Huitzuco, también en el Estado de Guerrero. Asesinado su padre años antes en una reyerta de borrachos, como dice él, en un momento en que la violencia no reinaba en las calles mexicanas, vivía en una familia humilde con su madre, sus dos hermanas y el que ahora les falta.  El 5 de julio siempre fue festivo en la familia, porque una de las hermanas cumplía años, pero ese día se acabó para siempre la celebración, cuando una llamada telefónica avisaba de que debían depositar 300.000 pesos como rescate si querían volver a ver con vida a Tomás. Su cielo se apagó. Era una cifra desorbitada para sus posibilidades y, sabiendo cómo actuaron anteriormente otros, empezaron a negociar, partiendo de 50.000 pesos, suma que reunieron con los ahorros de toda una vida de trabajo.

Semanas eternas entre llamada y llamada, sin prueba de vida, sin más tono que el de la amenaza y la coacción con represalias aún mayores si no pagaban. Denunciaron y, a instancias de la Procuraduría General del Estado, un par de agentes se ocupaban del caso,  grabando las llamadas con la excusa de rastrearlas, cuando en verdad sólo consumían tiempo sin avanzar en la investigación real. Dos meses y medio después, llegada la cifra acordada a 89.000 pesos, Mario se encara a los secuestradores de su hermano y pide esa prueba de vida. Y logra al fin hablar con él. «El jefe quería terminar con este tema -comenta Mario Vergara-y quedamos al día siguiente para la entrega. Me pasaron con mi hermano, que me dijo “carnal, me secuestraron, junta lo que te piden y entrégalo”… queríamos ayudar al reloj a que pasaran las horas, pero llegado el momento, los asesores policiales no me dejaron ir porque decían que era una grabación».Mario se queda sin adjetivos para describir aquel momento. Sólo hubo una llamada más, la que le tortura minuto a minuto desde entonces, la de la voz que le dijo «te vas a arrepentir toda tu vida». Nunca más volvió a saber de su hermano Tomás.

Su madre le repetía incesantemente «hijo, vete a los cerros a buscarle, dicen que allá tienen a mucha gente y a lo mejor lo encuentras». Nunca lo hizo por miedo a fracasar en la misión, que la consideraba «buscar una aguja en un pajar». Ayotzinapa fue un antes y un después para él. Supo que los padres encontraron 5 fosas con 30 cuerpos y que los forenses determinaron que no eran los de los 43 estudiantes normalistas, sino anteriores. Ahí, cargando con una mochila de culpabilidad que pesa toneladas, Mario se unió a otras muchas familias esperanzadas de que esos restos pudieran pertenecer a sus seres queridos y crearon un grupo de búsqueda «Los otros desaparecidos de Iguala» y se convirtió en buscador de fosas, en equipo con otros dos familiares de desaparecidos. Lidia a diario desde el principio con las maniobras gubernamentales de manipulación de hechos y de negligencias repetidas en exhumación de cuerpos y procesos de investigación e identificación de los restos encontrados. Pero, aun así, ya ha llevado «104 milagros a casas de gente que sufre igual que yo», mientras acompaña y enseña a otros familiares a identificar las señales que da la tierra y a trabajar sobre las fosas, recubriendo el alma de esperanza y enfrentando con coraje el momento más difícil, cuando les recorre de arriba abajo un escalofrío al imaginar lo que vivieron los que están allí sepultados y se preguntan si acaso es lo que habrán vivido su hermano Tomás y los demás. Aun así, esto fortalece a Mario, le inspira y le hace sentirse «cada día más cerca de mi hermano, porque ya hay un ejército de familias con el mismo dolor y buscando con el mismo ímpetu».

 Botín moral y político

 María Herrera y Juan Carlos Trujillo tuvieron el coraje de decir todas estas cosas a la cara a las autoridades, dándoles así la oportunidad de implicarse directamente en la problemática real de las familias de los desaparecidos. Han tenido encuentros con el ex Presidente de la República Felipe Calderón y en precampaña con el actual, Peña Nieto, para hacerles llegar las reclamaciones de las víctimas directamente. «Es difícil evaluar resultados -asegura Juan Carlos-, pero sí hubo un cambio en la política de Calderón, que generó toda esta situación al declarar la guerra a los narco. Quiso entonces voltear la mirada a las familias y atender un poco sus peticiones, pero él siempre dijo que nosotros éramos “daños colaterales” de la secuencia de la guerra». Con Peña Nieto, a posteriori, se dio cuenta de que sólo fueron «la materia prima que le permitiría escalar hasta la Presidencia», porque sus promesashacia las víctimas quedaron en papel mojado.

«Este Gobierno es más inepto aún que el anterior y, peor aún, es más “mañoso”, porque con esa Ley General de Víctimas sólo se pretende encapsular los procesos de investigación y búsqueda de los desaparecidos, porque el Estado mexicano no tiene estructura ni capacidad para gestionar la dimensión de esta problemática. Y ya suman décadas que no ponen remedio alguno a nada», apunta Trujillo.

Cuando los familiares son capaces de llevar adelante sus propios procesos de investigación, denuncia y búsqueda, impiden que muchas organizaciones «solidarias» -formadas por desaprensivos- se lucren a costa de las víctimas, en el momento en que son más vulnerables. Y, obviamente, romper negocios tan rentables no es algo que las autoridades, mafias y criminales estén dispuestos a permitir. «Por eso somos un botín moral que trasciende y genera a su vez un botín político y económico», afirma Juan Carlos Trujillo.Es por eso que el padre de uno de los desaparecidos de Ayotzinapa, se enfrentaba en nombre de todas las familias al Senado mexicano y, en una emotiva y dura intervención, alzaba la voz diciendo: «Ya basta, que ya no tenemos lágrimas sino coraje contra todos ustedes. ¿Acaso no tiene ninguno de ustedes los suficientes pantalones para decirle a los criminales que no es el momento de más reformas con prerrogativas, sino que es la hora de buscar a nuestros muchachos desaparecidos?». Y se hizo el silencio político frente al aplauso de las familias.

Esa rabia no se canaliza, sólo se interioriza junto con el dolor y la impotencia. Juan Carlos Trujillo asegura que «las familias de los desaparecidos estamos pobres y este país nos tiene corriendo y mugrientos, pero también sumisos por el status que tenemos, limitados a poder cubrir apenas nuestras necesidades más básicas, saliendo adelante día a día sabiendo que tú podrías ser otra persona distinta y que podrías darles oportunidades a tus hijos…Esta es la cancha donde le gusta jugar al Gobierno y en la que nosotros nos mantenemos sometidos». Desespera al recordar cómo pasaron de llevar aquella vida acomodada a verse durmiendo en estaciones de autobuses, sin posibilidad de asearse y sin un peso en el bolsillo. Les cuesta Dios y ayuda romper la barrera del miedo para encontrar la solidaridad de las poblaciones a las que llegan desplazados, con una mano delante y otra detrás, y con toda la familia a cuestas. Integrarse en una sociedad llena de recelo, que no confía en nadie porque no se puede confiar en nadie, se vuelve una misión complicada. La política de criminalización de las víctimas desarrollada por el Gobierno ya es un hecho instaurado en la población mexicana, que teme que los desplazados atraigan a sus perseguidores y antepone prejuicios vagamente sostenidos para señalar con el dedo y denostar a las familias de desaparecidos y asesinados.

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Con base a todo esto, la familia Trujillo-Herrera creó “Familiares en Búsqueda María Herrera”, una asociación civil que nace para hacer un frente común contra las desapariciones y para poner en marcha la búsqueda directa de los desaparecidos, de la mano de los propios familiares, de una manera organizada y conjunta, dando contenido a un proyecto común denominado “Enlaces Nacionales”. Trabajan por hermanar las organizaciones locales, estatales y federales que llevan procesos de búsqueda, para poder compartir mecanismos y experiencias para optimizar los recursos.

Asimismo, intentan alcanzar la mayor cantidad posible de familiares, especialmente a los más desfavorecidos y vulnerables, aquellos que no saben leer, los que no tienen acceso a internet olos que no han denunciado por miedo. La finalidad es poder hacer una radiografía más clara de cuál es el grado de descomposición del Estado y de la sociedad mexicana. «En el momento enque nos reconozcamos como una comunidad naciente del dolor, avanzaremos como pueblo », concluye Juan Carlos Trujillo,

Encuentro a madres, esposas e hijas bordando en las plazas públicas mexicanas haciendo terapia de grupo. Desahogan dolor dando puntadas rojas en pañuelos blancos,donde se graban las historias de sus familiares desaparecidos o asesinados, poniendo así rostro a la verdad y manteniéndoles presentes.

El tiempo se congela en nuestras vidas, ¿entiendes? Estamos suspendidas en el viento, incapaces de ser nada más que madres”

 Dice una de ellas  con voz dolorida y ciertamente ahogada en sollozos. Es entonces cuando se puede entender la necesidad que tienen todas esas mujeres de hacer reaccionar a la dormida e indolente sociedad mexicana, tristemente acostumbrada a una violencia extrema. Un dolor sin nombre que se convierte en el motor de su lucha y en el alma de la esperanza para un país consumido en el horror, ante el silencio y la ceguera internacional que ni vuelve la cabeza para mirarles. Llegó la hora, porque en realidad nadie está a salvo en México.


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Sobre Hemisferio Zero

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