Discriminación educativa en el paraíso nórdico de las libertades

Por Enrique Anarte Lazo*.

Un día, de repente, Hamideh Kaffash, estudiante iraní de doctorado en ingeniería de los materiales en la Universidad Noruega de Ciencias y Tecnología (Norwegian University of Science and Technology, NTNU), en Trondheim, la tercera ciudad más poblada del país escandinavo, recibió una carta del Directorio de Inmigración noruego en la que se le instaba a abandonar el país en el plazo de un mes. La carta decía que la Policía de la Seguridad noruega había considerado que sus estudios suponían un problema de seguridad para Noruega, ya que podría contribuir a la transferencia de tecnología sensible a Irán, ayudando así a desarrollar la industria nuclear del país persa.

Hamideh Kaffash, presidenta de la

Hamideh Kaffash, portavoz de “Stop Educational Discrimination Against Iranians” (SEDAI). Foto: SEDAI

Hamideh no podía creerlo. La iraní, de 27 años, trabajaba en un proyecto de reducción de las emisiones de CO2 en la producción de ferromanganeso. “Reducir las emisiones de dióxido de carbono no tiene nada que ver con tecnología sensible”, se defiende en una entrevista por videoconferencia con Hemisferio Zero.

Pero su caso no es el único. Las cifras de los ciudadanos iraníes afectados, que difieren según la fuente, son difíciles de contrastar. Sobre todo teniendo en cuenta que muchos de estos estudiantes nunca han denunciado su expulsión públicamente, y muchos siguen sin hacerlo. El pasado julio, una decena de estudiantes iraníes apeló la medida de Oslo que les privaba de su derecho a continuar sus estudios de doctorado en diversas universidades noruegas. Dos meses antes, en mayo, habían iniciado una campaña en la plataforma online de crowdfunding Indiegogo, así como en las redes sociales, para recabar apoyos por su causa. Desde entonces, SEDAI (Stop Educational Discrimination Against Iranians), ha visto cómo más y más fuerzas se sumaban a su lucha. Numerosos académicos e instituciones científicas y educativas han respaldado públicamente sus reivindicaciones, entre ellos Noam Chomsky, profesor del Massachusetts Institute of Technology (MIT) y “padre de la Lingüística moderna”. El norteamericano, conocido no solo por su actividad científica y académica, sino también por su activismo social y político, ha contribuido a visibilizar la causa de los estudiantes iraníes con su rechazo a esta “decisión injusta”, según él un claro caso de “discriminación educativa”.

Diversos medios de comunicación dentro y fuera del país se han hecho eco del asunto, entre ellos la BBC, que viajó hasta Trondheim para cubrir las manifestaciones estudiantiles en apoyo a los estudiantes iraníes. No obstante, el interés mediático más allá de las fronteras noruegas no ha sido considerable. En contraste, el apoyo social ha sido enorme en la sociedad noruega. Las multitudinarias manifestaciones de los estudiantes noruegos, que se celebraron en varias ciudades del país, siendo las más numerosas las de Oslo y Trondheim, pusieron de manifiesto este respaldo, secundado asimismo por las instituciones universitarias. Además, de los más de 15.000 dólares que recaudaron en su campaña de crowdfunding, gran parte de este dinero ha sido aportado por donantes noruegos.

¿Qué miedo tienen las autoridades migratorias y la Policía de la Seguridad noruegas de estos estudiantes? Según los medios de comunicación nacionales, existe una lista de campos de estudios que, siempre de acuerdo a los criterios de las autoridades de seguridad, suponen un motivo de preocupación: electrónica, tecnologías de la información, química, biología, física, matemáticas, tecnología aeroespacial, construcción, ingeniería de los materiales, metalurgia, ingeniería mecatrónica, veterinaria e ingeniería del petróleo y el gas. “¿Hasta las matemáticas están prohibidas para los iraníes?”, se preguntan algunas voces.

Pero estas cuestiones de “seguridad nacional” se sitúan en un contexto nacional e internacional concreto. Por un lado, desde octubre de 2013 gobierna en Noruega una coalición entre el Partido Conservador y el Partido del Progreso (FRP, por sus siglas en noruego), un partido ultranacionalista que no ha intentado esconder sus tintes xenófobos y en el cual militó Anders Behring Brevik, perpetrador de los atentados julio de 2011. Es la primera vez en la historia de la democracia noruega que un partido así entra en el gobierno, lo cual, según diversas fuentes, ha contribuido a reforzar las medidas restrictivas con respecto a estudiantes y trabajadores iraníes; cierto es, no obstante, que estas datan ya de meses anteriores. Aunque desde el gobierno lo niegan, sus críticos no tienen ninguna duda de la influencia de este factor, sobre todo después de diversas declaraciones de altos responsables del Partido del Progreso, entre ellos su líder Christian Tybring-Gjedde, el cual está convencido de que Noruega sufre una islamización “a hurtadillas” y de que la inmigración es una amenaza para la cultura noruega.

Por otro lado, está la eterna cuestión de las sanciones a Irán por su programa nuclear, el cual está supuestamente  destinado a producir energía nuclear con fines pacíficos. Las sospechas de la Organización Internacional de la Energía Atómica (OIEA) y las potencias occidentales, encabezadas por Estados Unidos, es que en realidad Irán pretende dotarse de armamento nuclear. Las sanciones económicas derivadas de la desconfianza internacional han provocado un considerable malestar social en Irán, cuya población ha tenido que pagar el precio del conflicto diplomático, que no ha traído sino trabas para el desarrollo económico del país. El desenlace de las negociaciones nucleares, que alcanzan ya su octava ronda, es incierto, si bien el surgimiento de la amenaza del Estado Islámico (EI) en Irak y Siria ha convertido a EEUU y la República Islámica, sin lazos diplomáticos durante 35 años, en aliados de facto en la geopolítica de Oriente Medio.

SEDAI Noruega

Pero las sanciones no son nuevas. “¿Por qué empiezan ahora?”, protesta Hamideh Kaffash, que se ha convertido además en portavoz de SEDAI y en una de las activistas más visibles entre los estudiantes iraníes afectados. “No tenían ningún problema hace cinco años, hace dos años, o el año pasado”. Para ella era inconcebible que algo así sucediera en un país como Noruega, que encabeza algunos de los ránquines internacionales más prestigiosos y significativos, como el Índice de Desarrollo Humano (IDH) o el Índice de Democracia publicado por la Unidad de Inteligencia de la revista británica The Economist. “Antes de que esto ocurriera, el nombre de Noruega siempre estaba en los primeros puestos de riqueza, libertad, etc. No entiendo entonces por qué nos está tratando así”, nos cuenta.

La incógnita, el porqué de esta actuación, tortura a estos iraníes desde hace meses. “Noruega no es el único país que aplica sanciones a Irán. ¿Por qué es el único que está aplicando estas políticas discriminatorias?”. Hamideh ha viajado a Oslo junto con otros afectados para trasladar al Gobierno y al Parlamento noruegos las más de doce mil firmas de apoyo que han recabado. Además, el dinero recaudado a través del crowdfunding les ha servido para pagar a un abogado que ha llevado a su caso a los tribunales noruegos. Y es que, si bien las gestiones diplomáticas de la embajada iraní en Noruega y el Ministerio de Exteriores de la República Islámica han conseguido que el ejecutivo noruego intervenga en favor de los iraníes implicados en algunos casos particulares, ella y otros estudiantes más siguen todavía a la espera de una respuesta. De hecho, al haber sido invitada por las autoridades inmigratorias noruegas a abandonar el país, la activista sigue la evolución de su caso desde Teherán, contactando con su abogado casi a diario por teléfono, videoconferencia o correo electrónico.

Integrantes del SEDAI llevan su petición al Parlamento noruego (Oslo). Foto: SEDAI

Integrantes del SEDAI llevan su petición al Parlamento noruego (Oslo). Foto: SEDAI

A la pregunta sobre la actuación irregular con respecto a los diferentes casos, responde todavía con más indignación e incomprensión. “Revirtieron su decisión [de expulsar del país] respecto a mi compañero de trabajo. Lo extraño es que estamos, o mejor dicho, estábamos trabajando en el mismo proyecto”, nos cuenta con ironía, pero también con tristeza. ¿Y qué dicen los responsables sobre esto? “Los medios de comunicación noruegos han preguntado varias veces al Departamento de Inmigración y a la Policía de la Seguridad por qué él fue afectado y yo rechazado. Pero ellos nunca responden sobre los matices particulares de cada caso”.

No obstante, los estudiantes no tienen miedo de ir a juicio. De hecho, están bastante convencidos de que van a ganar: dicen saber mejor que nadie que no están implicados en ninguna actividad ilegal ni tienen ningún vínculo con Irán que pueda comprometer la seguridad nacional noruega. “Nuestro background está limpio. Por eso queremos ir a juicio. Si estuviera metida en algo, no recurriría a los tribunales. No tenemos miedo, porque cuando tengan que responder ante la justicia no podrán hablar en términos generales y tendrán que dar la verdadera razón que les ha llevado a actuar así”.

Este tipo de actuaciones es, además, un problema para aquellos iraníes que quieran quedarse a trabajar en Noruega (que representan el 90% de los que van a estudiar al país, según una estadística que SEDAI ha hecho publicado para tratar de evidenciar por qué estos estudiantes no suponen peligro alguno para la seguridad nacional). Hamideh nos explica la situación que tienen que afrontar: “A los estudiantes y trabajadores iraníes les cuesta encontrar trabajo en Noruega. A pesar de estar suficientemente cualificados, a los empleadores les preocupa que vayan a tener problemas a la hora de obtener su permiso de residencia, así que no los contratan”.

¿Por qué entonces lleva a cabo Noruega estas acciones discriminatorias? Hamideh, que dice haberse reunido con representantes políticos de todos los partidos, no cree que sea una cuestión política, pero reconoce que la carta enviada por el Ministerio de Educación e Investigación noruego a diferentes universidades [disponible aquí en noruego], en la que se mostraba su preocupación explícita por los estudiantes iraníes, es una prueba del clima de desconfianza xenófoba de ciertos sectores políticos. El no entender las razones que han llevado a esto le lleva a una reflexión atrevida, pero sin duda rotunda: “Noruega ha premiado a Malala con el Premio Nobel de la Paz por su valentía para combatir la discriminación estudiantil en Pakistán. Y ahora resulta que Noruega, referente del mundo occidental en cuanto a democracia y libertades, aplica también políticas discriminatorias, en este caso contra estudiantes iraníes. No lo entiendo. Creo que esto les deslegitima totalmente”.

Ya que las autoridades inmigratorias y de seguridad no se han atrevido a darle una respuesta, se contenta con aguardar a la resolución de los tribunales. Si perdiesen, están dispuestos a llevar el caso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en Estrasburgo. Mientras tanto, el año académico sigue su curso y ella, como los otros estudiantes, sigue sin poder continuar con sus estudios en el país que la invitó a investigar allí. “Es un caso claro de discriminación”, sentencia.

Enrique Anarte Lazo (@enriqueanarte en Twitter) es estudiante de Relaciones Internacionales y periodista freelance. Antes estudió Humanidades y Traducción e Interpretación. Ha colaborado con medios como Hemisferio Zero, VICE España, La Vache Espagnole, Huelva Información, Pikara Magazine o 20 Minutos. Además, es blogger de El Huffington Post, foto-reportero en Contrafoto21 y voluntario de Cruz Roja Española. Su blog personal de fotoperiodismo es Homo Urbis.

 


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