Una infancia en México sin huella [ecológica]

En el año 2010, una mujer decidió construir un recinto en medio de la espesura de un bosque en el estado de Veracruz, México. Las nueve familias del pueblito vecino se sorprendieron al descubrir que ese espacio era una escuela y que esa mujer era una maestra poniendo en marcha un proyecto ambicioso: la primera escuela ecológica de esta parte de la galaxia: un cajón de madera de 72 metros cuadrados, tres mesas, dos ventanas y un patio infinito. ¿Puede un grupo de 30 niños que reciclan miles de litros de agua, empezar a cambiar el rumbo del planeta?

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Por Fabricio Cerna Salazar.* / Con la colaboración de Laura Ramos Luna

Veracruz, MÉXICO// Las madres de familia de estos niños guardan varios secretos que no pueden ser revelados si la premura no es real: ‘rómpase en caso de emergencia’. Cuando los hijos de Valeria Urgel pierden el control en su hogar, la advertencia llega con un tono utópico que lapida las travesuras infantiles:

            —Si te sigues portando mal —amenaza la señora—, mañana no vas a la escuela.

Ello lo confirma la sonrisa sostenida en el rostro de cada chamaquito, bajo un sol abrasador, en esta escuela sin barda que demarque un límite, y donde el patio es la inmensidad de la naturaleza.

Los más de 35 grados de sensación térmica no se perciben en el interior de este aula hexagonal del segundo piso. Tal vez sea por el viento que entra por la puerta, el soplo que pasa entre las hojas de los árboles que se observan por sus tres amplias ventanas o la frescura que se cuela en el espacio creado entre el cemento de las paredes y los troncos incrustados en ellas como adorno. Son las últimas horas de clase en la Escuela Ecológica “Xóchitl Adela Osorio Martínez”, pero este aula de techo alto se encuentra vacío.

Frente al edificio, a unos 65 pasos, los alumnos terminan su comida, recogen sus platos, agradecen a Reyna por el potaje del día y limpian su comedor que se convertirá en pocos minutos en un aula de clases más. Noemí Ortiz Méndez, directora del plantel, de pie en medio del patio, hace un llamado y una treintena de chiquillos aparecen de hasta debajo de las piedras para tomar su lugar en la exposición que realizarán para unos visitantes.

Llegar hasta aquí puede ser un viaje azaroso si es que la suerte no acompaña. Hay que partir desde Xalapa-Enríquez, capital del estado de Veracruz y viajar poco más de ciento veinte kilómetros al sur hasta la localidad de Tlaxopa, un pueblo perdido entre la maleza, quince minutos antes de la ciudad de Huatusco. La única vía de tierra o barro que conduce a la escuela, pone a prueba a los autos mientras el chófer se ejercita en sortear el paso de gallinas, patos y becerros extraviados.

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Tras el puñado de nueve casas de Tlaxopa, se descubre una especie de cabaña de bambú de una planta donde los niños dejaron en reposo, sobre las mesas, un portarretrato hecho con papel reciclado para el día de la madre. El área total donde se levanta “Xóchitl” es de unos mil seiscientos metros cuadrados, donados por un vecino quien creyó en el proyecto.

—Era un sueño que parecía irrealizable —confiesa la directora—. Primero estuvimos en un cuartito a la entrada del pueblo hasta que un vecino decidió arriesgar por los niños y nos donó este terreno. La verdad es que no es fácil que alguien confíe en esto —reflexiona Ortiz Méndez—, pero él lo vio a futuro: «éste puede ser un lugar desde donde se empiecen a hacer las cosas de manera diferente».

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Una escuela ecológica sin proyectos ambientalistas es como un zahorí en busca de agua subterránea sin sus varillas de radiestesia. Detrás de una malla metálica, Alexis, Marcos y Axel trabajan la tierra de una de las miniparcelas del huerto orgánico creado junto al comedor-aula. Sembramos lavanda, ruda, vaporub, salvia, menta, ajenjo, árnica y hacemos tés orgánicos. Además, cultivan desde acelgas hasta rábano, zanahoria, lechuga, espinaca, albahaca: la cosecha habitual, asegura que los niños vean estos productos brotar de la naturaleza y gracias a la magia de una mujer, puedan llevárselo a la boca: “Doña Rey, mi adorable ‘cosinera’, I love you”; “Usted brilla doña Rey, la quiero mucho”; “La quiero mamá Reyna, su comida es la mejor”, dicen las notas de agradecimiento, que le esconden bajo los platos a Reyna Solabad, madre de familia de un alumno y orgullosa cocinera de mis niños.

Es una mañana cualquiera de los primeros días del mes de mayo. En una de las esquinas de la cocina, el calendario con el menú mensual revela que sólo dos días de treinta, los niños consumirán carnes rojas: “crema de chayote, huevos en salsa de cilantro”; “sopa de alubias, pastel de arroz, queso y nuez”; “crema de zanahoria, rollitos de col” acompañado de fruta, jugo o infusión.

—Todo ha significado un cambio en el estilo de vida y en la actitud misma de mi hijo —comenta, Claudia Rivera—. Siento que ahora él se pregunta la procedencia de un producto cuando lo ve en el super y quiere saber más.  Lo más increíble —agrega sorprendida—, es que me diga que desea venir a la escuela a regularización cuando no la necesita. Quiere estar más con sus maestras que en casa.

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La escuela primaria pública Xóchitl A. Osorio Martínez se fundó en abril del año 2010 con doce estudiantes. Desde aquellos días, hasta hoy, Noemí Ortiz Méndez, es la única maestra respaldada por la Secretaría de Educación Pública (SEP) para atender a los treinta y tres alumnos que ahora estudian en ella. Sin embargo, los talleres de herbolaria, cultura, inglés, agroecología y música, son impartidos por un grupo de docentes que reciben diez pesos por cada niño, unos setenta y siete centavos de dólar americano a la semana.

Cuatro estados de México, que vistos en un mapa, parecen encontrarse alienados, llevan a cabo proyectos de escuelas ecológicas similares a este: Colima, Michoacán, Tlaxcala y Veracruz, apuestan por este sueño sin mayor apoyo que el de los padres de familia, asociaciones civiles y sin respaldo del gobierno.

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 ”Un bote compostero es un cajón donde diariamente depositamos cascaras de huevo, naranja, limón. Se le pone desechos orgánicos, tierra, hojarasca, tierra otra vez, pasto verde y agua. Para saber si el compostero funciona correctamente, se puede clavar un machete por un día y verificar su temperatura. Si es tibio o caliente, el trabajo ha sido bien hecho”, aleccionan María Isabel, Jesús y Daniela; la espera es por tres meses para que el producto sea usado como abono.

En la parte posterior izquierda del terreno, un techo a dos aguas protege una especie de pozo que a simple vista, parece el complemento de un lavadero de un patio cualquiera. “Nosotros no gastamos agua porque usamos ésta que es de la lluvia, baja por unos canales desde el techo del salón y llena este tambo. Marlén y Adolfo se afianzan en aclarar el aprovechamiento del líquido. Son cuatro mil litros de agua los que entran aquí y que usamos solo para lavarnos las manos, aseo de la escuela o regar el biohuerto”.

Noemí Ortiz Méndez, impulsora y directora, blusa color rosa y pantalón oscuro, se despide de los alumnos que ya se retiran cerca de las cuatro de la tarde. Sus cejas vivarachas se mueven traviesas cuando conversa sobre este sueño, bajo un cabello entrecano desordenado y sobre una sonrisa natural. Antes de decidir levantar la escuela ecológica, formó parte de una red ambientalista por más de doce años. Hoy, sus zapatos negros lucen empolvados, prueba de su andar en el diario trajín junto a los alumnos. “A veces, por la falta de recurso, siento que vamos dando palos de ciego al proyecto —dice algo resignada la soñadora—. Haces una escuela para los niños que a ti te hubiera gustado tener, en el campo, al aire libre y que podría cambiarles la vida”.

El sistema educativo de una escuela ecológica, no varía mucho del tradicional. Lo que la hace diferente es buscar tiempo para integrar materias no regulares que aporten en la formación de una conciencia ecológica desde temprana edad. La maestra reconoce que la intención es acercarse un poco a la pedagogía alternativa alemana Waldorf donde la música, la pintura y el teatro juegan un papel crucial en la educación: “cuando creces bajo un concepto educativo distinto, tienes otra perspectiva de ciertos puntos como la discriminación y los estratos sociales —dice desde Perú, la publicista Ainhoa Aramburu, ex alumna Waldorf—; creces en un ambiente que te hace más sensible con el mundo y menos abusivo con el prójimo”.

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¿Saben cuánta agua gastan todas las personas de su casa cada vez que jalan la cadena de la cajita del inodoro solo en un día? Es muchísima, por eso nosotros utilizamos baño seco”. La orina y excremento de los alumnos de “Xóchitl” se acumula en un recipiente bajo un inodoro de barro color verde. Cada vez que ocupan el baño, cuenta Marlén, vierten además un balde de aserrín y en determinado tiempo, un padre de familia lo retira. “Esto se convierte en un abono muy bueno para los árboles del monte”, apunta.

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La escuela ecológica sobrevive gracias al esfuerzo de los actores involucrados. Para ello se han implementado una serie de talleres que imparten los mismo padres al público en general a un costo muy bajo: mecánica para principiantes, herbolaria, cocina, manualidades mandalicas, energías alternativas en la vida diaria y energía solar básica.

Este salón y el de arriba, fueron hechos por el apoyo de una fundación de Canadá que nos ayudó”, el pequeño Carlos culmina su exposición en el aula de clases, en donde nos quedamos en compañía de la directora. “La luz de los salones llega por los paneles solares que tenemos encima del baño y nos da energía solar”, explica.

Sin embargo, la maestra despierta del sueño, habla de la realidad y el futuro de esta escuela ecológica.

“Ya nos hemos dado cuenta que el gobierno no va a hacer más por nuestra escuela. Nos han dicho que no nos van a mandar otro maestro si es que no incrementamos la matrícula, pero aunque quisiera no tenemos espacio —se cuestiona Ortiz Méndez, con un gesto inexpresivo—. Me da mucha pena esto —continúa la directora del sueño—, pero desde el otro año solo serán veinte niños. Es una lástima por los que se están formando aquí o los que pueden venir y aprender tantas cosas diferentes”, dice frustrada.

En el patio, uno de los últimos en irse esta tarde es Adolfo Rodríguez Cantón, un estudiante de nueve años que corre despreocupado, protegido bajo su gorra.

            —Cuéntame, ¿te gusta tu escuela? —pregunto.

          —Sí, me gusta mucho porque en mi anterior escuela de Huatusco todo el día estábamos con un solo libro —dice Adolfo, quien llegó hace un año y que podría ser uno de los últimos por la falta de apoyo—. Yo quiero tener en mi casa un huerto o un baño como éste porque me han enseñado que así es como cuidamos el medio ambiente y no quiero dejar de hacerlo.

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* Fabricio Cerna Salazar en Twitter @facesapijoapart es un periodista peruano con horas extra de lectura sobre la coyuntura de Latinoamérica. Es egresado de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas (UPC) de la carrera de Comunicación y Periodismo. Se ha desempeñado como reportero en El Comercio de Lima, Perú y en El Mundo del estado de Veracruz, México. La capacidad de sorpresa es el ingrediente para unas buenas papas a la francesa, pero no el secreto de una historia crujiente. #PeriodismoGourmet. (www.facesa.wordpress.com)


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