Ayuda Humanitaria de sirio a sirio

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Nada más cruzar la puerta se ven un montón de cajas acumuladas en una esquina. Es un sótano pequeño, lóbrego incluso, en el barrio madrileño de Vicálvaro. Allí, tras una puerta metálica verde, es donde la Unión de Sirios en el Extranjero-Sección España ha establecido su base. Allí, junto a las paredes decoradas con su logo y fotos de refugiados, almacenan la ayuda humanitaria, la que apilan y enviarán a la población siria. Hay ropa, comida no perecedera y utensilios que ayudarán a sus compatriotas, tanto a los que siguen en Siria como a los que han huido y ahora viven en campos de refugiados de Turquía, Líbano o Jordania.

En otra esquina, mucho más iluminada aunque envuelta en humo, hay una mesa repleta de pequeñas banderas de Siria, revistas y CDs. En torno a ella se sientan una noche de mitad de octubre Nasser, Yamil, Shakir y Zoheir, miembros de la Unión y residentes en España. “Enviamos un contenedor en cuanto se llena”, afirma Nasser Oumer, hispano-sirio y presidente de la organización. Shakir detalla el funcionamiento: “Yo, por ejemplo, tengo una tienda en la que pongo un papel que solicita ayuda y todo el mundo lo lee. Cuando lleno mi furgoneta lo traigo todo. Nos están ayudando vecinos y familiares. Llevo 15 años aquí y hay amistad con los clientes”.

Excepto Nasser, que nació en España, todos son sirios que llegaron hace tiempo y ahora están volcados en ayudar a la población de su país. Desde Madrid mandan contenedores cargados a la delegación de la asociación en Turquía y allí se encargan de distribuirlos. “En el último contenedor mandamos equipos médicos a un hospital que hemos construido en la periferia de Alepo y ahí sí que han ido varios componentes de la delegación española para supervisar la entrega”, explica Nasser.

No obstante, Yamil duda de la eficacia de las ayudas. “Hemos mandado ayuda a Siria. Pero, ¿cómo se reparte en un pueblo con 50.000 refugiados?. No toca nada a nadie, muy poquito”. Además, se afana en ilustrar que el problema de la población siria no es sólo la propia guerra, sino también sus consecuencias. “Las armas químicas matan, pero hay gente que se está muriendo de hambre. Mis tíos, por ejemplo, son ricos y ahora no tienen para comer”.

El Observatorio Sirio de Derechos Humanos avala los efectos devastadores de la guerra. En diciembre este organismo elevó a más de 125.000 los muertos en el conflicto, de los cuales 44.381 eran civiles y 6.625 eran menores de edad. A estas bajas hay que sumar además los más de dos millones de refugiados que han abandonado el país, según informó en septiembre ACNUR.

Ayuda Humanitaria en contenedores

Shakir viajó en septiembre a Alepo, donde tiene familia, a entregar un contenedor de ayuda. Describe una ciudad arruinada. “En mi calle hay dos mezquitas muy famosas que están en el suelo”. Tres personas de su familia han muerto y asegura que en una de las calles más anchas de su barrio están enterradas “miles de personas”. “No existen los cementerios, entierran a 15 o 20 personas a la vez en cualquier hueco”.

No va a una ciudad cualquiera. Alepo ha sido una de las que más ha sufrido los ataques del régimen. En los últimos compases del año sólo en esta ciudad han muerto 400 personas en 10 días de bombardeos. Actualmente está dividida en dos. “Sólo se puede pasar de una zona a otra por una calle. Cuando la quieren cerrar, el Gobierno mata a tres o cuatro. Lo humano ya no vale nada”, se lamenta Shakir.

Yamil lleva 16 años en España y actualmente regenta una tienda de ropa. Se expresa con un español casi perfecto y luce la bandera de Siria en la carcasa de su móvil. Allí todavía tiene familia, primos y tíos. “Mi primo dice que se puede morir en cualquier momento. Tenemos muchos amigos, y algunos han muerto el día después de haber hablado con ellos”, subraya.

Zoheir ronda los 60 años y es el mayor del grupo. Habla con aplomo, seguro de sus palabras; todos callan y le escuchan. Durante la conversación fuma, con boquilla, eso sí. Llegó a España durante los años sesenta, al igual que otros compatriotas universitarios que vinieron a ampliar su formación. “Vamos a luchar hasta conseguir la libertad y la democracia. O morimos o quitamos al dictador”, afirma rotundamente, aunque luego admite: “Nueve de mis sobrinos han muerto, pero no puedes hacer nada”.

Al hablar sobre el inicio de la revolución, Zoheir recuerda que Bachar Al-Asad respondió a las protestas pacíficas con tanques, “disparando y matando”. “Y mientras el mundo mirándonos, sin hacer nada”. Asimismo, destaca la gran acogida de esas primeras manifestaciones: “El primer viernes ya eran 4 millones de personas en las calles, en un país que sólo tiene 23 millones de habitantes”.

Después de casi tres años de enfrentamientos, el conflicto ha derivado en una realidad muy distinta a la que imperaba en su comienzo. “Ahora estamos en dos guerras. Una contra los fanáticos y otra contra el Gobierno”, sentencia el propio Zoheir. Nasser explica, por ejemplo, que los periodistas secuestrados en Siria, como los españoles Marc Marginedas, Javier Espinosa y Ricardo García Vilanova, están retenidos por grupos islamistas que “no tienen nada que ver ni con la revolución ni con el Ejército Libre Sirio (ELS)”. Ante este giro, potencias como Estados Unidos y Reino Unido, decidieron a mediados de diciembre retirar parte de la ayuda militar que enviaba a los “rebeldes” sirios.

En cualquier caso, las esperanzas de una pronta solución se desvanecen, también entre los sirios que viven en España. “El futuro de Siria hace tiempo que no está en manos de los sirios, es un papel internacional”, dice Zoheir. También Shakir muestra su pesimismo: “Claro que hay solución. Cuando todo el país esté en el suelo”.

“Cuando Estados Unidos amenazó con intervenir, el régimen caía. Con el primer misil, Asad sale del país”, explica Shakir. Y añade que Estados Unidos “no quiere eso”. “Quiere que no se utilicen las bombas químicas porque son una amenaza para Israel. La seguridad de Israel es lo más importante del mundo”.

La Siria que dejaron atrás

Los miembros de la Unión de Sirios dibujan una sonrisa cuando hablan del país en el que crecieron. Y todos ellos coinciden en una cosa: Siria era el único país del mundo en el que convivían multitud de religiones sin ningún problema de ningún tipo.

“En el cole de mi barrio de Alepo tenías un compañero cristiano, otro católico, otro ortodoxo, uno armenio, otro judío y otro kurdo en la misma clase. Así hemos vivido toda la vida. Un amigo español visitó Siria conmigo en 2004 o 2005 y se quedó asombrado por la diversidad”, asegura Yamil.

La cara oscura del país era la falta de libertades. “Vivíamos bien, trabajábamos bien…pero no teníamos libertad. Todo el mundo tenía miedo porque venía la policía secreta y no se podía hablar”, destaca Yamil.

Zoheir aprovecha entonces e interviene en la conversación: “Hace cinco años había que pintar las paredes del ayuntamiento de Damasco, pero los pintores no se atrevieron a quitar las fotos de Al-Asad que había en todas las habitaciones. Se quedaron puestas y se pintaron las paredes”, cuenta entre risas.

Yamil resume con pocas palabras sus sentimientos hacia sus propios orígenes y con respecto a la situación actual. “A mis hijos les cuento que era Siria cuando yo vivía allí. La convivencia, no hay un país igual en este tema. Pero eso nunca va a volver”.

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*Última Fila es una productora de reportajes “desde primera línea”: Su objetivo es contar historias en profundidad desde el lugar de la noticia. De momento andan en esta aventura Jose Carlos Sánchez Jover, Antonio Suárez-Bustamante y David Villafranca.

Los podéis encontrar en http://ultimafilareportajes.wordpress.com/inicio/ y en @ultimafilarep


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