Signos de cambio en Palestina e Israel durante la masacre en Gaza

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Palestinos buscan restos entre los escombros de sus casas destruidas por los ataques israelíes que golpearon el norte de la franja de Gaza, en agosto de 2014. UN Photo/Shareef Sarhan

Entre julio y agosto de 2014 Israel ha llevado a cabo su tercera operación militar, denominada esta vez “Margen Protector”, contra la franja de Gaza. Durante 50 días han muerto 2.104 gazatíes, 70% de ellos civiles, de los que 495 eran menores de edad, según datos de la OCHA (Oficina para Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas). Además, ha habido 10.200 heridos, de ellos 3.000 niños; se han destruido unas 60.000 viviendas y durante la campaña militar cerca de un cuarto de los 1,8 millones de gazatíes han estado desplazados, según la UNRWA (Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo). Durante la operación fueron ejecutados de manera sumaria más de una veintena de palestinos en la Franja, acusados de colaboracionistas. Por parte israelí, murieron 64 soldados de su Ejército y tres civiles.

La maraña de datos, sumados a las imágenes que hemos visto durante esos días, ofrece apenas un tenue reflejo de la situación en Gaza. Según periodistas y trabajadores humanitarios, esta ha sido la operación militar más destructiva y sangrienta contra los gazatíes. Lo ha sido por su volumen de destrucción, con barrios y pueblos enteros desaparecidos bajo los escombros; por su intensidad, con bombardeos ininterrumpidos a casas, escuelas de la UNRWA, mezquitas, hospitales e infraestructuras que tardarán cerca de 20 años en reconstruirse si continua el actual bloqueo; y por haber destruido el “tejido social” de una franja con graves problemas alimentarios, de salud, empleo y abastecimiento tras siete años de asedio y tres guerras. Y porque esta vez, también ha afectado y tensionado también a Jerusalén, Cisjordania y las ciudades palestinas dentro de Israel.

Un panorama estancado

La operación “Margen Protector” fue lanzada después de tres semanas de búsqueda, en junio, de tres adolescentes israelíes secuestrados en Hebrón, que finalmente fueron hallados muertos. Nada más conocerse la noticia, Israel atribuyó la acción a Hamás, que negó tajantemente su intervención. En todo caso, Israel lanzó una campaña de castigo colectivo en Hebrón y toda Cisjordania con el arresto de unos 600 palestinos y la muerte de entre 15 y 20 personas en manifestaciones y campos de refugiados. A partir de ahí, se abrió la espita de la confrontación, ya que Hamas y otros grupos empezaron a lanzar cohetes qassam y el Gobierno israelí comenzó a bombardear Gaza.

Al margen de estos hechos, los portavoces israelíes declararon que, también, actuaban contra Hamás. Y más, después de que el partido islamista se hubiera sumado al Gobierno de unidad  firmado con Al Fatah y el resto de partidos palestinos, a lo que el Gabinete de Netanyahu se opuso desde el principio. Tres años después de haberse anunciado en mayo de 2014 se creó un Gobierno de “técnicos” como avance de unas futuras elecciones. Aunque desde el principio se adivinaban muchas dificultades en su puesta en marcha, esta decisión no sólo pretendía cambiar la fragmentación entre territorios y la ausencia de un frente común contra la ocupación israelí, sino también seguir una de las demandas mayoritarias en la sociedad palestina.

Desde el final de la segunda Intifada, el inicio del bloqueo a Gaza y la división entre palestinos, el “proceso de procesos” en diferentes direcciones y agentes que es el conflicto israelo-palestino estaba estancado. Esto afecta de manera muy especial al modelo de resolución del conflicto. Casi 25 años después de la creación de una Autoridad Palestina de competencias limitadas, la colonización de tierras se ha multiplicado con más de 500.000 israelíes asentados en Cisjordania y Jerusalén Oriental. Además, el muro de separación, construido en los primeros años de siglo, ha anexado más tierras hasta dejar entre un 12 y 18% de tierras a los palestinos del total de 22% negociado en Oslo, según datos del Arij Center. Pero no sólo se trata de que haya menos tierras, sino de que están desconectadas de recursos, aisladas por carreteras y sin continuidad territorial.

El reciente anuncio de confiscación de 400.000 metros cuadrados en Belén tras la operación “Margen Protector” se suma a los planes de Israel para anexionarse el valle del Jordán y crear más asentamientos, que se mantienen a la espera del momento más conveniente para ponerlos en marcha. Todos estos “hechos sobre el terreno” dificultan una solución de dos Estados con fecha de caducidad. Incluso, pese a la apuesta lanzada por la ANP ante la ONU en 2012. Sin pretenderlo, están creando sobre el terreno una entidad, o un único Estado de apartheid –con diferentes derechos para territorios, personas y economías– cada vez más difícil de separar.

Las dificultades para la vida de los palestinos, además, no han dejado de aumentar. Lo que ha afectado a la imagen de una ANP dirigida por Al Fatah que desde hace ocho años no convoca elecciones y ha beneficiado la de Hamás como encarnación de la resistencia. Por último, la ausencia de violencia dentro de Israel, a excepción de los cohetes lanzados desde la Franja, y el giro, cada vez más, del Gobierno israelí hacia la derecha más extrema han motivado que se haya continuado en esta dirección.

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Checkpoint 300, en Belén, que los trabajadores palestinos deben cruzar cada día a las cuatro o cinco de la madrugada para trabajar en Jerusalén y otras ciudades. Fotografía: Anna Pérez

Y amenazas de cambio 

Sin embargo, en los últimos meses se venían observando signos de cambio. En primer lugar, el mencionado acuerdo de unidad, ha modificado el discurso de los políticos palestinos, hasta ahora centrados en controlar férreamente sus zonas. Ha abierto un terreno nuevo para explicar propuestas y mostrarlas públicamente, como se vio en las manifestaciones y carteles de Hamás en Belén este verano, algo que no había sucedido en años. A la vez, la propia ANP se ha tambaleado. Durante los últimos tiempos se ha debatido sobre la conveniencia de disolverla y devolver la gestión de la ocupación a Israel a la vez que se volvía al paraguas de la OLP.

El delicado equilibrio en que muchas instituciones se asientan en la Palestina ocupada se resquebrajó este verano, con manifestaciones espontáneas de jóvenes, sobre todo en Jerusalén Este, pero también en algunas ciudades de Cisjordania. Duramente reprimidas, no sólo por parte israelí, estas protestas repudiaban la masacre en Gaza y mostraban una indignación general que podía suponer también un giro en la estrategia de negociación y enfrentamiento no violento de los dirigentes palestinos de Cisjordania durante los últimos años. El apoyo popular a la resistencia armada en Gaza se ha notado en las ciudades y pueblos de Cisjordania. Las dramáticas imágenes de Gaza y el agotamiento ante los problemas suman para erosionar las opciones de confrontación no violenta emprendidas en Cisjordania en los últimos años. También se han visto, por primera vez, en Jerusalén banderas negras del Partido de la Liberación, que Israel permitía, frente a las palestinas o las de Hamás. Signos de que la desesperación, unida a la fragilidad de ciertas instituciones, podría derribar el edificio en que se ha asentado la gobernanza palestina en los últimos tiempos, modificar el marco de preferencias hacia los dos grandes partidos o incluir nuevos horizontes sociales para una población palestina con poca voz. Algo que, sin duda, dejaría consecuencias muy duras.

En Israel, en estos últimos meses, ha cristalizado un nuevo giro hacia posturas más extremas. El secuestro y asesinato de un adolescente palestino en Jerusalén Este ejecutado por colonos fue el hecho más destacado de un verano lleno de tensión e intentos de linchamientos en la ciudad. Además, las manifestaciones de israelíes en protesta por la masacre en Gaza han estado perseguidas por grupos de ultraderechistas que a veces han golpeado a los izquierdistas, ante la pasividad de la policía. Signos también de que el voto a partidos más ultras viene respaldado por una sociedad en la que las posturas nacionalistas crecen, aún más, arrinconando las voces disidentes internas y justificando posturas cada vez más intransigentes y menos negociadoras con los palestinos. Tras la campaña en Gaza se inició la batalla política en Israel para declararse vencedor y recoger réditos políticos y electorales.

Las claves regionales e internacionales

Aunque EE.UU. expresó críticas a la manera de realizar los bombardeos, se ha vuelto a alinear como aliado del “derecho a defenderse” de Israel, aportando fondos adicionales y venta de armas a su ayuda anual de 3.100 millones de dólares. En el caso de los países de la Unión Europea, la respuesta ha pasado por condenar el lanzamiento de cohetes por parte de Hamás, pedir contención a Israel y movilizar esfuerzos para llegar a una tregua en las conversaciones intermediadas en El Cairo. Así, EEUU confirmaba el cambio de tendencia en el segundo mandato de Obama y la UE volvía a sus tibias posturas intermedias tras la votación del Estado palestino en la ONU.

Sólo algunos países sudamericanos (Brasil, Chile, Perú, Ecuador y El Salvador) llamaron a consultas a sus embajadores en Israel, mientras la mayoría de países árabes mantuvo una postura tibia, de crítica pero sin ningún tipo de acciones. Esta crisis demostró las diferencias entre el Egipto gobernado por el Al Sisi con el de Mursi. El paso egipcio con Gaza se cerró poco después del golpe de Estado del militar, se destruyeron los túneles que permitían aliviar el bloqueo con contrabando, y en las negociaciones, Hamás mostró su desconfianza después de un año de represión al islamismo político que no sólo afectó a los Hermanos Musulmanes en el país vecino.

Por otra parte, desde las sociedades civiles europeas se han registrado protestas contra la masacre en Gaza, especialmente importantes en el Reino Unido. La campaña BDS (Boicot, Sanciones y Desinversiones) lanzada por la sociedad civil palestina en 2005 para acabar con la ocupación, recuperar la igualdad de derechos de todos los palestinos y forzar la vuelta de los refugiados ha aumentado su intensidad. En todo caso, se trata de una iniciativa a largo plazo que, si se mira en el ejemplo de Sudáfrica, necesitará de apoyos estatales para forzar un cambio real.

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Adolescente palestino en el campo de refugiados de Deheiseh (Belén). Fotografía: Issa Archs Aunión

Mirando hacia el futuro

En primer lugar, resta por ver qué cambios políticos y sociales quedan después de un enfrentamiento tan duro. Dentro de la Franja, por un lado, Hamás ha ganado credibilidad debido a su resistencia armada, como demuestran las recientes encuestas que otorgan el doble de apoyo a Ismail Haniye que a Mahmoud Abbas en unas hipotéticas elecciones. Sin embargo, el altísimo precio en vidas y destrucción le puede pasar factura entre la población si las condiciones del bloqueo no se alivian, como se barruntaba antes del verano.

Por su parte, Al Fatah y la ANP pelean también por recuperar su protagonismo. Se mantiene el calendario de unidad de partidos y las elecciones (presidenciales, legislativas y quizá municipales y para la OLP) previstas para 2015. Vuelven a surgir las conversaciones y las dificultades sobre pagos de funcionarios, sobre las milicias armadas frente a los cuerpos de seguridad de la ANP y la legitimidad de quién decide qué tipo de acciones se lanzan contra Israel, o su misma eficacia. Cómo avancen estas complicadas negociaciones de unidad marcará si estamos ante un tiempo realmente nuevo, o algo más parecido a estos últimos años. A la vez, la ANP anuncia un nuevo intento para elevar el estatus de Estado observador ganado en 2012. Quizá se trate de una carta destinada a forzar negociaciones con Israel y su mediador, EE. UU., ya que la ANP volvió a amagar con firmar el Estatuto de Roma, que le permitiría llevar a Israel ante el Tribunal Penal Internacional; pero de momento ha vuelto a aplazar cualquier decisión en este terreno, que elevaría la tensión y la posibilidad de negociaciones con Israel y EE. UU.

Para Israel, nada anuncia que se haya puesto punto y final a las campañas contra la Franja, que en opinión del historiador israelí Ilan Pappé son y serán estructurales. No ha derrotado políticamente a Hamás, no ha querido elevar la invasión terrestre ni ocupar la Franja, como le reclamaban algunas voces interiores, por lo que nada ha cambiado para el futuro en una sociedad acostumbrada a las guerras, pero muy sensible a su sentido y a sus consecuencias. La deriva social hacia posturas extremistas y la postura general de los gobiernos hacia más colonización no empujan hacia ningún cambio.

Por último, el actual modelo de “proceso sin negociación” está agonizante. Las conversaciones son necesarias, pero en ningún caso se deberían repetir las mismas bases con mediadores interesados y escasa presión internacional para hacer cumplir los acuerdos.

Además, los cambios en marcha en todo Oriente Medio volverán a afectar a un conflicto de raíces también internacionales. Si el periodo de las revueltas árabes abrió las de ansias de cambio, pan y justicia social en toda la zona, las reacciones geopolíticas han inundado la región de guerras intermediadas entre países e intereses regionales y de todo el mundo.  Los últimos enfrentamientos entre Daesh y la coalición regional se suman a Irak, destrozado tras la ocupación estadounidense, a  Siria desangrada y a Jordania y Líbano, en tensión creciente.


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Sobre David Perejil

Periodista “profesional y vocacional”, bloguero, activista de derechos humanos y persona preocupada por los problemas de su país y de los de muchos otros en todo el mundo. En los últimos temas se ha volcado en asuntos del mundo árabo-musulmán, especialmente en el conflicto entre Israel y Palestina.