La Marca Estados Unidos en África

Por Enrique Anarte Lazo*.

África tiene una imagen positiva de los Estados Unidos. O, al menos, eso indican los resultados del informe Global Opposition to U.S. Surveillance and Drones, But Limited Harm to America’s Image, recientemente publicado por Pew Research Center, un prestigioso think tank estadounidense con base en Washington, D.C. El continente africano es, de hecho, el que mejor imagen tiene con un porcentaje medio más alto de opiniones positivas con respecto a la potencia norteamericana, por encima de Europa, Asia y América Latina, y muy por delante de Oriente Medio, que presenta el porcentaje más bajo con diferencia, con solo un 30% de opiniones favorables.

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Lo que esconden los titulares, no obstante, es que de los más de cincuenta estados que componen el continente africano, solo siete forman parte de este estudio, y algunos de los países tradicionalmente englobados en el conglomerado geopolítico comúnmente llamado África (Túnez y Egipto, en este caso, con unos porcentajes medios de opiniones positivas del 42% y del 10% respectivamente) han sido trasladados a la categoría de análisis de Oriente Medio. Así, cuando los autores exponen que “los africanos tienen una visión particularmente positiva sobre los Estados Unidos”, en realidad se limitan a reflejar las realidades de Ghana, Kenia, Nigeria, Senegal, Sudáfrica, Tanzania y Uganda.

Un análisis más profundo de los datos que nos ofrece el organismo pone de manifiesto algunos de los pormenores del estudio. Cabe destacar la variación que ha experimentado esta visión de la ciudadanía africana sobre EEUU desde el año pasado. Tres de los siete países africanos (Uganda, Senegal y Ghana) analizados se encuentran entre el grupo de naciones (que completan Rusia, Brasil, Líbano y Egipto) que ha experimentado un mayor empeoramiento con respecto a esta cuestión. Esta tendencia se repite, de hecho, en el resto de unidades de análisis africanas, con la excepción de Tanzania (del cual, sin embargo, no se habían recopilado datos desde 2008).

Llama también la atención la importante presencia de países africanos en el ranking de aquellos en los que más ha crecido el rechazo al uso de drones por parte de Estados Unidos para luchar contra la amenaza terrorista: Senegal y Uganda encabezan esta lista, con aumentos porcentuales del 28% y del 21% respectivamente, a los que siguen (algo más abajo en la lista) Sudáfrica y Nigeria. Es más, el significativo posicionamiento de senegaleses y ugandeses de un año para otro contra este controvertida política que se deriva de estas estadísticas es bastante más fuerte que en otros países del mundo, como Alemania o Brasil, donde las protestas y la desconfianza ante la política exterior norteamericana han estado más relacionadas con el espionaje a sus ciudadanos y líderes políticos.

A pesar de las hipótesis que puedan extraerse de estos datos, la realidad es que se trata de conclusiones difícilmente extrapolables al conjunto continental. La aparente conclusión de que África, a pesar de ser la región geopolítica con mejor imagen del Tío Sam, desconfía cada vez más de sus tentáculos, parece quedarse corta por la superficialidad del análisis, que al obviar la inmensa mayoría de unidades estatales del continente es incapaz de representar la heterogénea diversidad sociopolítica africana.

Los resultados del estudio, sin embargo, adquieren relevancia ante la cercanía de un evento que, a pesar de las críticas que señalan su dudosa trascendencia geopolítica y económica, sí ha suscitado un relevante interés por su carácter novedoso y oportuno: se trata de la primera cumbre entre Estados Unidos y los países africanos, que tendrá lugar en Washington los próximos 4, 5 y 6 de agosto. Ante los pasos de gigante dados por la diplomacia china (pero también india, malasia, turca y brasileña), el gobierno de Obama quiere estrechar su relación con el continente olvidado acogiendo en terreno propio a más de cincuenta líderes africanos. ¿Los objetivos del anfitrión? “Reforzar los lazos [comerciales] con una de las regiones más dinámicas del mundo”, así como consolidar su “compromiso con la seguridad y el gobierno democrático” en el continente y fomentar la “necesaria cooperación antiterrorista”.

La lista de invitados al evento, nada sorprendente, refleja la ambigüedad de la política exterior estadounidense en África, de nuevo orientada por los vaivenes en el seno de la Unión Africana (UA); un organismo que, pese a sus encomiables esfuerzos, ha mostrado una y otra vez su inoperancia en cuestiones diplomáticas y de resolución de conflictos. Si bien EEUU ha vetado la presencia de los representantes de Guinea-Bissau, uno de los regímenes más autoritarios del mundo y cuya membresía en la UA estaba suspendida en el momento de anunciar la cumbre, no ha tenido reparos en ser anfitrión de otros no muy disímiles (según estudios internacionales como el Democracy Index de la Unidad de Inteligencia de la revista británica The Economist) en cuanto a derechos y libertades se refiere, tales como Chad, la República Democrática del Congo o Guinea Ecuatorial. No ha habido, sin embargo, veto a Marruecos, expulsado hace décadas de la UA por el apoyo mayoritario de sus miembros a la República Árabe Socialista Democrática. Esta última no tendrá representación en la cumbre al no haber recibido invitación por parte de la Casa Blanca: se entiende, pues, que la lucha saharaui por el derecho a la autodeterminación no está dentro de los planes estadounidenses de consolidación democrática en África.

A medida que se acerca la fecha aumenta la expectación entre actores sociales y políticos de todo el continente. En Estados Unidos, sin embargo, la cumbre no solo no ha despertado tanto interés, sino que muchos expertos y analistas dudan ya a priori de su éxito. La revista estadounidense  Foreign Policy, en un artículo titulado Has the White House Bungled a Historic Africa Summit?(“¿Ha echado a perder la Casa Blanca una Cumbre de África histórica?”) ha recogido las opiniones de algunos de los más críticos. La evidente falta de interés por parte de EEUU en la discusión de propuestas concretas en lo referente a la cooperación bilateral, dicen, no solo implica perder una buena oportunidad para extender el ámbito de influencia (al menos económica) de Washington en los países africanos, sino que entraña el riesgo de provocar una respuesta negativa por parte de estos, facilitando así el fortalecimiento de lo que se ha pasado a llamar Chináfrica.

Si, como vaticinan algunos, África es el continente clave del siglo XXI, la marca Estados Unidos (a pesar de partir en principio con ventaja)  navega a la deriva, incapaz de adaptarse a los nuevos vientos, que han traído a nuevos y más hábiles interesados en las oportunidades que África ofrece. Con las cicatrices del colonialismo del siglo anterior todavía abiertas, los africanos parecen mirar con esperanza a estas brisas renovadoras, sin garantía alguna de salir mejor parados, tratando de equilibrar la compleja ecuación entre democracia, soberanía, desarrollo y crecimiento económico.

 

*Enrique Anarte Lazo (@enriqueanarte en Twitter) es estudiante de Relaciones Internacionales y aprendiz de periodista. Antes estudió Humanidades y Traducción e Interpretación. Escribe en La Vache Espagnole y en El Huffington Post, donde tiene un blog, y es fotoperiodista en La Vache y en Contrafoto21. También es voluntario de la Cruz Roja Española. Sus intereses giran en torno a África, los derechos humanos, la diversidad sexual y las cuestiones de género y la literatura. Homo Urbis es su blog personal de fotografía.


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