El pescador sin mar

Moynaq

El mar de Aral. Qoraqalpoghiston, Uzbequistán. 2008. Fotografía: Arian Zwegers

El pescador sin mar

Tursunbai levanta sus ojos cansados. Los setenta y un años que arrugan su piel y sus recuerdos no le han eclipsado la certeza de regresar algún día. Todas las tardes se sienta junto a la puerta de su casa de madera, y entre añoranzas y algún que otro saludo a sus vecinos de siempre, se convence de que el destino le llevará de nuevo al mar. Cuando el hombre levanta la mirada, sabe que ese instante está llegando. Tres personas se le acercan. Con ellas, una nube de críos rompe con sus risas y gritos el silencio de aquel pueblo entristecido. Sólo en las fiestas anuales, o cuando llegaba algún extranjero, los pocos niños que quedaban se alteraban de semejante forma. Brincan alrededor de los periodistas, y con el atrevimiento que provoca la inocencia rozan con la punta de sus dedos los artilugios de televisión.

Tursunbai tenía trece años cuando subió por primera vez al barco de su padre. Recordaba nítidamente el día que se adentró en aquella inmensidad de aguas misteriosas. Desde la costa, el mar se veía hermoso y gigantesco. Adentrándose en él, uno se sentía diminuto, y la belleza de aquel lago se hacía más salvaje aún. Ese día, como casi siempre, la pesca fue abundante. “Si respetas el Aral, será tu aliado. Si no, te dará la espalda”, sentenció en cierta ocasión su padre.

Muinak era el nombre de aquel poblado karakalpako. Sus hombres, grandes y risueños, se dedicaban a la pesca y las mujeres a coser redes y a tener hijos. Sólo en una ocasión Tursunbai se alejó de Muinak. Era la época de la guerra. La noche en que la población fue al puerto a despedir a los combatientes, Tursunbai iba cargado de consignas antifascistas y deseos de que la ausencia fuera breve. Cuando regresó, dos años más tarde, y vio que en la costa agitaban banderas rojas y pañuelos se olvidó de las cicatrices y del frío. Muchos camaradas ya no regresarían. Era el tiempo de levantar la patria y consolar a las viudas. Fue entonces cuando conoció a Clara, la nueva maestra del pueblo. Ella había ido al puerto con todos los niños de la escuela para recibir a los héroes que habían salvado al país. Al mirarse a través de la multitud, él sintió un cosquilleo en las manos. Habían sido muchos meses de dolor y sacrificios. De pronto, el mundo le pareció más hermoso. La victoria era el rostro limpio y joven de aquella mujer. Ella, sin hacer caso al rubor que le subía por sus mejillas, adivinó que aquel hombre la desnudaba con sus ojos. Siete meses después se celebró la boda.

Cincuenta y un años más tarde, Tursunbai está sentado junto a la puerta de su casa. El viento no da tregua al polvo y a ese polvo que ha enterrado ya tantos barcos y tantos ideales. No se fija en la cámara de televisión, que le encuadra el rostro y le enfoca el pasado. Sólo sabe que esos tres visitantes vienen desde lejos, y en Uzbekistán, la llegada de huéspedes es motivo de sincera hospitalidad y del mejor recibimiento posible. Si lo que quieren es que les cuente su historia, con mucho gusto lo hará, pero antes hay que cenar. Esa noche sólo se hace un brindis. Levantan los vasos mojados en vodka y el viejo Tursunbai dice: “Mañana vamos al Mar de Aral. Ojalá no sea demasiado tarde”.

Los ojos se le humedecen recordando los tiempos de la buena pesca. Apenas salían del puerto, en pocas horas regresaban repletos de carpas y objetivos cumplidos.

Tursunbai y Clara tuvieron una hija, Baragul. La niña creció bella y silenciosa. En su mirada se dejaba ver la fuerza que le faltaba a su voz. En aquella zona de Oriente también las mujeres ocupaban un papel secundario, así que su silencio pasó desapercibido. Cuando a los catorce años estaban a punto de llevarla al médico de Nukus, de pronto les dijo: “No se preocupen porque hable poco. Preocúpense más porque otros hablen demasiado y nos mientan. El mar se está yendo”.

Era la década de los sesenta y el mar retrocedía. En un principio apenas se apreciaba, pero en unos meses resultaba evidente. Y así llegó el día en que sonó la alarma. El mar se encogía y los primeros barcos pesqueros agonizaban en una orilla sedienta. Entonces, entre la congoja y la sorpresa, todo el pueblo de Muinak comenzó a cavar en la arena; a construir desesperadamente una trinchera hasta ese mar que se alejaba. No podían morirse los barcos. Todo el pueblo participó en ese ritual de locura colectiva. Todos menos Baragul, que observaba desde una loma. Cuando Clara reclamó su participación, la muchacha respondió: “Es inútil, madre. El mar se va más rápido”. Nadie le discutió. Poco a poco, todos fueron abandonando la titánica tarea. Cabizbajos, derrotados, cada uno regreso a su casa.

Tursunbai soñaba con tener un nieto. Siempre le habían gustado los niños. Sin embargo, cada vez había menos en Muinak. Muchos no llegaban a nacer. Otros morían con pocos meses. Con la huida del Aral, la maldición de la muerte en forma de sal y veneno pesaba sobre el pueblo. Una noche, Baragul anunció a su padre: “Voy a tener un hijo. Él te acompañará hasta la orilla”.

Y llegó aquella tarde dolorosa. El viejo barco pesquero rozaba con su barriga el fondo. Los motores protestaban rugiendo con el esfuerzo que Tursunbai les exigía para salir de la trampa arenosa. A pesar del frío, el sudor empapaba a aquellos hombres empeñados en que el pesquero no se detuviera. Resultó imposible seguir. A Tursunbai le invadió la desolación. La rabia se fundió con la impotencia y las lágrimas. ¿Qué hacía su barco en el desierto? ¿Cómo pescar esturiones en la arena? A lo que habían consagrado la vida sus antepasados dejaba de tener sentido. El mar se estaba muriendo. Con la garganta atravesada por alfileres, el veterano pescador recordaba las palabras de su padre. ¿Quién era el que no había respetado el mar? ¿Quién lo estaba asesinando? Y maldijo planes quinquenales y regadíos, y maldijo hasta desgañitarse. Y levantó los puños, y ahogado en la desolación lanzó un grito gigante de dolor. Y el grito recorrió el desierto y levantó el vuelo de los pájaros y se fundió en el aire con el llanto de un bebé que en ese momento nacía al mundo y al que pondrían más tarde el nombre de Orazbai.

El helicóptero aterriza a más de un kilómetro de la orilla. Tursunbai y su nieto Orazbai caminan agarrados de la mano. El frío aprieta y la arena vuela con furia empujada por el viento eterno del desierto helado. Las finas ranuras que el viejo tiene en los ojos tratan de avistar el mar invisible. Sus pies comienzan a pisar arena húmeda, y ante el rostro de Orazbai comienza a dibujarse un horizonte azulado. La tierra cambia de color. Los pies se hunden en una orilla sin olas. Orazbai suelta la mano de su abuelo y se agacha para tocar ese descubrimiento, esa mezcla de arena y agua salada.

Tursunbai deja a su nieto atrás. Sigue caminando. Ese no es el mar que él había conocido. Un mar que no brama no es mar. Un mar sin peces, sin vida, sin olas es un mar agonizante, una mentira. Y sigue buscando el mar en ese mar que no existe mientras el agua sube por sus rodillas. Ahí no podía haber barcos, ni vida, ni pesca. Y sin mirar atrás, con el agua por la cintura, Tursunbai sigue caminando… Tiene que llegar hasta el mar de su recuerdo.


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Sobre Karlos Ordóñez Ferrer

Ha trabajado doce años como realizador de televisión y ha colaborado con Amnistía Internacional. Actualmente trabaja en Mugak (Centro de Documentación de SOS Racismo) y es especialista en Información Internacional y Países del Sur. Ha vivido en El Salvador, Estados Unidos, Ecuador, Uruguay y Mozambique. Escribe libros de relatos y tiene un hijo y una hija (que le hacen feliz). Los árboles los usa para subirse a ellos y mirar lejos.