Y de repente, de la nada, Marina Silva [Elecciones en Brasil]

No iba a ser candidata, es más, no iba ni a estar en las elecciones. Su partido, Rede –de corte medioambientalista- no había recibido –eso dijo el Tribunal Supremo Electoral- los avales necesarios para ser creado. Marina Silva estaba out, k.o., fuera de juego, tocada y hundida. Aun así en la historia de esta amazónica de 56 años todo se escribe con tinta fácil de borrar.

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Fotografía: Marina Silva de joven

Macarena Soto*.

Su candidatura a la presidencia de Brasil nació el pasado 21 de agosto, y nació de la tragedia. En un accidente de helicóptero –fuente de fantasía para los conspiranoicos- falleció a los 49 años el que hasta entonces era el aspirante socialista a la presidencia brasileña, el malogrado Eduardo Campos.

De la muerte de Campos y la conmoción nacional surgió la nueva imagen del Partido Socialista brasileño (PSB). Por mera y simple ascendencia jerárquica la candidata a la vicepresidencia del país de moda en Sudamérica pasaba a luchar por la presidencia.

Psicopedagoga e historiadora, nació en Rio Branco (capital del amazónico estado de Acre) hace 56 años. En los 80 entró a formar parte del Partido de los Trabajadores (PT) de la actual mandataria Dilma Rousseff y con el ex presidente Lula da Silva fue ministra de Medio Ambiente, su mayor baza y leimotiv político.

Marcada por el objetivo de proteger la amazonía que la vio crecer, con la cartera de Medio Ambiente Silva se enfrentó al poderoso sector del agronegocio, discutió fervorosamente en contra de la liberalización de los transgénicos y encarceló a 700 acusados de crímenes ambientales.

Pero Marina Silva se define además por una docena de adjetivos que bien podrían llevar al votante a la esquizofrenia electoral.

Además de medioambientalista, psicopedagoga, maestra, historiadora, ex senadora y ex ministra, pasó de querer fundar su propio partido tras abandonar el PT a recabar en las filas del PSB. Silva, a quien siempre se la relacionó con el progresismo y la izquierda, es miembro activo de la iglesia evangelista, antiabortista, funambulista sobre el matrimonio homosexual, querida por el mercado y una incógnita para el brasileño.

Es Marina Silva, promesa de todo, certeza de prácticamente nada. Su duro y tajante poder dialéctico se esconde tras una apariencia física débil, consecuencia de las múltiples enfermedades –pasó cinco veces la malaria y tres la hepatitis- a las que sobrevivió en su niñez y humilde adolescencia, en el seno de una familia de once hermanos de los que solo sobrevivieron ocho.

Marina nació en el pobre Brasil como Osmarina pero ante la dificultad de sus familiares más cercanos de pronunciar su nombre, terminó siendo llamada Marina. Hija de un recolector de caucho, a los 16 años pasó a vivir en un convento en la capital de Acre y fue empleada doméstica en su primer trabajo.

Casada en segundas nupcias con un afiliado de uno de sus ex partidos, el de los Trabajadores (PT) de la actual mandataria Dilma Rousseff, es madre de cuatro hijos.

En los últimos seis años una inquieta Marina Silva ha pertenecido a hasta cuatro partidos políticos diferentes: el Partido de los Trabajadores con quien fue ministra y de donde salió en 2008 (antes de que explotaran los casos de corrupción) para incorporarse al Partido Verde (PV) con quien concurrió a las elecciones de 2010 en las que no alcanzó la segunda ronda.

Del PV que centraba sus energías en las causas medioambientales pasó a crear su propia firma política, Rede Sustentabilidade, que no consiguió el permiso de las autoridades electorales para llegar a la lucha por el poder.

Tras el tropezón burocrático -nacido, dicen, de malas intenciones políticas- Silva volvió a hacer de ave fénix y una vez más encontró la reinvención, bajo el ala del Partido Socialista brasileño (PSB) que no ha visto problemas en tener como candidata presidencial a un alto e influyente cargo en la evangélica iglesia “Asamblea de Dios”, en impresionante expansión en Latinoamérica.

Pese al apoyo de la viuda del fallecido Campos – aspecto relevante en Brasil-, la intención de voto, que crecía con el discurrir de las semanas, ha parado su subida en los últimos y trascendentes días antes de los comicios y le han devuelto las alas a Rousseff que veía cómo su vuelo iba en picado hacia las ultratumbas de la política brasileña.

Favorita del mercado por su posible ruptura de la tendencia continuista de Rousseff con las políticas de Lula y las que éste siguió del ex presidente predecesor Fernando Henrique Cardoso (1995-2003), al contrario que Campos, su equipo más cercano –el que la acompaña desde Rede- no ha conseguido conquistar el corazón del bloque duro del PSB.

Su descenso en las encuestas sirvió para que, de inmediato, varios diputados criticaran a la líder amazónica y a sus propuestas radicales en las cuestiones económicas, tales como el manejo que haría de la estatal Petrobras que también ha levantado amenazas –de protestas diarias- entre los movimientos sociales.

Pareciera que la izquierda no fuera el mar en el que Marina nadara más a su antojo y es que también desde la izquierda claman contra Silva.

En el penúltimo debate televisivo de siete de los once presidenciables, la candidata del PSOL (Partido Socialismo y Libertad), Luciana Genro, acusó a la socialista de haber traicionado todas sus promesas electorales pasadas, sus luchas y las causas sociales que enarbola.

Así, aseguró que tras ser diametralmente opuesta al negocio de la agricultura masiva en Brasil -responsable de un alto porcentaje de la deforestación amazónica- se está apoyando en las grandes empresas de dicho sector para fortalecer su candidatura actual.

En el mismo debate, que se convirtió en una gran discusión del “y tú más”, también fue acusada de aprovecharse del poder de los grandes bancos, entre ellos del de Itaú, uno de los mayores de Brasil y propiedad del padre de uno de sus grandes avales en la contienda electoral y recaudadora de fondos para Rede, Neca Setubal.

Si Dilma Rousseff supone el inmovilismo político brasileño en una época convulsa en el país, la gasolina que puede traer Marina podría ser combustible de múltiples y variadas peripecias políticas, ya sea para reactivar el motor de la economía y de las mejoras sociales o por el contrario para agrandar el incendio del enmarañado bosque de la política brasileña.

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Macarena Soto es extremeña. Tiene 25 años y esperó a la mayoría de edad para conocer mundo ajeno. Periodista por la Complutense de Madrid, ha trabajado para el diario Milenio de México donde residió en 2010 y 2011 y para la Agencia Efe en Madrid y Brasil durante los últimos 12 meses. Formada como ciudadana en América Latina, sigue confiando en el periodismo honesto y desconfiando de aquellos compañeros de profesión que se escudan en el abstracto concepto de la objetividad para no tomar partido ante la injusticia.


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