Luanda, retrato de una atípica capital africana

Por Fernando Pinazo*.

Luanda crece con un ritmo frenético, desordenado y oestentoso.

Luanda crece con un ritmo frenético, desordenado y ostentoso. Foto: F.P.

La capital de Angola presume de su principal avenida, bañada por el Atlántico y rodeada de altos edificios. Las obras de remodelación acabaron hace poco más de un año y desde entonces los jardineros se afanan diariamente en mantener la hierba uniforme y las palmeras esbeltas bajo el inclemente sol del África austral. Aunque su nombre oficial conmemora el levantamiento del 4 de Febrero contra el colono portugués, los angoleños prefieren llamarla simplemente Marginal. A pesar de esta denominación es la calle más concurrida de la ciudad y constituye una de las dos orillas de la bahía de Luanda. La Ilha do Cabo es la otra: una estrecha y alargada península donde, al pie de sus kilométricas playas, se ubican los restaurantes y discotecas más costosos. En el punto donde convergen ambas vías se alza la Fortaleza, siempre coronada por el rojo y negro de la bandera angoleña. Sobre este fondo bicolor destaca el amarillo de una estrella, de un machete y de una rueda dentada, dispuestas al modo de la hoz y el martillo.

Pero estas calles son la excepción en una urbe caótica, un espejismo minoritario que enmascara la esencia de la capital. En realidad Luanda es una ciudad polvorienta, sucia y colorida donde proliferan edificaciones endebles, formando barrios conocidos como musseques. Algunas casas están construidas con bloques de cemento y tejados de chapa aunque cualquier placa metálica, incluso piezas de coche, es susceptible de formar parte de una fachada. Falta alcantarillado, por lo que normalmente un reguero pestilente surca la tierra ocre, entre los escombros y las chabolas ruinosas. Apoyados en sus muros los lugareños conversan y alguno se adormece con el filo de un escalón por almohada. Las mujeres portan a sus hijos amarrados a la espalda y, en sus cabezas, un balde con pescado, frutos secos, artículos de higiene o frutas tropicales. La escena sigue un patrón cromático; variedad de colores y luminosidad son la norma.

En cierta medida, estos barrios carentes de suministros básicos son tan populosos porque el precio de la vivienda es prohibitivo. El alquiler de una casa en Luanda ronda los 140 dólares (102 euros) por metro cuadrado. Por eso los edificios, construidos usualmente por mano de obra asiática, se destinarán en su mayoría a albergar profesionales extranjeros vinculados a las industrias extractivas. Con frecuencia son las empresas extranjeras del sector petrolero o de diamantes quienes costean la vivienda de sus trabajadores expatriados, pagando alquileres inaccesibles para la gran parte de la población angoleña. Los precios disminuyen lentamente al tiempo que la oferta de viviendas crece impulsada en gran medida por la inversión de China, principal comprador de crudo.

Un 'candongueiro' deja atrás la cúpula de la nueva Asamblea Nacional. Foto: F.P.

Un ‘candongueiro’ deja atrás la cúpula de la nueva Asamblea Nacional. Foto: F.P.

Mateus Nbote conduce uno de los destartalados taxis blanquiazules, conocidos  popularmente como candongueiros, que tan pronto transitan por el asfalto como por tortuosos caminos de tierra. Apoya la actuación del gobierno aunque al mismo tiempo se queja del aumento del coste de la vida en la última década. “El gobierno es corrupto pero no lo está haciendo mal” afirma. Nbote resuelve sus incoherencias acordándose de los años de guerra y resaltando los progresos de la ciudad. “No vamos bien, pero vamos siempre a mejor”, sentencia.

Incluso en los años de conflicto, el MPLA ya contaba con un amplio apoyo popular que posteriormente se ha manifestado en las urnas. Acostumbrada a los horrores de la guerra, la sociedad angoleña se complace con los avances que financia el petróleo, aunque casi 7 de cada 10 angoleños vive con menos de dos dólares al día. Esta carencia material a menudo viene acompañada por otra de los estigmas de la pobreza: un escaso nivel educativo y cultural.

Los mercados y la venta ambulante son la principal actividad económica en Luanda. Foto: F.P.

Los mercados y la venta ambulante son la principal actividad económica en Luanda. Foto: F.P.

La ambigua bendición del petróleo

Precisamente la entrada masiva de divisas por las exportaciones petroleras y la creciente inversión extranjera han disparado los precios en la última década. La moneda nacional, el kwanza, se ha apreciado de tal manera que ha lastrado la competitividad de otros sectores de la economía angoleña. No en vano el Foro Económico Mundial situó a Angola como el sexto país menos competitivo de los 148 que abarcaba el estudio. Las exportaciones angoleñas son demasiado caras para competir en el mercado internacional por lo que las importaciones son imprescindibles, incluso en bienes de primera necesidad. Este proceso de apreciación por entrada de inversión extranjera se conoce como “síndrome holandés” porque, en los años setenta, la cotización del florín se disparó debido al flujo de inversiones en yacimientos de gas.

La inflación de dos dígitos ha sido persistente en la historia de Angola y sólo logró atajarse en 2012. Angola padece este mal hasta tal punto que Luanda fue declarada por la consultora Mercer ciudad más cara del mundo en el “Estudio sobre el coste de la vida 2013“. A pesar de contar con una capital más cara que Tokio o París, Angola está incluida en la lista de los 49 Países Menos Desarrollados (PMD) del mundo según la ONU. Bien es cierto que su PIB per cápita, que se ha multiplicado por 10 en las últimas dos décadas, cuadriplica el límite de la categoría. Con este indicador acercándose a los 5000 dólares, los pronósticos apuntan a que el país superará la condición de PMD en 2018. Para ello debe escalar posiciones en el Índice de Desarrollo Humano (esperanza de vida y alfabetización): ocupa el puesto 148 de 180 países.

Asimismo, tanto las agencias de la ONU como el Fondo Monetario Internacional (FMI) aconsejan una diversificación económica que resguarde a la economía de las fluctuaciones del precio del petróleo. El oro negro supone el 45% del PIB del país y el 90% de sus exportaciones; además la caída en el precio internacional de esta mercancía ya lastró la economía en 2009, cuando Angola firmó un acuerdo de ayuda financiera con el FMI. En 2012 finalizó el programa y desde entonces el crecimiento del PIB roza el 7%. Según el analista de Naciones Unidas Rolf Traeger, responsable del Informe sobre PMD 2013, la bonanza económica debe enfocarse en dos estrategias diferentes para el exterior y el interior. Por un lado apostar por la tecnología para mejorar la competitividad en el mercado internacional mientras que en el ámbito nacional se fomenta la inversión en infraestructuras y sectores intensivos en trabajo.

Luanda. Foto: F.P.

Luanda. Foto: F.P.

Guerra, paz y apego al poder

El actual buen ritmo de la economía se contrapone al conflictivo pasado reciente. La historia colonial está plagada de batallas intestinas y, por supuesto, contra la metrópolis. Tras 1975 diversas facciones se disputaron el vacío de poder dejado por los portugueses. Agostinho Neto, líder del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA), declaró la independencia en Luanda y se erigió como primer presidente. La convulsa coyuntura política y social de la colonia dio paso a una guerra civil que desangró al país durante 27 años. Los pormenores del conflicto son innumerables debido a la diversidad étnica e ideológica, pero básicamente la guerra enfrentó al Movimiento Popular por la Liberación de Angola (MPLA), apoyado por el bloque soviético y Cuba, con la Unión Nacional para la Independencia Total de Angola (UNITA), respaldada por Estados Unidos y Sudáfrica. Durante los primeros años, el Frente Nacional para la Liberación de Angola aglutinó a la oposición en un gobierno en el exilio pero perdería apoyo en favor de la UNITA, encabezada por Jonás Savimbi. Su muerte en combate marcaría el final de la guerra en 2002.

Hoy en día, la vida política de Angola cuenta con los mismos protagonistas. El MPLA revalidó su hegemonía en las elecciones legislativas de 2008 y 2012, seguido de lejos por la UNITA. En ambas consiguió más del 70% de los votos, con la aprobación de observadores electorales independientes. Pocas dudas existen sobre la fidelidad del resultado electoral pero la democracia angoleña es sin duda singular. Entre años de guerra y paz, el presidente José Eduardo dos Santos ostenta su cargo desde que en 1979 sustituyera a Agostinho Neto. Su actual mandato finaliza en 2017 ya que la Constitución de 2010 otorga cinco años en la presidencia al líder del partido más votado. Además la nueva Carta Magna elimina el puesto de primer ministro, concentrando en el presidente el poder militar y el nombramiento de los tribunales.

La restricción constitucional de dos mandatos no es retroactiva, por lo que legalmente Dos Santos podría permanecer en el poder más allá de 2014, aunque su débil estado de salud vaticina una pronta sucesión. Su relevo legal sería Manuel Vicente, número dos del Estado y ex presidente de la petrolera estatal Sonangol, pero la reciente nominación del hijo de Dos Santos, José Filomeno, al frente del Fondo Soberano aviva los rumores de una sucesión familiar. El Fondo estatal maneja 5 mil millones de dólares del ingreso petrolero que se destinarán a una cartera de inversión. Los rendimientos irán encaminados a promover el desarrollo económico y social del país.

*Fernando Pinazo (@fpinazo7) es licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. También cursó el Máster de Relaciones Internacionales del Institut Barcelona d’Estudis Internacionals (IBEI) gracias al que disfrutó de un periodo de prácticas en Luanda. Es aficionado a la literatura, el cine, el deporte y la charla distendida y productiva. Su viaje a Luanda fue una buena excusa para iniciarse en la fotografía.


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