¿Qué hay dentro de tu smartphone?

Ilustración: José Luis Pérez García

Ilustración: José Luis Pérez García

Por Cristina Belda*.

Puede que estés leyendo este artículo desde una tableta. O desde tu ordenador portátil. Quizás  le estés echando un vistazo desde tu smarthpone. Entonces, hay tres minerales que son fundamentales en tu vida diaria. Si no están en tu móvil, están en tu coche o en el último avión que has cogido.¿Los conoces? Son las conocidas por sus siglas en inglés como las tres Ts, (dicho en español pierde algo de magnetismo) tungsteno, tantalio y estaño. A estos les sumamos el oro, y ¡voilà! Tenemos la fórmula del progreso. ¿Cuál es la función de cada uno?  El tungsteno  se utiliza en las pantallas de los teléfonos inteligentes y les permite vibrar cuando entra una llamada. El tantalio nos ayuda a enviar mensajes de texto, mientras que es la soldadura de estaño la que permite el funcionamiento de cada placa de circuito y el oro es la pequeña pieza de conexión entre ambos.

Para conocer un poco más las imprescindibles tres T hay que situarlas. Las tres cuartas partes del total de estos minerales se encuentran en la República Democrática del Congo (RDC). El conjunto de esa riqueza está valorado en 24 trillones de dólares según señala la organización “Publiquen lo que pagan”. Es en las provincias de Kivu Norte y Kivu Sur, al este del país, donde se sitúan  los principales yacimientos. República Democrática del Congo es rica también en petróleo, uranio, diamantes, madera y casiterita. Y ¿a dónde van a parar exactamente sus minerales? Es un negocio “exclusivo”, sólo diez compañías procesan más del 80 por ciento del estaño del mundo. La mayoría se sitúan en el sudeste asiático, pero también en Rusia, Alemania, Estados Unidos o Dubai.

Hasta 2010 estas empresas podían extraer los minerales sin dar demasiadas explicaciones. Algo así como lo que sucedía con los llamados “diamantes de sangre” antes de que se pusiera en marcha el Proceso Kimberley. Sin embargo, a partir de ese momento, cada vez fueron más las voces que relacionaron los beneficios obtenidos por la exportación minera con la principal  fuente de financiación de uno de los conflictos más cruentos del planeta. Porque República Democrática del Congo, a pesar (o a causa) de ser extremadamente rico, es un ejemplo de Estado fallido. Y ha protagonizado uno de los conflictos más violentos del siglo XX y XXI, que se ha saldado con la vida de, según datos de Naciones Unidas, más de 5 millones de personas, y la huida de un millón de desplazados. Un conflicto que sigue latente y ha provocado la inestabilidad en todo el país y la violencia sistemática contra las mujeres. En este contexto, los yacimientos ilegales de minerales son “el combustible que aviva la llama de las tensiones locales y regionales”, según  Sasha Lezhnev, investigadora de la  Organización de Lucha contra el Genocidio y Crímenes contra la Humanidad, Enough. Esto implica que la comunidad internacional, las multinacionales y en última instancia, los consumidores, de manera involuntaria, alimentamos maquinaria de guerra, pero ¿hasta qué punto la conciencia social y empresarial sobre este asunto es determinante en el rumbo del conflicto? ¿Resulta ingenuo creer que el cambio está en nuestros hábitos de consumo?

Las opiniones son diversas, para  Iñigo Macias, Profesor del Instituto de Estudios Internacionales de Barcelona, “considerar que la causa principal es la exportación de minerales es un diagnóstico simplista”. De acuerdo con Macias, a la hora de tratar este tema ante la opinión pública hay que abordar también otros muchos factores, que a veces pasan desapercibidos: “la realidad del conflicto radica en factores como la fragilidad del Estado, la necesidad de una reforma del sector de seguridad, la corrupción, las diferencias étnicas, o el  papel de actores regionales como Ruanda, Burundi y Uganda”. El analista cree que “sería más importante centrar la atención mediática en las condiciones laborales de esos trabajadores”. Según ha documentado el Banco Mundial el salario medio de los trabajadores mineros fluctúa entre uno y cinco dólares al día. Muchos de ellos son  niños de entre 10 y 16 años, que trabajan en condiciones de semiesclavitud.

El poder de los consumidores

Las organizaciones no gubernamentales coinciden en que se trata sólo de la punta del iceberg. Pero derribarlo parece un comienzo importante. Tim Harlow, portavoz de Congo Calling, uno de los principales grupos activistas a favor de la regulación de minerales, lo deja muy claro: “nadie está sugiriendo que los minerales  en conflicto sean  la única fuente de violencia o que la aceptación universal  de utilizar minerales libres de conflicto detendrá la guerra en la República Democrática del Congo, pero es una acción real y concreta para reducir la magnitud de los daños”. Según ellos, si demandamos comercio justo a la hora de elegir el café o al mirar la etiqueta de nuestras camisetas, también podemos hacerlo con la tecnología. “La sociedad no es consciente del poder que tiene tanto colectivamente como individualmente para impulsar grandes cambios”, afirma Harlow.

Normativa internacional ¿ayuda o debilita?

Tan importante es que la sociedad sea consciente de su papel como la voluntad política. “Es fundamental una regulación transparente para evitar que los grupos armados se lucren de los recursos naturales y que reviertan los beneficios provocando una perpetuación de esta maquinaria de guerra”, recalca Josep María Rojo, Investigador del Programa de Conflictos y Construcción de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona. La Ley de Protección al Consumidor y Reforma de Wall Street Dodd-Frank, trabaja desde hace 4 años en ello. No sin detractores. Parte de la norma, la Sección 1502, trata sobre la responsabilidad corporativa fuera del territorio del  país en la compra de minerales de conflicto. Esta norma requiere que el listado de compañías americanas identificadas que utilizan tantalio, estaño, oro o tungsteno en sus productos o procesos de manufacturación rastreen el origen de sus minerales y determinen si vienen de RDC o de sus nueve países vecinos: Angola, Burundi, Congo-Brazzaville, República Centroafricana, Ruanda, Sudán del Sur, Tanzania, Uganda y Zambia.

Muchos consideran que será extremadamente complicado rastrear el origen de los minerales y, lo que es más importante, que tendrá repercusiones negativas sobre los mineros, que perderán sus trabajos. Desde Enough responden: “Si en otras industrias se requieren controles de calidad por razones de salud y seguridad, si existen estándares para eliminar, por ejemplo, la pintura con plomo, o los elementos cancerígenos de los alimentos, ¿por qué esto es diferente?” Con respecto a los trabajadores, afirman que favorecerá a los pequeños mineros, para Lezhnev, “una cadena de suministro legítima abriría el sector privado en el país a los operadores responsables y mejoraría los medios de vida de los mineros artesanales”.

También la Unión Europea ha tomado medidas. Pero la propuesta lanzada a principios de marzo no parece que termine de convencer, dado que no obliga a las empresas a informar a la UE de sus cadenas de extracción y distribución, sino que establece que lo hagan de manera voluntaria, afectando a un número limitado de empresas.

Dentro del gobierno de Joseph Kabila las leyes han sido bienvenidas. En mayo de 2012 dos operadores chinos que operaban en el norte de Kivu (TTT Mining y Huaying Trading Company) tuvieron que suspender su actividad por no cumplir con los estandartes mínimos y por la sospecha de que estuvieran abasteciéndose de áreas bajo el control de los grupos armados.

¿Y las grandes multinacionales?

Lo importante de estas normas “es la presión que puede ejercer sobre las grandes teleoperadoras y empresas informáticas, que hasta ahora hacían oídos sordos” afirma Rojo. La presión viene también de asociaciones como Global Witness, que  ha puesto  la cara colorada a más de una. En 2009 abrió la veda publicando el controvertido informe “Amenazado con un arma, ¿qué puedes hacer?” en el que acusaba de beneficiarse del comercio ilegal a 200 empresas. Y ya se sabe, si no puedes con el enemigo, alíate a él. Así, Intel ha iniciado una campaña a escala mundial sobre los minerales libres de conflicto. Y ha anunciado que todos los microprocesadores de la marca que se manufacturen a partir de 2014 serán “libres de conflicto”. Su programa de Responsabilidad Social Corporativa les sitúa como líderes en el nuevo mercado de tecnología justa.

También lo ha hecho recientemente el gigante Apple. La compañía acaba de publicar una lista en la que muestra cuales de sus proveedores están completamente limpios (un total de 59), los que se han comprometido a comprobar de donde proceden sus minerales a través de una auditoria externa (23 compañías) y, la lista más larga, 104 empresas, que no saben/no contestan. En una entrevista con el Financial Times, el vicepresidente de operaciones de la compañía Jeff Williams explicó por qué no negocian sólo con las que se han identificado libre de conflictos: “a decir verdad, si hiciéramos eso, pondríamos la marca sin conflictos en nuestra bandera, pero no haría nada para afectar a los trabajadores sobre el terreno”.

Hewlett-Packard y Motorola están trabajando también para reformar las cadenas de suministro internacional. La influencia es tal, que según afirman desde Congo Calling “la competición ha empezado” y pronto posiblemente lo veamos en compañías que “no pueden quedarse rezagadas en este asunto”.  Ante esta declaración de intenciones, cabe esperar si se trata de herramientas de marketing o si realmente algo está cambiando.

*Cristina Belda (@belda_font) es licenciada en periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Interesada en la información internacional, ha pasado por el Real Instituto Elcano, el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales y Canal Plus. Actualmente colabora en The Huffington Post y es editora de la página web formativa Qué Aprendemos Hoy.


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