La fotografía humana de Reza Deghati: “El exilio es la gran historia de nuestro siglo”

Encuentro con Reza Deghati, fotoperiodista de guerra, figura emblemática de National Geographic y creador de la primera agencia de medios de comunicación independientes en Afganistán. El altruismo de Reza sitúa a su interlocutor en un camino de arenas movedizas que sortea la admiración y el misterio. Su cándida sonrisa se antoja irreversible, y tampoco desaparece cuando me cuenta las torturas a las que fue sometido durante sus tres años de cautiverio por su ‘militancia artística’ contra el régimen de Shah en la década de los setenta.

El fotógrafo Reza Deghati Fotografía: Vimeo

El fotógrafo Reza Deghati Fotografía: Vimeo

Por Alexandra Gil*

París, FRANCIA// Este fotógrafo de origen iraní posee desde los catorce años un escudo indestructible entre sus manos: “Mi cámara es mi arma de paz”, defiende quien podría jactarse, pero no lo hace, de haber logrado retratos que hicieron historia, como el del comandante Massoud, figura de resistencia afgana ante la invasión soviética en la década de los ochenta, y ante el fundamentalismo islámico, lo que le llevó a ser asesinado por Al Qaeda dos días antes del fatídico 11 de septiembre.

El genocidio ruandés, la masacre que sometió al pueblo bosnio a la más vil de las miserias, las huellas del apartheid… Hace exactamente medio siglo que los ojos de Reza Deghati inmortalizan bocetos de la historia que alguien, en algún momento, no quiso que se inmortalizasen. Periodismo en estado puro a través de lo que él mismo llama “alfabeto universal”. Su obstinación por mostrar la verdad fue el condimento democrático que chocó de bruces con el régimen de Shah, y que forzó a Deghati al exilio en 1981.

Desde ese instante, Arabia Saudí, Líbano, Turquía, Sudáfrica, Pakistán, China, Egipto… El paciente zoom de Reza ha hallado en cada rincón del planeta instantes de esperanza atrapados en la injusticia de la guerra. “Creo que conocer al otro es un paso importante hacia la paz. Utilizar la imagen para permitir a los individuos conocer sus respectivas culturas contribuye a esa paz”, me responde cuando me intereso por la hipotética fotografía que podría simbolizar, según él, el paso necesario y definitivo hacia una paz entre las naciones. Pero para Deghati, el término nación es demasiado superfluo, en tanto en cuanto éstas son solo un conjunto de individuos hechos de la misma pasta.“Mi fotografía es un himno a la belleza humana, a la naturaleza. No existe para mí un momento de la historia que pueda provocar esa paz. No hay una única foto que conduzca a una conciliación. Sólo el acto de conocer al otro puede llevarnos a comprenderle, y ese es el único camino”.

 

La importancia de la educación

Caigo de nuevo en la cuenta: tengo ante mí a un hombre que ha visto manifestarse durante cinco décadas, frente a su objetivo, todas las formas de miseria imaginables; un hombre que ha presenciado la ‘evolución’ de la sociedad afgana. Abordo entonces su estrecha relación con su población y le invito a remontar catorce años entre sus recuerdos para encontrar el origen de su fundación humanitaria, el gran orgullo de un hombre al que, sin embargo, no le han faltado reconocimientos a lo largo de su extensa carrera.

De repente, el periodista que duerme tras la cámara decide invertir los roles. Me lanza una pregunta retórica. La primera. “¿Qué es lo mejor que podemos llevar a un país carente de democracia? Efectivamente, la educacion. ¿Tengo razón o no?”. Cómo negarlo. Asiento. Convencido de ello, lidiando con la aplastante presencia talibán en el país y con la única meta de regalar a los afganos las herramientas necesarias para decidir su destino, Reza funda en 2001 ‘Aina’, un proyecto que introduce a miles de mujeres y niños de Afganistán al estudio de los medios de comunicación. Orgulloso, Deghati recuerda los logros de la fundación, gracias a la cual una decena de periódicos y diversas publicaciones de tirada nacional han renacido tras arduos periodos bajo la mordaza talibán. El magazine de sociedad Sabawoon, la revista Kabul Weekly o la satírica Zambel-el-Gham continúan su labor gracias al inagotable empeño de este fotógrafo de 62 años, quien, además de velar por la protección de los medios ya existentes, creó diarios exitosamente acogidos por la población afgana. “La revista mensual Malalï realizada por mujeres, Las Noticias de Kaboul o la publicación Envol, una revista que sirve a los niños de Afganistán de ventana abierta al mundo”, enumera con entusiasmo. “Desde 2006 esta iniciativa también es posible en Sri Lanka”.

 

Para Reza, la presencia del Estado Islámico y de Al Qaeda en el tierra afgana no es un impedimento para sacar adelante la democracia a través de la educación. “Cuando lancé Aina, en 2001, los talibanes ya tenían el control de Afganistán. Pero esto no nos impidió avanzar en nuestra meta. La revista de cultura general para niños, Envol, no contiene política ni imágenes de mujeres, por lo que los talibanes la dejaron entrar en los hogares afganos y pudimos lograr un impacto en esas personas”. La voz de Reza adquiere entonces un tono sagaz, casi infantil, como quien se sabe bordeando el límite de las reglas de un juego absurdo y consigue salirse con la suya. Dura escasos segundos. Después, su voz recupera la armonía. “Cada país, cada momento, es una batalla entre la luz y el obscurantismo. Y hay que encontrar sobre la marcha soluciones adaptadas. No existe una fórmula cerrada, pero siempre es posible hacer algo”.

Las fuerzas tenebrosas

Puesto que sus fotografías retratan las historias que se ocultan tras las cifras, me intereso por su opinión sobre el modo en que los medios plasman los conflictos desde Occidente. Descubro rápido que la esperanza con la que Reza describía segundos atrás los pequeños logros democráticos de un país todavía en construcción (y destrucción), se transforma en pesimismo al relatar el estado de salud de la libertad de expresión en países donde, en un principio, ésta se daba por adquirida. “Siempre he pensado que el mundo cambia, evoluciona hacia la perfección. Detectar la verdad y mostrarla son dos elementos importantes para que ese cambio se produzca. Cuanto más transparentes somos, mejor se comporta el mundo con nosotros. Pero existen fuerzas, que yo llamo ‘tenebrosas’ , que intentan llevar al mundo hacia la otra dirección. Y esas fuerzas, a través de los actos que han llevado a cabo en las últimas décadas, también han arrastrado a los medios de comunicación hacia el otro camino. En los países occidentales, donde se presupone una libertad de expresión, el control de este poder se ejerce financieramente.”

Me explica su visión a través del ejemplo francés, nombrando sin temor a grandes grupos empresariales como Bouygues, o Lagardère, firmemente presentes en el capital de diarios como Le Monde y radios como Europe 1. “Estamos hablando del país de los derechos humanos, de los que la libertad de expresión es un pilar inamovible”, diagnostica, antes de lanzarme la segunda pregunta retórica, ésta más glacial. “¿Cómo podemos creer que esos medios son libres de informar sobre conflictos cuando están controlados al 60% por empresas que participan activamente en la venta de armas?”

Convivir con los verdaderos héroes 

Tan desgarradora como veraz, la historia que describe nos transporta de vuelta a Afganistán, donde Deghati ha retratado con una sensibilidad escalofriante los rostros de una pobreza acentuada por las guerras que han golpeado el país en las últimas cuatro décadas. “He reído con ellos, he llorado con ellos, he sufrido sus pérdidas”. Y puede que sea precisamente la empatía demostrada a quienes él define como “los verdaderos héroes de estas fotografías” lo que le permitió durante la invasión soviética acompañar al León de Pandjchir, el comandante Massoud, en su búsqueda incansable de cobijo. Con él jugó al ajedrez, conversó sobre arquitectura (primer oficio de Deghati), compartiendo horas de vigilia bajo el ruido ensordecedor de los misiles rusos. La fotografía del héroe de la resistencia afgana, fotocopiada a millares tras su asesinato en 2001, fue tomada en un íntimo momento de reflexión que Reza vivió con el líder en 1985, ocultos en una cueva ante los ataques soviéticos. El fotógrafo, ensimismado por la seguridad con la que el comandante hablaba de la derrota soviética, se interesó por el futuro que el muyahidín auguraba a su país: “¿Qué pasará después?”. Massoud no respondió nunca. Reza relata con emoción el modo en que éste alzó la mirada en un instante de meditación que llegó a prolongarse uno, quizá dos minutos. De ese silencio nació el retrato que ha dado la vuelta al mundo. El futuro que Massoud imaginaba para su tierra distaba seguramente de lo que sucedería tras los ataques terroristas en suelo estadounidense.

Reza no esconde su visión sobre la guerra. “Todavía somos pequeños salvajes. Aun invertimos energía y sumas astronómicas de dinero en destruir”. Por simple que parezca, mi última pregunta parece despertar en él los fotogramas más amargos tomados con su inseparable arma de paz en esa tierra con la que ha compartido su profesión de todas las maneras posibles. ¿Viven hoy los afganos mejor que en 2001? Guarda silencio y alza la vista, como minutos antes me contaba que en su día hizo Massoud ante su objetivo. “Mi respuesta, en dos cifras. La primera. 10 billones de dólares. Corresponde al presupuesto mensual dedicado a la guerra en Afganistán desde 2001. Hace catorce años. Podemos multiplicar el número de años por doce meses. Es la cifra utilizada para llevar la democracia y la libertad al pueblo afgano. La realidad es otra. Esas personas viven hoy en la pobreza, gran parte del país está en ruinas. Segunda cifra importante: 30 millones de afganos, 30 millones de vidas. Si dividimos los diez billones entre treinta millones de habitantes, tenemos un poco menos de 300 euros al mes. Un afgano me dijo no hace mucho: ‘Si en lugar de invertir esa suma en traer destrucción nos hubiesen dado ese dinero, hoy adoraríamos a los americanos, y con ese dinero podríamos haber renovado un país que ya estaba destruido por la guerra contra la URSS”.

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Reza descansa un instante. Recupera el aliento. Su pensamiento va más allá de un simple cálculo matemático.“Las calles de Kaboul están destruidas. No hay asfalto y no hay electricidad. ¿Dónde está la democracia? ¿Por qué a estos países que se dedican a traer la libertad no se les pide un balance de esos logros democráticos al cabo de quince años? La realidad para mí es que si se hubiese invertido esa cifra en educación, la democracia hubiese llegado, los afganos serían ‘pequeños Einstein’. En lugar de un país libre, hoy los afganos tienen a Daesh”.

Reza dedicará los próximos cinco años a ampliar una red de exiliados, inmigrantes y refugiados. Este nuevo proyecto, que lleva por nombre ‘Exil Voices’, tiene por protagonistas a jóvenes de entre 12 y 15 años a los que el inquieto mensajero de paz está formando en materia de periodismo y fotografía para que ellos mismos cuenten su historia en primera persona. “Serán reporteros en los diferentes campos de refugiados que aun hoy existen en el mundo. El exilio. La gran historia de nuestro siglo…” Aina sobrevive hoy al 80% de manera autosuficiente, y el restante 20% gracias a las donaciones, un porcentaje del que Deghati se siente orgulloso, aunque no satisfecho. “La meta última de este proyecto siempre fue dar a los afganos las herramientas para construir su futuro. Hallaremos el modo de que Aina exista 100% gracias a ellos mismos”.

El empeño del fotógrafo en la autonomía de su fundación no es anodino, y resulta esencial para la labor de la misma. Me confiesa entonces su decepción hacia otras ONG, “a las que el poder también ha logrado ir arrastrando hacia ese lado oscuro con el que se controla a la población, y cuyas misiones dependen al 100% de las donaciones”. Hace memoria un instante. “En Sudáfrica leí una fábula sobre la llegada de los primeros misioneros a suelo africano. Decía algo así como: ‘Cuando llegaron, tenían sus biblias en las manos y nosotros, nuestra tierra. Nos durmieron con su historia. Al despertar, nosotros teníamos su libro entre nuestras manos, y ellos… ellos nuestra tierra”.

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Alexandra Gil, en Twitter @AlxandraGil, es periodista especializada en Terrorismo y Conflictos Armados. Tras su experiencia en la Agencia EFE y Terrafemina.com, dirigió las redacciones de España y América Latina de MeltyGroup desde París.


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