Los faraones de esta era

Akhenaton 

 

Por Mahmoud Yacoub*. 

Siempre fue y ha sido la religión una de las características claves que forman la personalidad y la cultura árabe. Eso debido a que la zona árabe fue la cuna del judaísmo, el cristianismo y el islam. La religión tiene su posición particular en la cultura de estos pueblos, especialmente en las conciencias de las personas más humildes.

Desde los albores de su historia, la religión se atrinchera en los corazones de los egipcios y está arraigada en sus conciencias; razón por la cual los antiguos egipcios fueron los primeros en realizar el Tawhid, es decir, afirmar que Dios es único, y no un collage de dioses, cuando aparece en este país el culto a Atón y la primera religión monoteísta bajo el reinado de Akhenaton.

El faraón, como autoridad del país, gobernaba amparándose en un poder superior y divino que le otorgaba la supremacía para hacer cumplir su voluntad. Además, dicho poder derivaba en su familia y descendientes porque era el hijo del Dios. Nadie se atrevía a cuestionarle. De lo contrario, la maldición y la indignación del Dios recaería sobre él.

Aunque esto parezca muy lejano, el Egipto actual guarda, salvando las distancias, ciertas similitudes con aquellos días. En nombre de una religión manipulada para sus propios intereses, los líderes siguen atropellando los derechos del pueblo, con el beneplácito de unos simpatizantes que lo ven todo justificado por el paraguas de la religión. Creen y quieren imponer a los que proclaman y representan el ‘verdadero islam’ y acaparan el entendemiento de su concepto como si fueran enviados por Alá, en un intento por parecer que ellos nunca cometen errores ni pecados.

Estos faraones no son tan lejanos de quienes utilizaban la religión para conseguir sus intereses personales y sus ganancias mundanas. En Egipto, hoy en día, aterrorizan a la gente si se piensa diferente; si dices “No” a sus leyes, como las enmiendas constitucionales de 2012, te amenazan con ir al infierno por ello. Si, en cambio, les sigues, ya tienes sitio en el paraíso. Así son musulmanes verdaderos, como si tuvieran las llaves del paraíso y el infierno.

Tampoco me extraña que digan que fueron ellos los primeros que participaron en la revolución del 25 de enero, aunque el guía espiritual de este grupo declaraba en una entrevista que ¨Mubarak es el padre de todos los egipcios¨.

Las mentiras, junto a las manipulaciones, siguieron durante dos años y medio, comenzando con aquella de que no iban a presentar ningún candidato en las elecciones presidenciales de 2012, haciendo lo contrario cuando se abrió el proceso. Además, cuando Jairat El Chater, vicepresidente del guía supremo de la Hermandad Musulmana, anunció que accedería a la carrera presidencial y el comité presidencial lo impidió por tener una causa judicial, los Hermanos decidieron presentarse con un candidato ‘marioneta’ que terminó ganando: Mohamed Morsi.

Muchos se equivocan al analizar la escena política en Egipto cuando intentan atribuir la revolución masiva y multitudinaria que tuvo lugar el 30 de junio a un golpe de Estado. Con el pretexto de que Mursi llegó a través unas elecciones aparentamente democráticas cierran los ojos a que no fueron libres, es decir, Mursi no fue la primera opción del pueblo egipcio, ya que las elecciones de 2012 se celebraron en dos rondas, y los candidatos revolucionarios no se unieron para presentar a cierto candidato que, de haberlo hecho, otro gallo habría cantado.

De los votos divididos y la falta de organización de los candidatos revolucionarios, resultó que los únicos beneficiados fueron los que estaban en la segunda ronda: Ahmed Shafik, símbolo de la era Mubarak, y Mohamed Mursi, la herramienta de los Hermanos Musulmanes para entrar a la presidencia. Además, lo que mucha gente desconoce es que Mursi y su grupo amenazaron con quemar el país y montar un caos en caso de que no les declararan ganadores en las presidenciales. He aquí unos datos cruciales sobre los votos que logró Mursi y los candidatos más cercanos a él en las dos rondas de las elecciones:

  • Primera vuelta:

Mursi logró 5.764.952 votos (24,4%), mientras que Shafik, último primer ministro de la era del presidente Hosni Mubarak (1981-2011), se colocó a escasa distancia con 5.505.327 sufragios (23,3%).

En tercer puesto, se situó el naserista Hamdin Sabahi, la gran sorpresa de las elecciones, que obtuvo 4.820.10 votos (casi el 20,4%).

El disidente de la cofradía Abdel Moneem Aboul Fotoh alcanzó la cuarta posición, con 4.239.65 votos.

En quinto lugar quedó el izquierdista Jaled Ali, que logró 134.65 votos.

  • Segunda vuelta:

El juez encargado del comité supremo de las elecciones presidenciales, Farouk Sultan, anunció que Mursi aglutinó 13.230.131 votos en la segunda vuelta, mientras que Shafik logró un total de 12.347.380.

Así, se darán cuenta de que Mursi subió más de seis millones de votos con respecto a la primera ronda, un aumento que se interpreta por el temor a revivir el Estado de Mubarak con Shafik en el poder. Por otro lado, hay que tener en cuenta que cerca de un millón de electores vio sus votos anulados sin razón aparente. Muchos se dieron cuenta de que Mursi y Shafik son lo mismo: uno es símbolo del Estado de corrupción; el otro, del fascismo religioso.

Por eso, reitero y recuerdo que la legitimidad no es la de las urnas, sino la de un pueblo que tiene el derecho de derrocar a cualquier presidente que no cumpla con sus promesas y no respete una serie de derechos y deberes inherentes a la democracia. Ésta no es una carrera de votos, sino una serie de derechos que el cabeza de Estado debe ser el primero en cumplir.

En el primer discurso de Mursi a la nación, tras su llegada al poder el 30 de junio de 2012, habló de ¨mi familia y mi tribu¨, refiriéndose a la Hermandad. Con ello, demostraba que estaba lejos de ser el presidente de todos los egipcios. Otra prueba sería el decretazo faraónico emitido el 22 de noviembre de ese año, por el que se otorgó poderes amplios, como que sus decisiones no pudieran ser impugnadas por ninguna corte, sustituir al fiscal por otro sin consultar al aparato judicial, supuestamente, que es el que nombra al fiscal general de Egipto.

Las consecuencias de este decretazo han sido muy desastrosas, pues se liberó a símbolos corruptos del Estado de Mubarak, pero por encima de todo, provocó enfrentamientos entre los detractores y los partidarios del decretazo.

La polarización política continuó durante todo su mandato. El presidente demostraba su incapacidad en discursos delirantes, carentes de coherencia, lo que fue campo abonado para chistes y caricaturas, ya que esos discursos demostraban cada vez más que era una herramienta movida por un grupo. El presidente se ridiculizaba y ridiculizaba a la Nación, demostrando estar lejos de ser el presidente de un país clave en la región y el mundo.

Tampoco fue capaz de mejorar las condiciones de la convivencia, ni mostró ningún gesto por el desarrollo del país. Tanto Mubarak como Mursi han probado el fracaso, después de que el pueblo se diese por enterado de que ellos no son más que traficantes de la religión, que se aprovechaban de la pobreza y el analfabetismo en que se encuentra buena parte del país.

Estos son los faraones de esta era. Cada época tiene los suyos, regidos por los mismos intereses: dominar los cerebros del pueblo y garantizar su propia supervivencia, y es la religión, con su influencia e importancia, la mejor herramienta para ello.

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*Mahmoud Yacoub es estudiante de Filología Hispánica en la Universidad de Ain Shams.


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