La espalda de Rousseff es ancha y hecha de golpes [Elecciones en Brasil]

 A los 23 años la que hoy es presidenta brasileña entraba por primera vez en prisión. En Brasil corrían los 70, la Operación Cóndor y su represión, la desigualdad y el inexistente reparto de sus múltiples riquezas y por entonces Dilminha, como se le llama cariñosamente, empuñaba un arma –que no usaba según cuentan- y lucía una boina francesa sobre su oscura melena.

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Fotografía: Dilma Roussef de joven ante un tribunal militar

Por Macarena Soto*.

Entonces le llegaron los primeros golpes, físicos estos, en la comisaría de orden político y social (DOPS por sus siglas en portugués) de Sao Paulo donde permaneció durante tres años, hasta que con 26, Dilma Rousseff fue liberada y comenzó a forjar su carrera política.

En 1980 fundaría el Partido Democrático Trabalhista (PDT) al que perteneció hasta 2001 cuando entraría a las filas del Partido de los Trabajadores (PT) del carismático y adorado Lula da Silva, primer presidente “analfabeto” de Brasil quien allanaría el terreno para esta economista se convirtiera en la primera mujer mandataria del gigante sudamericano (2010).

De su mano se haría ministra de Minas (2003-2005) y jefa de gabinete del Gobierno (2005-2010), además de presidenta de la comisión que regula la estatal petrolera, Petrobras, que hoy, tras muchas alegrías, solo le da intensos dolores de cabeza.

Mezcla de raíces y sangres como todo brasileño que se precie, la minera (nació en el rico estado mineral de Minas Gerais) de sangre búlgara, divorciada y con una hija, se prestó a fines de los 2000 a un cambio de look radical para candidatarse a la presidencia tras superar un linfoma.

En el trance perdió varios kilos, cortó su media melena, y adecuó su imagen a los tiempos electorales para vencer a José Serra (del Partido de la Socialdemocracia Brasileña-PSDB) en segunda ronda y eliminar en la primera vuelta a su mayor rival en los comicios del próximo 5 de octubre, la ecologista y evangelista Marina Silva, que en esta ocasión se presenta por el Partido Socialista.

Desde que cediera su estética -renunciado en cierto modo a su feminidad- hasta el otoño de 2014, Rousseff se ha curtido “a palos”. Pese a que consiguió salir indemne de los casos de corrupción que macularon el pasado de Lula, el “Mensalao” en el que el PT habría pagado a diputados de la oposición para aprobar proyectos de ley, a la presidenta no le han faltado sus propios escándalos.

El camino de la reelección está lleno de baches para Dilma, que tampoco pudo aprovecharse del tirón pasional de organizar un Mundial y pese a que las manifestaciones en contra fueron más moderadas de lo que se esperaba, la dirigente fue la diana de todos los dardos que denunciaban ingentes gastos de dinero público o la entrega de un cheque en blanco para que la FIFA hiciera y deshiciera a su antojo.

Tras la catastrófica eliminación de Brasil ante la que se proclamaría campeona días después de endosarle siete goles a la canarinha, la implacable Alemania, Rousseff entregó el trofeo del campeonato al capitán germano, Philipp Lahm, con desgana pero sobretodo con rapidez, con gesto de “cógela, baila un poco y vete”.

Y después de la goleada, Brasil se le vino encima a la presidenta. La derrota en el estadio Minerao de Belo Horizonte (Minas Gerais) se erigía premonitoria del futuro inmediato de la petista pese a que por ahora la intención de voto, empatada con Marina Silva en una segunda e hipotética ronda, es más indulgente que el 7-1 del Mundial.

Meses antes, Dilma no habría sabido escapar de la primera estocada petrolera, en la que el ex director de Petrobras denunciaba la existencia de “un esquema de corrupción” en la compra de una refinería en Pasadena (Texas). Según se supo después, Petrobras había adquirido dicha planta estadounidenses por un precio mucho mayor al suyo y el resto habrían sido pérdidas.

Con mucha pena y poca gloria, el PT consiguió achicar el agua del barco y dejar en el paredón a una solitaria Graça Foster (actual presidenta de Petrobras) que aguantó el bochorno de una comisión parlamentaria pero que, imitando el camino de tantos otros, salió sin escarnio ni consecuencia por la dudosa adquisición de la refinería tejana.

La sombra de otro Mensalao sobrevolaba la corta y sintéticamente aclarada cabellera de Rousseff, quien salía al paso apuntado a los compañeros de partido que se inmolaban para que la senda petista tuviera luz al final del túnel.

Pero no solo la corrupción atemoriza a Rousseff, el mercado ha hablado claramente a favor de Marina Silva, a pesar de que su programa político sea aún una gran incógnita. Al saberse que Dilma adelantaba por primera vez a Marina desde que ésta fuera oficialmente la candidata socialista, el dólar en el parqué brasileño se disparó a la alza, con un cambio tan malo para el real brasileño que no se daba desde 2008.

Los guerrilleros también pueden ser presidentes

Un islote lusoparlante, Brasil tiene sus propias características en el mar de español que inunda Latinoamérica. Capaz de hacer presidente a un sindicalista metalúrgico que no da pie a los términos medios, también elevó a una guerrillera para que llegara al Planalto Central y, entre otras cosas, comenzara a recordar el pasado reciente del país.

La memoria “histórica” es, también en Brasil, una incomodidad. Sin conocerse muy bien el motivo y el origen de dicha condición, los estados de Sao Paulo y Rio de Janeiro son los únicos en los que se permite investigar de forma oficial la dictadura militar (1964-1985).

Pese a las leyes estatales que dejan maniatadas y afónicas a una cuestión tan relevante como los antecedentes de la actual democracia brasileña, una de las primeras acciones de Rousseff al llegar al poder fue la de crear la Comisión de la Verdad a nivel nacional.

Los resultados tangibles de dicho órgano quizá no respondan a las ambiciones de víctimas y asociaciones aunque representa un punto de ruptura y sobretodo un punto de partida para los que quieren saber qué y quién ocurrió en aquellos tenebrosos años.

Alzada por la inercia, Rousseff se coronó presidenta por la fuerte influencia de Lula da Silva, pero no es baladí que una guerrillera, que empuñaba armas contra el poder establecido de entonces, pudiera ser elegida mandataria en unos comicios democráticos.

El 3 de octubre de 2010, las urnas confirmaban la continuidad del PT, Dilma rompía con la historia, creaba una nueva y abría un inédito periodo de justicia y reconocimiento retroactivo.

El próximo 5 de octubre se planta una vez más ante esa historia que durante el último lustro ha sido rubricada por ella, el día D le enfrenta ante su propio destino: afianzarse como la mujer más poderosa del país más poderoso de la actualidad sudamericana o ser postrada a un rincón y que Lula termine de regresar a la lucha electoral.

Pareciera, de nuevo –ya fue presentada como el delfín de Da Silva-, que poco está en su mano y sí en el designio ajeno: el de los ciudadanos; y asimismo en el de su propio partido donde, según las malas lenguas que rezan para que el PT regrese a la oposición para ser de nuevo el PT, los guerrilleros están pasados de moda.

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* Macarena Soto es extremeña. Tiene 25 años y esperó a la mayoría de edad para conocer mundo ajeno. Periodista por la Complutense de Madrid, ha trabajado para el diario Milenio de México donde residió en 2010 y 2011 y para la Agencia Efe en Madrid y Brasil durante los últimos 12 meses. Formada como ciudadana en América Latina, sigue confiando en el periodismo honesto y desconfiando de aquellos compañeros de profesión que se escudan en el abstracto concepto de la objetividad para no tomar partido ante la injusticia.


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