Transformaciones globales, liderazgos compartidos y cambios de “poder” en América Latina y el Caribe

En América Latina y el Caribe los procesos de cambio tanto en la naturaleza como en la distribución del poder en el seno de las diferentes estructuras –seguridad, producción, crédito y finanzas, bienestar y conocimiento– se traducen en una doble dinámica de ascenso y creciente diferenciación. Ascenso de la región en su conjunto, impulsado por un fuerte crecimiento económico, y de algunos países en particular, que se han caracterizado por un marcado liderazgo regional, mayor proyección global, y por una mayor presencia en los organismos internacionales y las estructuras emergentes de la gobernanza global, como el G- 20.

Memorial de América Latina. Luiz Ferreira. Hemisferio Zero

Por Jorge José Hernández Moreno *.

La actual sociedad mundial se caracteriza principalmente por ser un sistema internacional en profunda mutación, cargado a su vez de incertidumbre, en medio de contradicciones, singularidades y también limitaciones, que avanza hacia lo que algunos especialistas denominan un orden internacional «post-Westfalia». Un orden caracterizado principalmente porque el Estado, el principal protagonista tanto de la teoría como de la práctica de las Relaciones Internacionales, ha perdido mucha de su utilidad, y por lo tanto, la capacidad de dar solución a problemas como la seguridad y el bienestar, los cuales deben buscarse en estructuras globales o regionales.

A la hora de analizar los cambios que se han producido en la naturaleza del poder, en concreto, en la forma en la que este se ejerce, así como la distribución y difusión del mismo en el sistema internacional, nuestro punto de partida descansa en la consideración del poder como un elemento clave tanto en la explicación de las Relaciones Internacionales como en la política internacional, y no como un fin en sí mismo. El poder ya no se expresa exclusivamente a través del dominio y el control de los espacios terrestres, sino de forma creciente a través del dominio y control de las estructuras, redes y nudos esenciales, financieros, comerciales, productivos, informativos y comunicacionales, así como a través incluso de la simple participación en los mismos.

En paralelo, la marcada heterogeneidad que ha caracterizado históricamente a América Latina y el Caribe se ha exacerbado. A las tradicionales disparidades de desempeño económico y estructura social, se le han añadido otros factores de diferenciación relacionados con los modelos políticos, las estrategias de desarrollo, o las opciones de política exterior y de inserción internacional.

El ciclo actual en el que se encuentra el sistema internacional se abre con la crisis económica de 2008. Los procesos de globalización y regionalización, han creado en este nuevo escenario, sistemas de relaciones de poder que superan las capacidades de los propios Estados. Con la globalización se abre un nuevo juego, en el que las reglas y los conceptos fundamentales del antiguo juego ya no son reales, no obstante, surge un espacio de acción nuevo; la política se deslimita y se desestataliza.

Consecuencia directa de las transformaciones y el surgimiento de nuevos ejes de gravitación globales y regionales, es que ningún Estado puede dirigir ni hegemonizar el sistema internacional. Las respuestas a los desafíos y la emergencia de temas transnacionales requieren respuestas multilaterales, acciones coordinadas y asociadas a la cooperación y a la concertación. Los cambios estructurales desarrollados en América Latina, son consecuencia directa de las transformaciones del sistema global en la mayoría de los casos, y no de carácter endógeno.

Entre ellos cabría destacar, la menor presencia relativa de la influencia de Estados Unidos, consecuencia de la perdida de relevancia de América Latina para su política exterior y de seguridad, en especial en América del Sur. Sin embargo, America Latina sigue siendo un mercado demasiado jugoso como para que Estados Unidos tire la toalla aunque haya abandonado definitivamente viejos proyectos (ALCA). Los Tratados de Libre Comercio firmados con Centroamérica, México o República Dominicana u otros acuerdos similares con Colombia, Perú o Chile son muestra de que el interés continua y continuará.

A pesar de que la perdida de centralidad de América Latina para la política exterior y de seguridad de los Estados Unidos es un factor que propicia una mayor autonomía para la región en múltiples ámbitos, las relaciones bilaterales como expresión del unilateralismo estadounidense, han marcado de manera profunda la heterogeneidad regional, provocando la existencia de al menos dos subregiones diferenciadas: el norte de América Latina liderado por México e integrado por los países de América central y el Caribe, estrechamente ligados a Estados Unidos a través del comercio, las inversiones y las migraciones; y el sur, formado por los países de UNASUR.

En lo referente a las estructuras primarias de la producción, las finanzas y el crédito, el crecimiento de América Latina se ha constituido como el elemento de recuperación para muchas economías europeas, un área de gran interés para las inversiones extranjeras, lo que potencia el desarrollo autónomo a través de la diversificación de las fuentes de inversión. Los procesos de cambio han posibilitado la creciente presencia comercial y económica de otros actores globales en la región, a través del reconocimiento de la CELAC como entidad representativa del conjunto de América Latina.

Con la emergencia económica del mundo en desarrollo surgen nuevos actores globalizantes, países emergentes o (re)emergentes, los denominados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), o el grupo más reciente, identificado y renombrado por entre otros, el economista Jim O ́Neill como MIST (por sus siglas en inglés), compuesto por México, Indonesia, Corea del Sur y Turquía, países hacia los que deberían –y así esta siendo en la actualidad– de apuntar las grandes inversiones en los próximos años. Esto ha producido un desplazamiento de los ejes comerciales, financieros, de inversión y estratégico-militares a la Cuenca de Asia-Pacífico, disminuyendo la relevancia del Atlántico.

Ante este contexto, y partiendo en primer lugar de las transformaciones del Estado en relación al proceso de globalización económica, y el desplazamiento del poder de los Estados hacia los mercados y las redes de actores no estatales, no debieran obviarse en el análisis, las importantes diferencias existentes en cuanto a las estrategias de inserción en la economía política internacional, así como los distintos proyectos regionales de cooperación e integración.Las tendencias claramente heterogéneas y diferenciadas en torno a la inserción internacional de América Latina se evidencian en dos casos muy claros, que evidencian las características de la región anteriormente señaladas.

Por un lado se encuentra el liderazgo de Brasil, papel que empezó a desempeñar a principios del siglo XXI, y que se consolidó a mediados del decenio de 2000, debido a su crecimiento económico y por consiguiente mayor presencia global. Esto le ha llevado a aumentar su peso dentro y fuera de la región, posicionándose como el enlace latinoamericano con el grupo de los BRICS, además de ser el principal promotor de la cooperación Sur-Sur y la integración sudamericana —cuyo ejemplo más claro es UNASUR—.

El contrapunto al liderazgo brasileño se encuentra en México, un liderazgo que se manifiesta en gran medida en la esfera económica y multilateral. A lo largo de la historia, México ha sido uno de los países líderes en América Latina. No obstante, fue el primer país de la región en ser parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), y su ingreso al Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (NAFTA), mostró su capacidad de diálogo múltiple. Sin embargo, el liderazgo de México en la región no ha sido constante ni de largo plazo. El profesor Günther Maihold resume bien la situación de México cuando afirma que «su imposibilidad para asumir un liderazgo regional reside en su identidad birregional». Por un lado, es geográfica y económicamente parte de América del Norte; por otro lado, tiene sus raíces en América Latina.

 La concertación y la coordinación de políticas es una de las claves del éxito de la inserción internacional de América Latina y el Caribe en el contexto actual. Para que esto sea posible y realizable se requiere además de voluntad política, un liderazgo regional compartido. Solo a través de la cooperación entre los países líderes de América Latina, se crearán espacios efectivos de participación de otros Estados y actores con intereses específicos capaces de ejercer una influencia en el escenario internacional.

 Por todo lo anterior, se debe de apostar por una distribución del poder negociada, multinivel y regionalizada, en la que los Estados, y su componente más importante, los ciudadanos, miren hacia el futuro sin prejuicios de visiones nacionales y «estadocéntricas». Porque los acontecimientos, al igual que las percepciones, marcan el rumbo de la vida política, y esta con el paso del tiempo, está dejando de lado el escenario territorial por excelencia, configurándose como una política interior global.

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Jorge Hernández Moreno, en twitter @JorgeJ_Her es licenciado en Relaciones Internacionales por la UCM. Especialista en temas europeos, regionalismo y procesos de integración en América Latina, gobernanza global y economía política internacional. Colaborador de blogs de análisis internacional (como esglobal, o Elcano) , actualmente es investigador junior del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI).


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