Más problemas en España tras escapar del conflicto sirio


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“Me avergüenza comparar nuestros problemas con los de las personas de Zaatari”, dice Kamal.  Acaba de contar su historia de persecución como médico voluntario para los alzados sirios y la espoleta de su huida. Su padre fue a identificar a un hombre, asesinado con nueve disparos en un puesto de control de Zabadani, cuyo único delito era compartir su mismo nombre. Y sin embargo, Kamal reconoce que sus problemas, de “integración en una sociedad europea, financieros y de perspectivas de futuro”, son muy distintos a los que sufren los refugiados en los países de Oriente Medio y los sirios desplazados dentro de su país. Pero aún así los pocos que han podido acceder a nuestro país se enfrentan a una serie de barreras de acceso, legales y sociales.

Una terrible constatación se adivina al preguntar como fueron sus trayectos entre Siria y España. Sólo los que tenían contactos para obtener visados europeos o dinero para pagar a pasadores de fronteras pudieron acceder a Europa. El resto de la población perseguida, o bien, huye a los países fronterizos, o bien debe aguantar dentro de Siria. “Es un viaje muy largo”, dice Mazen, nombre ficticio por su propia seguridad como pidieron también el resto de personas que aparecen en este texto. Es su definición de un periplo que le llevó, primero a Turquía, luego a Egipto, para continuar de vuelta a Turquía y, para evitar visados, en avión a Ecuador, luego Brasil, Argentina, de vuelta a Brasil por problemas con su pasaporte y, otra vez, a Ecuador para acabar en España. El coste del viaje durante varios meses ascendió a unos 10.000 euros. Las tres personas de la familia de Sireen dedicaron todos sus ahorros, unos 30.000 dólares, a escapar hacia Líbano y allí compraron documentación y visados para intentar ir a Suecia, vía España. En el caso de Abdala, cámara freelance de una televisión del Golfo apresado en Alepo, su viaje duró un año entero. Desde Turquía, empezó su trayecto en Egipto y recorrió todo el Magreb hasta llegar a Melilla. Abdala sufrió, como todos aquellos que llegan por Ceuta y Melilla, el peso de una de las fronteras africanas de España. Tuvo que esperar tres mes para acceder a la península. Y corrió mejor suerte que muchos otros. Algunos, como evidenció el caso de la gravemente herida Manar Almustafá, se ven obligados a esperar en las ciudades autónomas porque la legislación actual de asilo no permite, en la práctica, residir en la península. Los que están al otro lado de las vallas no comprenden porque tienen que pagar a mafias para poder entrar al país después de huir de una guerra tan cruel como la siria.

Para los que tienen algún contacto en Europa el camino es menos costoso. Eso sí, a condición de que alguna persona pueda facilitarles un visado para acceder a España y, una vez allí, solicitar el asilo. Esa es la vía que siguieron Iyad, George y Nasser, solicitantes de asilo que viven en el Centro de Atención a Refugiados (CAR) de Vallecas (Madrid). Ellos y sus familias volaron desde Beirut. Su salida fue más segura, aunque tuvieron que sortear controles en un aeropuerto convertido, como todo Líbano, en patio trasero del conflicto. Este es el motivo por el que CEAR hizo un llamamiento al Gobierno para retirar la vigencia de visado de tránsito aeroportuario a los sirios, ya en 2011, cuando apenas había comenzado la crisis de los refugiados tras el alzamiento y las manifestaciones en el país. El objetivo era ofrecer vías seguras para la protección a un colectivo vulnerable en busca de protección, cuyas necesidades no han dejado de aumentar. Especialmente desde finales de 2012, cuando el enfrentamiento armado se generalizó con los asedios y bombardeos del régimen a varias ciudades. Baste comparar los 500.000 sirios que habían cruzado las fronteras del país en diciembre de 2012 con los cerca de 2,5 millones que se estiman hay en la actualidad, según datos de Acnur, o los 4,1 millones que la ONU pronostica que podría haber a finales de este 2014.

Todas las conversaciones con los refugiados en España empiezan o acaban con sus dificultades para elegir país en el que asentarse. Dublín, Dublín, Dublín. Lo repiten para referirse a un convenio europeo que les obliga a asentarse en el país que les dio visado o el primero que tocaron en  Europa. Lo que, a veces, les separa de sus familias y lugares donde quisieran asentarse. Es el caso de Iyad, Ashot y Susana, con algunos de sus parientes en Suecia.  Y las dificultades burocráticas para pasar de solicitantes a refugiados, de la famosa tarjeta roja que les acredita durante el procedimiento de conseguir su documentación a la definitiva residencia. En teoría, estos trámites deberían solventarse en seis meses, plazo que se alarga con frecuencia, a veces más de un año. Algo muy importante ya que durante este tiempo se pueden beneficiar de alojamiento, servicios sociales, sanitarios y educativos. Los CAR -y organizaciones como Accem, Cear, Rescate y Cruz Roja- cuentan con programas especiales de alojamiento, comida, clases de español, atención psicológica, jurídica y ayudas de manutención y emancipación (entre 100 y 300 euros mensuales). La espera para formalizar el asilo es “agónica”, según explica Abdala. Sin esta documentación no pueden empezar a buscar empleo o moverse a otros países.  “Nadie me dice cuanto tardarán mis papeles y sin ellos no puedo trabajar. En Siria no hacen falta documentos para trabajar, pero aquí sin ellos es imposible”, relata una situación que Abdala dice “vivimos todos por igual en el centro de refugiados”. De hecho, concluye explicando su frustración. “No sé porque nos acogen si luego no nos dan documentación y podemos buscar trabajo. No lo entiendo”.

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Sireen sabe que España es un país “muy duro para trabajar”, para constatar una dificultad que reconocen afecta a muchos españoles. Pero que contrasta con sus vidas anteriores al conflicto, que quieren rehacer. Sireen era profesora de economía en la Universidad de Damasco y su marido, ingeniero, regentaba una tienda de nuevas tecnologías. George era comercial de una empresa de electrodomésticos; Nasser regentaba un gimnasio; Ashot era mecánico; Iyad, estudiante universitario… casi una muestra sociológica de la la sociedad siria que ha podido alcanzar Europa. Muchos habían elegido asentarse en otros países de Europa precisamente porque querían evitar  la crisis económica de los países del sur. La ausencia de posibilidades de encontrar empleo les sitúa en una posición de  vulnerabilidad si no cuentan con familiares o amigos que les ayuden. Todos agradecen mucho la acogida y calidez de la gente en nuestro país, y de manera especial el apoyo de los trabajadores de los centros, pero desean trabajar y valerse por si mismos para poder abandonar lo que califican como vida tutelada.

Además, siguen teniendo bajo sus hombros el peso de la mochila de todo lo vivido desde 2011, cuando varios grupos de manifestantes recogieron el ánimo de las manifestaciones de las revueltas árabes para exigir mejoras, reformas y dignidad. Desde entonces, el conflicto ha pasado por varias etapas: la militarización de la revuelta, la toma de ciudades y terreno por parte de las brigadas las diferentes oposiciones, el conflicto como un tablero de ajedrez de todos los conflictos de Oriente Medio y la llegada de yihadistas para imponer su proyecto fanático. En los últimos meses el odio generado por tantos meses de duros enfrentamientos armados ha acabado salpicando a la convivencia entre confesiones religiosas. Toda una profecía autocumplida para un régimen que al principio de la crisis buscó apoyos, a toda costa, para sobrevivir, que se ha extendido, en menor medida, a acciones de otros grupos opositores. También, la caída en el pozo de los demonios que cada sociedad y país poseen. Todos esos grandes acontecimientos han dejado su huella en los refugiados.

Iyad, como muchos de los habitantes de la zona, suele tener un fino humor irónico, por el que tamiza hasta los sucesos más dramáticos. Sin embargo, durante la conversación, los acontecimientos que ha vivido muestran todo su peso. “Estoy destrozado por dentro. Viví la guerra durante dos años”. No quiere ver la televisión ni conectarse a internet porque “me estresa mucho leer noticias de arrestos o muertes”. Ni tampoco hablar de Siria con otros compatriotas del centro de refugiados. “Todo el mundo piensa que tiene razón sobre lo que pasa y nadie la tiene. Algunos se enfrentan, incluso de manera agresiva”. Y es consciente de todo lo que ha desaparecido de su vida como “castigo” por distribuir alimentos a desplazados internos en el campo de refugiados palestinos de Yarmouk. “Antes yo tenía una vida como la tuya en Siria y la he perdido. Tenía una casa, amigos, estudios y un trabajo. Ahora tengo que intentar no perder el tiempo para volver a tener una vida”.

El conflicto sigue con toda su crueldad. Sus familias están en Siria. Rana confiesa que “cuando puedo hablar con mi madre de 80 años, que sigue en el país, a veces oigo bombardeos. Ella me miente y dice que es la televisión. Me dice que está bien, pero no la creo. Estoy segura que las dos lloramos cuando colgamos. Hoy mismo, he sabido que ha muerto un amigo de mi hija, torturado en la cárcel”. Rana, que participó en las primeras manifestaciones y sigue haciéndolo ahora en Madrid, enseña un dibujo hecho por su hijo en el que se ven soldados disparando a niños muertos, como otra muestra de todo lo que ha supuso para él vivir con la presión de los bombardeados y las amenazas de ataques de los shabihas también en el campo de Yarmouk.

Otros refugiados reproducen los miedos que dejaron el país. George está muy preocupado por los secuestros de religiosos cristianos en Maalula y por una situación que sólo empeora. “Al principio había tres bandos: el gobierno, el ejército sirio libre y la gente en medio. Ahora sólo hay dos”. La irrupción de milicias ligadas Al Qaeda y los cánticos de algunas manifestaciones, “cristianos a Beirut y shiies al ataúd”, le refuerzan para preguntar “¿por qué tengo que morir por ser católico?”. Sireen dice que en Siria hay “una masacre de todos contra todos, cuando antes nadie preguntaba de que confesión eras” y, como ejemplo citan que ella está perseguida por el régimen y su marido, por “los dos lados”. Sireen habla en perfecto inglés mientras su marido sujeta a su bebé, nacido en el CAR.

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Por su parte, las ONGs también expresan peticiones no sólo relacionadas con las necesidades de los refugiados sirios, sino para todo el sistema de acogida y llegada a las fronteras de nuestro país. Amer Hijazi, presidente de la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio (AAPS), critica el escaso número de acogidos España “que tiene que mejorar porque está quedando peor que otros países europeos que alojan más refugiados”. Según datos europeos y del Ministerio del Interior, 896 lo habían solicitado entre 2011 y 2013, frente a Suecia  (20.490 solicitudes) y Alemania (16.100), primeros en acogida de los 81.000 refugiados sirios, menos del 4% del total, que hay en los países de la Unión Europea.  Amer también llama la atención sobre las condiciones cuando acaba la protección en los centros. “Es una situación muy mala para la gente. Cuando pasa un año de estancia se les quitan todas las ayudas y algunas personas, como una familia que vive en León, se ven obligadas a dormir en la calle. Nosotros tenemos una asociación muy pequeña y no podemos gestionar casos así.  Además, hemos solicitado reuniones con las ONGs que llevan los temas de refugiados para ver qué podemos hacer y ninguna nos ha abierto las puertas”. El presidente de la AAPS nos atiende por teléfono desde su empresa, reconvertida en sede de la asociación, en la que siempre se agolpan bolsas y cajas con la ropa que recogen para enviar a los desplazados del interior del país. “La gente de la calle nos ha ayudado mucho con ropa de invierno y mantas. También la sanidad madrileña que nos ha donado material médico que introduciremos dentro de Siria en cuanto podamos”.

María Jesús Vega, responsable de relaciones externas y comunicación de ACNUR contrapone la actuación de “los países limítrofes a Siria que han dejado sus fronteras abiertas con los pocos que llegan a “las fronteras blindadas” de Europa en la peor crisis humanitaria del mundo desde el conflicto de Ruanda hace veinte años”. Esos países “necesitan ayuda en educación, sanidad y servicios sociales sino su situación puede ser insostenible y estallar un conflicto que afecte a la paz regional, e incluso mundial”. A finales de 2013 había 2,3 millones de refugiados sirios alojados en países como Líbano (800.000 personas que suponían el 20% de la población de ese pequeño país), Turquía (500.000), Jordania (500.000), Egipto (200.000) e Irak (170.000). Ante esta situación, ¿qué debe hacer España? “Nuestro país no ha cambiado su política de visados en tránsito ni ha aumentado las solicitudes. Se pueden permitir acoger más personas como están haciendo Suecia o Alemania. El hecho de que se haya elevado de 30 a 130 personas en este 2014, desde luego es una cifra muy escasa, pero indica que se puede hacer más. También pedimos que haya políticas de reunificación familiar y que se cumplan los compromisos de contribuciones monetarias para atender a los refugiados. Los países no han llegado ni al 50% de los que prometieron. Además, los países firmantes de los convenios de refugio deberían cumplir lo que han firmado”.

Por su parte, el gobierno español no sólo esgrime la mencionada ampliación de las cuotas de acogida de refugiados sirios no sólo este año,  sino también la de finales de 2013. José Manuel García-Margallo, Ministro de Asuntos Exteriores, remarcaba la posición de España entre los principales donantes para refugiados en la zona con la aportación de 10 millones de euros. El ministro ha recordado también la posición “muy activa” del gobierno español en la solución del conflicto al acoger varias reuniones de opositores en Madrid y Córdoba, así como la  la influencia del gobierno español ante la Unión Europea para promover que la comunidad internacional destinara más fondos a los países vecinos, como Jordania.

La situación de los refugiados sirios, y en general la de los solicitantes de asilo en Europa, está inmersa  en las barreras a la llegada de personas de otros países al continente y su integración.  Es un asunto aún más difícil en época de crisis económica en la que partidos populistas y xenófobos de varios países utilizan atizando miedos identitarios con supuestas “invasiones” en las fronteras Europa. Imágenes que contrastan con tragedias como la de Lampedusa en octubre de 2003 cuando murieron cerca de 400 personas, entre ellos sirios y palestinos residentes en Siria, al intentar acceder en barcas a la isla italiana. Se calcula que, al menos, 250 sirios podrían haber muerto en el Mediterráneo en 2013. Sin embargo, María Jesús Vega recuerda la situación especial de los refugiados. “No eligen irse. Han sufrido persecuciones y traumas. Su vida corre peligro. No pueden retornar.” Además, existe una legislación internacional, por muy oscurecida que esté su aplicación, conseguida a duras penas para proteger a personas que huyen de este y otros conflictos. Y todos los países que están implicados en la guerra a través de intermedios que se libra en Siria no quieren hacerse cargo de sus consecuencias humanitarias.


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Sobre David Perejil

Periodista “profesional y vocacional”, bloguero, activista de derechos humanos y persona preocupada por los problemas de su país y de los de muchos otros en todo el mundo. En los últimos temas se ha volcado en asuntos del mundo árabo-musulmán, especialmente en el conflicto entre Israel y Palestina.