Labio de Liebre: 30 años del teatro Petra de Colombia

Recordé la frase de Jesse, el hijo de David Gilmour, en el libro Cineclub, y pensé en esta obra. Como sacar vino de una piedra, dice la frase, y  yo la acomodo un poco a la situación y digo: sacaron vino de una piedra. Eso  fue lo que hicieron los del equipo del teatro Petra para celebrar sus 30 años con Labio de Liebre, que tuvo que extender su calendario y programar su temporada hasta el 29 de marzo en Bogotá.

Fotografía: Andrés Gómez

Fotografía: Andrés Gómez

Por John Rodríguez Saavedra*

COLOMBIA// Pusieron altísimo el punto de la dramaturgia colombiana actual en relación con lo que más nos duele: el conflicto armado y sus consecuencias, y no sólo pusieron alto el punto, sino que además lo escribieron con mayúscula y lo repintaron duro en croquis del mapa teatral colombiano. Ahora, allí el punto que más se ve es ese, y sé que así durará por mucho tiempo, a no ser que suceda algo muy extraordinario.

Lo otro es la experiencia de ver la obra, el sentir hervir la sangre estando ahí en el teatro, con las manos sudando y el corazón como un camión sin frenos en una autopista cubierta de nieve.

Como toda obra trascendental, este montaje es bellamente marginal (aunque se presente en el Colón), y se abre paso a empujones entre la actual, trajinada y accidentada dramaturgia colombiana para ubicarse en el sillón de terciopelo y ser reconocida merecidamente.

Ya se ha dicho que el verdadero arte carece de función práctica, y que es más arte en tanto más reafirme este postulado, pero hay excepciones. Este arte (el arte de Rubiano y de su equipo, renacido, actual y necesario), no sólo es más práctico que una llave inglesa, sino que debería beberse como parte del desayuno por lo menos durante cinco semanas y media. Una dieta de teatro a punta de obras como esta, si es que ahora mismo puede haber obras como esta en el país, cosa que dudo: eso es lo que dan ganas de proponer después de ver Labio de Liebre, algo así como un consumo de teatro, ojalá exagerado.

Labio de Liebre es muchísimo más que la simple anécdota, y si después de leer esto, alguien, uno, uno y medio, dos monjas y un albañil, la ven, me sentiría tranquilo.

En un escenario pulcro, de un arte prolijo gracias al trabajo de Laura Villegas, poco a poco y de manera muy sutil se va convirtiendo en un paisaje casi colombiano, convergen la familia campesina Granados Sosa compuesta por tres hijos (dos varones y una niña), la madre y el recuerdo de un padre ausente, Salvo Castelo, un victimario con ínfulas de víctima atormentado en el Territorio Blanco, un país ajeno y lejano, lleno de nieve, en donde purga la pena de asesinatos cometidos en su patria, y la periodista Roxy Romero, también victimaria y víctima, a su manera. Todo se trata de la pelea a muerte por la memoria, el perdón y la reconciliación, entre los miembros de la familia, el victimario y la periodista.

Cuando ves una obra y en algún momento te dan ganas de morirte, hay que inscribir esa obra en la historia personal y llevársela con uno hasta la muerte, me dijo hace mucho tiempo una amiga, y aunque ella me lo dijo después de ver un dibujo de Luis Caballero, eso fue lo que me pasó a mí con Labio de Liebre: viéndola me quise morir, no sólo una, sino cuatro, o siete veces, y lo que es más particular: a veces, riéndome.

Colombia da para eso, también, y para más.

Labio de Liebre es un hervidero de preguntas, y pone desnudo al país (y al mundo), en escenario y le rompe la piel con rayos equis para que todos veamos de qué está hecho por dentro, y de paso, de qué lo hemos y lo seguimos haciendo.

Una de las preguntas tiene que ver con el perdón, con eso de que si seríamos capaces de perdonar a un asesino, sobre todo si a quien asesinó fue a nuestra familia. Recuerdo que Immaculée Ilibagiza, la maravillosa mujer negra sobreviviente del genocidio en Ruanda a quien entrevisté hace unos años en Bogotá, lo hizo: perdonó a los asesinos de su familia. 91 días duró escondida en un baño para sobrevivir, y cuando salió se enteró: le asesinaron a sus hermanos, a su abuela, a su abuelo, a su familia inmediata, a sus compañeros de curso, y perdonó.

Ahora, gracias a Labio de Liebre, la pregunta vuelve a plantearse para Colombia.

¿Seremos capaces o no?

Rubiano, desde su personaje de Salvo, lleva a los demás, los conduce, les saca lo mejor que tienen para dar en escena. Voz, movimientos precisos. Cada paso está milimétricamente justificado en él y ni siquiera hay movimientos de mano que sobren. Pero los demás también se dejan llevar, cosa que no es fácil, y se despliegan, se crecen, ennoblecen las tablas parándose ahí, y moviéndose, y actuando. Marcela Valencia, Jacques Toukhmanian, Liliana Escobar, Biassini Segura y Ana María Cuéllar, son los demás, y son actores y actrices de calidades amplias y estruendosas. Viéndolos uno  cree en el estruendo como ese detalle que hace que un actor o una actriz te sorprenda con algo que te lo llevas para siempre. Y eso pasa con el elenco.

Tal vez los premios que Rubiano se ha ganado empiecen a volverse importantes gracias a la potencia de propuestas como Labio de Liebre, a mi modo de ver, su obra más universal, y no al contrario.

Heridas más, heridas menos, con esta puesta en escena llegamos al punto de reconocernos más humanos-colombianos, de frente y de revés, de lado y a lo ancho, y entre sonrisa y lágrima, se nos viene la autocrítica (ojalá se nos vinera más seguido la autocrítica, incluso viendo llover, almorzando, caminando), el revisar el horizonte: ver si se movió, si sigue opaco, en fin, si existe todavía.

Yo sabía que Rubiano y Marcela Valencia no podían quedarse callados frente a lo que estamos viviendo. Yo sabía que el teatro Petra no podía mirar hacia otra parte. Porque la dupla Rubiano-Valencia y teatro Petra son lo mismo.

Fabio Rubiano se licenció en arte Dramático de la Universidad del Valle, en Cali, Colombia, estudió dos años en la Escuela Superior de Teatro de Bogotá y seis en el Taller de Investigación Teatral de Santiago García. En 2011 su obra Sara dice, recibió el premio a la mejor obra 2010-2011 de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, y en el 2013 recibió el Premio Nacional de Dirección Teatral. Ha dirigido y escrito más de 20 obras, cuatro de las cuales han sido Premio Nacional de Dramaturgia.

Y Marcela Valencia estudió Arte Dramático en la Escuela Superior de Teatro de Bogotá y en el taller permanente de investigación dirigido por el maestro Santiago García. Ha participado en más de 20 obras de teatro, recibiendo premios y reconocimientos en Francia, Uruguay y Colombia., y en más de 30 festivales de teatro en Europa, Sur y Centro América, México y Estados Unidos.


 John Rodríguez en Twitter @johnrodriguezs es Periodista y escritor nacido en Sandoná (Nariño, Colombia). Ganador del premio de poesía Universidad Central de Bogotá en 2011. Poemas suyos han sido incluidos en: Me Arde, breve antología Ecuador-Colombia publicada 2012 en Lima con motivo del aniversario del natalicio de César Vallejo, y en la antología de poesía viva Nariñense-Carchense que se lanzó en la Feria Internacional del Libro de Bogotá en 2013.  En ese mismo año, su novela Desayuno & Teléfono fue publicada por la Secretaría de Cultura de Pasto. En periodismo, ha trabajado en Canal Capital de Bogotá y actualmente escribe en revistas de literatura y teatro de Colombia y Argentina. Textos suyos han sido traducidos al alemán: poemas por la revista Randnummer de Berlín, y artículos en el portal de internet los Superdemocratikos. Su obra Postscriptum cerró el festival Pasto Teatro en 2011.  La editorial Ceibo, de Chile, publicó su novela Muerte de Conejo por vodka que se lanzó en la Feria Internacional del Libro de Santiago en noviembre de 2014.  Actualmente escribe también para la revista Caras y Caretas, de Montevideo.

 


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