Los hijos del mediodía: colores ancestrales y danzas de resistencia en la Amazonía ecuatoriana [FOTO-Reportaje]

En el corazón de la infinita y verde Amazonía ecuatoriana se encuentra el pueblo del medio día. A las orillas del río Bobonaza, el pueblo originario Kichwa de Sarayaku da inicio a la celebración de la UyantzaRaymi 2015, festival tradicional de la cacería que cada dos años pinta de colores, sabores, danza y conexión las entrañas de la selva ecuatoriana.

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Por Esteffany Bravo*

Abrazados entre arboles, caminos empedrados y lodazales, visualizamos un arcoíris de resistencia.  Los hijos del medio día, cuya lucha contra el poder dura ya treinta años, nos dan la bienvenida a su fiesta para compartir y enseñarnos que la construcción cultural, social y política de otro mundo es posible.  UyantzaRaymi es justamente una muestra del agradecimiento y conexión que este pueblo tiene con la selva viviente (Kawsak Sacha), la materialización de su unidad, su fuerza y su lucha en la construcción de su autonomía.

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A finales de enero comenzaron los preparativos del festival de este año. Toda la comunidad se entregó a sus tradiciones y sus cuatro Yachukkuna (anfitriones de la fiesta): lanza, warmiwawa, kariwawa y rusariu mama dan inicio a la Uyantza.

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El festival comenzó con una recogida colectiva de leña, Yantankichu, que serviría para sostener el fuego de la fiesta durante las siguientes semanas. Tras dicha minga o trabajo comunitario, doscientos karikuna (hombres) se internaron en la selva. Ringichu, la despedida de los hombres, dio paso a catorce días de caza en la mágica y feroz selva ecuatoriana.

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Mientras, las warmitas (mujeres de Sarayaku) se reconectaban con la tierra y, en una espiritualidad colectiva, sacaban de sus chakras los frutos de lumucaspi (yuca). La yuca es un fruto sagrado que al ser cocido, masticado y fermentado en una unión comunitaria da paso a la creación de la bebida icónica de la fiesta: la chicha. Creadoras de equilibrio y vida, las mujeres cuecen y esculpen la belleza de las fiestas. En una fusión con la tierra, entre vasijas y chicha, las warmitas se preparaban para el retorno de los cazadores y para el inicio de la celebración.

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Shamunkichu, el retorno de los cazadores, marcó el inicio de las fiestas. La  madrugada del 13 de febrero, el retumbar de los tambores acompañó a los sonidos nocturnos de la selva. La tierra latía al son del monótono e imponente sonido, que anunciaba que al amanecer  regresarían los cazadores.

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 A la luz del día, mujeres y niños los esperaban a las orillas del gran río. Entre alegría y sonrisas, los hombres entregaron la caza a sus mujeres y niños. Estos, en una marcha al compás de los tambores, zapatearon hacia la plaza central para realizar el conteo de las carnes que la selva y los hombres habían provisto para la celebración de este año. Risas, alegría y un compartir inmenso acogieron el inicio del festival. Las mujeres contaron y prepararon la carne para colgarla en los techos de las casas principales, mientras daban de beber chicha a los hombres y a todos los que gozábamos de esta fiesta.

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 Sisa Kamari se festejó el segundo día. Los hombres recogieron ramos de palma y las mujeres juntaron flores para adornar la plaza central, formando un círculo inmenso de danza, zapateo y música. Los ritmos se mezclaron con el jugueteo y el goce de la fiesta. La chicha, los tambores y la danza fueron y son la fuente de celebración del pueblo del medio día.

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Bañados en un frenético baile de chicha,nos sorprendió el atardecer. La lluvia se mezcló con la infinita oscuridad de la noche amazónica, marcando el final de una mágica jornada. Tras dos días de festejos, se realizó la gran comida, Kamari.  En ella, se descolgaron las carnes cazadas para compartir con todos en un gran banquete. La hospitalidad, alegría y hermandad hicieron de esa gran comida una ceremonia de unidad.

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La fiesta se cerró con el resonar imponente de los tambores.  Tras cuatro días de celebración, los anfitriones de la fiesta finalmente cargaron sobre sus hombros las pieles de los animales cazados, culminando así esta temporada festiva. Las pieles bañadas en chicha retornaron al río,  a la tierra de la cual vinieron.  El ciclo de gratitud con la naturaleza se selló con esta marcha simbólica.

 Tras dejar el río cubierto de pieles y chicha, las mujeres y los niños volvieron a la plaza para seguir bailando.  El lanzamiento de las vasijas contra el techo de las casas marcó el final de la fiesta. Entre pedazos de barro esculpido, lodo, chicha y mucha alegría, todos los participantes y visitantes en Sarayaku bailaron al son de los tambores, mientras un nuevo atardecer selló la Uyantza Raymi 2015.

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Cuatro días de festejo y alegría inmensa muestran la fortaleza, unión y conexión que este pueblo sostiene. Desde las profundidades de la selva viviente, su cultura y lucha resisten una voz de cambio.

Danzas infinitas de largas cabelleras negras que se balancean al son de los tambores, sonido imponente  que retumba como la tierra. Estos, los colores de su cultura ancestral, nos reconectan con el corazón y los tesoros de la Amazonía ecuatoriana.  Mientras sus miradas profundas bordeadas entre diseños de wituk (fruto utilizado como pigmento), agudizan la fortaleza de los hijos del mediodía. Miradas que reafirman y entonan voces de resistencia. Cantos de autonomía que surgen de las entrañas del río de maíz, Sarayaku.

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* Esteffany Bravo es bailarina, fotógrafa, y estudiante de Ciencias Políticas FLACSO-Ecuador.


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