PEC 171/93: la criminalización de la pobreza en Brasil

El Centro de Atención Socioeducativa (CASE) de Salvador es un centro de internamiento de menores situado en Tancredo Neves, un barrio periférico de la ciudad. Hasta allí llegan adolescentes de todas las regiones del  Estado de Bahía en Brasil. Hace un tiempo pude recorrer sus pasillos. Obtener los permisos para hacerlo, no es una tarea sencilla ya que una estricta normativa afecta a estos centros con el fin de preservar la intimidad de los menores internados. Aquella mañana acababan de recibir a unos 20 nuevos chicos de entre 12 y 16 años, sus reacciones eran diversas: uno de ellos no paraba de llorar, otros estaban asustados y otros se mostraban calmados porque ya estuvieron anteriormente en esa situación. Todos ellos escuchaban sentados en el suelo las palabras de Antonio Carlos Viana, director del centro, quien les interpelaba con voz suave pero firme:  “A nadie le importa que se esté produciendo un genocidio de jóvenes negros. A nadie va a importar que os estéis matando unos a otros”.

Fotografía: http://www.cidadenova.org.br/

Fotografía: http://www.cidadenova.org.br/

Este hombre joven, grande y de una serenidad pasmosa sabe perfectamente de qué habla porque creció en Periperi, uno de los muchos barrios de la Suburbana de Salvador donde vive esa inmensa mayoría de pobres de la capital bahiana, y porque es un hombre negro, como casi todos los adolescentes que pasan por el CASE. No es por casualidad que los trabajadores llamen a esta sala el “navio negreiro”.  Aquí la delincuencia y la pobreza van de la mano y tienen color negro.

El pasado 31 de marzo la Comisión de Constitución y Justicia de la Cámara de los diputados  de Brasil admitió la PEC 171/93 por 42 votos favorables ante 17 en contra. Esta Propuesta de Enmienda pretende que el debate sobre la necesidad de adoptar medidas judiciales para reducir los homicidios en el país cristalice en una reforma constitucional que reduzca la mayoría de edad penal de los 18 a los 16 años. En la actualidad cualquier menor que comete un crimen es internado en un Centro de Atención Socioeducativa y las penas tienen una duración que oscila entre los 6 meses y tres años. La admisión de la PEC 171/93 es solo el primer paso. Antes de ser aplicada tendría que ser aprobada por la Cámara de Diputados, por la Cámara del  Senado y habría que revisar la constitucionalidad de esta reforma. Pero su admisión ha vuelto a reavivar el debate sobre el tema. Quienes se posicionan en contra de esta medida cuestionan su eficacia para reducir los índices de criminalidad, ya que en Brasil solo el 1% de los homicidios son cometidos por menores. La mayoría de los adolescentes que llegan a estos centros de internamiento han sido condenados por hurto, robo o tráfico de drogas.

Víctimas de la violencia y no victimarios

Así pues, a pesar del revuelo que se genera cada vez que un menor es autor de un asesinato, y de que una parte de la clase política, de los medios de comunicación y de la sociedad en general se empeña en apuntar hacia los jóvenes de la periferia como los principales autores de la violencia, lo cierto es que precisamente son ellos sus grandes víctimas. Según UNICEF, el número de vidas salvadas en Brasil gracias a la disminución de la mortalidad infantil es inferior al número de adolescentes que mueren por causa de la violencia. Por lo tanto, los avances médicos sólo han servido para retrasar la muerte unos cuantos años, pero buena parte de la población sigue sin llegar a la edad adulta. La violencia es, por lo tanto, la principal causa de mortalidad entre los adolescentes de entre 15 y 19 años según indica el Sistema de Informaciones sobre Mortalidad (SIM) del Ministerio de Salud brasileño. El Mapa de la Violencia elaborado en 2014 por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) constata que la tasa de muertes por homicidio en los jóvenes (considerando como tales a las personas entre 15 y 29 años) triplican la tass de la población considerada no joven que muere por esta causa. Pero el dato más revelador es que, según este mismo informe, estos índices han caído un 32,3% entre los jóvenes blancos al tiempo que han aumentado un 32,4% entre los jóvenes negros; por tanto, aunque  el índice ha mantenido un cierto equilibrio, lo cierto es que el porcentaje de víctimas negras pasó de un 79,9% en 2002 a un 168,6% en 2012, o lo que es lo mismo, actualmente por cada joven blanco que muere en Brasil mueren aproximadamente tres jóvenes negros.

Estos datos no son una mera casualidad sino que son fruto de un triángulo perverso cuyos vértices son pobreza, color de la piel y violencia. En el Centro de Atención Socio-Educativa de Salvador pude conversar con uno de los chicos internados. João (nombre ficticio) tiene 19 años y fue internado con solo 17. Cuando era un niño su madre lo dejaba a cargo de sus abuelos porque estaba pluriempleada: trabajaba como limpiadora sin contrato en casas particulares y el resto del tiempo iba a la puerta de un supermercado para ofrecerse a llevar las bolsas de los compradores a cambio de algo de dinero. Era madre soltera con dos hijos. Ese es el panorama de la mayor parte de chicos que llegan a este centro. Son los cachorros de los pobres. Son hijos de trabajadores sumergidos o con salario mínimo, o bien de personas sin trabajo que consiguen sobrevivir gracias a las ayudas para las familias del Estado. João tiene suerte: su madre puede ir a visitarle todos los miércoles y domingos. Otros son hijos de agricultores o pescadores del interior del Estado, para los que ir a la capital a visitarlos supone un esfuerzo económico añadido, que en muchas ocasiones no pueden permitirse. Muchos de estos menores no saben leer ni escribir. Carlos Viana asegura que nunca ha visto “a un chico de clase media aquí”.

“Lo que ellos tienen aquí lo deberían de tener ahí fuera”

Para el director del centro la relación entre pobreza y color de la piel tiene un origen histórico: “Nosotros tenemos una historia que comenzó 500 años atrás y que nunca tuvo una reparación real. Se acabó con la esclavitud pero abandonaron a los negros a su propia suerte y esto se ha ido reproduciendo con el paso del tiempo. No ha habido un cambio acentuado en la situación del negro 500 años atrás y lo que vive hoy”. Para ilustrar este desequilibrio me cuenta una anécdota personal: cuando era más joven fue a una entrevista de trabajo en una multinacional, pasó las pruebas de acceso pero no lo seleccionaron, en su opinión, por ser negro. Tal y como indica la Organización Internacional del Trabajo este no es un hecho aislado sino que efectivamente la tasa de desempleo es mayor entre personas negras, a pesar de conformar la mayor parte de la población activa en el país.

El CASE Salvador se queda pequeño: aunque la capacidad de las instalaciones es de 160 jóvenes, la ocupación real supera ampliamente esa cifras. El número de internos alcanza los 240 muchachos y ha llegado a alcanzar niveles de ocupación que rondan los 280 jóvenes. Además las instalaciones requieren mejoras: en algunos de los cuartos los colchones están extendidos directamente en el suelo y hay desconchados en las paredes por causa de la humedad. Los recursos educativos también son escasos, pero a pesar de ello, se imparten clases escolares adaptadas a los diferentes niveles, y talleres tan variados como montaje de muebles, telemarketing, albañilería, reciclado, costura, alfarería, danza, teatro… Los CASE deben ofrecer a los adolescentes una formación y, sobre todo, hacerles ver que existe otra realidad diferente a la que ellos viven en su día a día. Pero esta realidad, ¿es realmente una opción a su alcance? Antonio Carlos Viana introduce una reflexión esclarecedora: “lo que ellos tienen aquí lo deberían de tener ahí fuera, antes de venir aquí. Por ejemplo aquí tienen atención médica, psicológica, psiquiátrica. Tienen varios talleres para aprender teatro, cine. Fuera no tienen nada de eso… No hay acceso a nada en las periferias de la ciudad. Cuando llegan aquí comienzan a percibir otro mundo, otra realidad. Y cuando vuelven no tienen esta realidad. Entonces esta medida puede ser positiva y al mismo tiempo perversa. Perversa porque esto les dice que tienen algunos derechos y cuando vuelven encuentran la misma realidad de violencia, de lucha, de dolor, de excepción policial”.

Atender el problema social

A pesar del crecimiento económico que Brasil ha experimentado en los últimos años, en las grandes ciudades, las condiciones de vida de buena parte de la población continúan siendo precarias. Barrios sin asfalto y sin saneamiento, una sanidad deficitaria y un sistema educativo precario y poco atractivo dibujan los contornos de una pobreza que lleva a los jóvenes a pensar en la violencia como única salida a su situación. “En Europa las personas se están suicidando debido a la crisis económica, debido a las dificultades que la propia vida hoy presenta. Y aquí no está sucediendo, por decirlo así, un suicidio en su esencia, sino que está sucediendo de otra forma. Las personas se envuelven en la violencia porque no soportan la carga de sufrimiento, de desigualdad, de todas esas diferencia sociales. Se acaban envolviendo en la violencia porque creen que es la única alternativa para salir de esa situación, de tener alguna cosa, porque ésta es la sociedad del consumismo… Se meten en el mundo del crimen, sabiendo que no van a vivir mucho tiempo. Existe un suicidio pero de otra forma”, comenta Carlos Viana.

Para el director del CASE Salvador es necesario que se produzca un giro de ciento ochenta grados y que se atienda la problemática social antes de revisar el sistema judicial: “Creamos un cuadro económico que fuerza a las personas a trabajar cada vez más, pero no creamos nada para cuidar a los hijos de esas personas que se quedan en los barrios. Si vas a los barrios verás sus condiciones: no tienen campos de deporte, no tienen nada, ni saneamiento básico. Las madres salen, se dejan a los niños en esa realidad y ellos se van a mover dentro de ese espacio, de esa condición. Y van a buscar atajos que además van paralelos a aquella vivencia del sufrimiento. Yo creo que son necesarias mejoras en las condiciones de, principalmente, los barrios periféricos: disminuir la carga de trabajo de las madres, por ejemplo, la creación de guarderías, mantener escuelas más atractivas para los adolescentes, trabajando las habilidades que ellos tienen, que ellos quieren demostrar, una escuela que trabaje esas cosas, que sea mas lúdica y menos formal. Creo que eso mantendría al adolescente en el espacio escolar, lo desviaría del crimen. Trabajar también esa cuestión del consumismo… Tal vez sea eso lo que pueda aliviar un poco esa carga ahí fuera.”

Reforma de la ley con tintes xenófobos

Puesto que la pobreza es el germen de la violencia, la reducción de la mayoría de edad penal supondrá punir precisamente la pobreza. Y puesto que pobreza y color van de la mano, ésta es, por extensión, una medida de tintes xenófobos según Carlos Viana, para quien se está adoptando una posición errónea: “la sociedad quiere esconder sus problemas. Esconderlos de la forma más fácil y al mismo tiempo más burra posible, antes que trabajar la cuestión, discutirla…”. El Jefe de Seguridad del centro apunta hacia otra de las caras de ese complejo prisma de la violencia en Brasil: “Pienso que ellos están usando el tema de la reducción de la mayoría de edad a través de la prensa, inyectando en la cabeza de los brasileños que el adolescente es esto o aquello y no ven que el mayor problema es que cuando el menor tiene acceso a la droga o a un arma, esas drogas o esas armas son entregadas por mayores”.

Los funcionarios y educadores del centro son contratados en el mismo entorno que los adolescentes, viven en los mismos barrios y conocen su problemática. Aquí se insiste en la necesidad de tratar a los menores como iguales. Mario, profesor de reciclaje, comentaba que los chicos llegan al CASE con muchas diferencias, debido a que pertenecen a una u otra de las diferentes facciones del crimen que operan en la ciudad. Su trabajo diario es lidiar con esas diferencias, asegura que nunca ha tenido un conflicto en su aula a pesar de trabajar con todo tipo de objetos punzantes.

Con seguridad muchos de estos jóvenes volverán a delinquir cuando vuelvan a su realidad, pero la reinserción es posible. A João le han revisado su pena por buena conducta y saldrá próximamente del centro, donde trabaja cada día pintando y restaurando las instalaciones, como un funcionario más. Además asiste regularmente a sus clases. Se muestra arrepentido por el delito que cometió y asegura que le gustaría seguir trabajando y estudiando fuera. Ojalá que el mundo le de la oportunidad de hacerlo.


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Sobre Mercedes Durá Lizán

Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas por la Universidad de Alicante y licenciada en Antropología Social y Cultural por la Universidad Miguel Hernández de Elche. En la actualidad, está terminado la Licenciatura en Periodismo en la Universidad Federal de Bahía (Brasil). Ha trabajado durante seis años en el mundo de la publicidad y el diseño gráfico. Redacta el blog etnocomunicacion.tk