40 años del golpe militar

allende

Ilustración: www.elotroonce.tumblr.com

Por Carolina Alvarado Feldman*

Santiago de Chile/ México D.F//Había pasado un año y estaba sentada en el renombrado Café Brasil. Humo de cigarro y vapores de todo tipo; de personas, de pisco sours (el aguardiente con jugo de limón), del canto latinoamericano que tanto había anhelado. Ya había vivido momentos parecidos o tal vez no, pero esto era lo que pulsaba en mis venas.

¡Bienvenida a Chile, bienvenida a América Latina compañera! escucho por un lado mientras me abrazan desde el otro lado. Había pasado un año exacto y ya podía ser ciudadana chilena. Eso sí, tenía que solicitarlo primero. Ya había cumplido mayoría de edad hace años y sólo necesitaba realizar los trámites indicados y hacer cola en el Registro Civil, pero en realidad no era “sólo un trámite”. Era un derecho que se me había quitado.

Siendo hija de una militante de las Juventudes Comunistas y de un miembro del Partido Socialista, chilenos, exiliados en los 70 y  nacida en Estocolmo, Suecia, como apátrida podía por primera vez optar a la ciudadanía chilena. ¿Iba a ser chilena o no?  El pasaporte, un papel ¿Me iba a transformar en chilena? ¿O ya era chilena? ¿Qué significaba todo esto?

Sea como sea, sentía el calor humano a mi alrededor. Por fin estaba en casa, por fin pertenecía.

Unos años antes había tenido que elegir si quería ser ciudadana sueca o chilena. Había crecido sin nacionalidad hasta los dieciocho años y de repente podía elegir. Había viajado con un “documento de viaje” antes, y por todas partes me preguntaban y me revisaban.

Opté por el pasaporte sueco. Me convenía más. Había nacido en Suecia y ahí vivía por el momento. Pero no sin antes recibir una invitación por parte del gobierno sueco que me daba la bienvenida a Suecia junto a los inmigrantes recién llegados y con el himno sueco impreso por el otro lado para que pudiera memorizar la letra. No importaba que cada año, desde hace doce,  cantaba el himno a todo pulmón al fin de cada semestre escolar.

Tuve que jurarle a la bandera en el palacio municipal el día 6 de junio, fiesta nacional de Suecia, el mismo día que me gradué junto a mis compañeros del liceo y elegí pasar uno de los eventos más tradicionales junto a mi familia y mis amigos, como cualquier sueca.

Mis padres salieron de Chile y llegaron a Suecia en septiembre del 1977. Cuatro años después del golpe. Mi padre había pasado los últimos cuatro años en la cárcel donde también sufrió tortura. Mi madre, conociéndolo desde más joven, era su vecina, se enamoró de él mientras le iba a visitar a prisión. Se casaron un 25 julio (para conmemorar el asalto al cuartel Moncada en Cuba el 26 de julio, obviamente, lo tuvieron que ocultar).

Aterrizando en Suecia fueron trasladados a un centro de migración en el sur. Iban a pasar unos años más hasta que mi padre pudiera volver a su país. Tenía prohibida la entrada.

Estuvo trece años sin poder volver a pisar la tierra que le vio nacer.

En 1989 hice mi primer viaje a Chile. Pocos meses antes se había celebrado un plebiscito que iba a decidir si el dictador Augusto Pinochet Ugarte se iba a quedar en el poder o no. El Sí era para que se quedara, el No para que se fuera. Ganó un rotundo No.

Mis amigos, que me llevaban unos años más, me habían dicho que habían escuchado de otros amigos que al entrar de nuevo en Chile nuestros padres podían ser detenidos. No recuerdo si mi papá me dijo algo, si me dieron alguna explicación, si alguien me calmó antes, pero al llegar al aeropuerto y ver a los carabineros armados, me aterroricé. Sentí que pasaron horas. No sé muy bien cuánto tiempo pasó,  pero lo que sí sé, es que ese momento se me quedó grabado en la memoria. Nunca había visto un carabinero, un militar y mucho menos, un arma.

Salimos al mar de lágrimas pertenecientes a los familiares que nos esperaban. Trataba de tragar y no llorar. No sé si lo logré. No sé si logré contener el llanto. Mi papá era la figura central, sus hermanas y sus padres estaban esperándolo.

La impresión de cada detalle se quedó grabada en mi cabeza. El kétchup que no era kétchup -para una chica como yo que venía del llamado primer mundo- ver las fuentes de soda, comer un completo italiano, tomar Bilz y Pap era lo máximo. La moda de los primeros meses de apertura hacia la democracia, escuchar los dichos y las muletillas chilenas, bailar con mis primas y primos hasta tarde en Navidad o Año Nuevo… era como llegar a casa.

Ese mar, ese oscuro y frío mar…

Recorrer la Isla Negra donde un poeta llamado Pablo Neruda había muerto unos años antes. Después del golpe no pudo más con la tristeza y murió. Eso es lo que se dice.

Yo nací un noviembre, frío y quién sabe si lluvioso. En Suecia es invierno en noviembre. Por el contrario, es verano en Chile. Una hija del invierno, una hija del verano.

¿Hubiera importado nacer en Chile? ¿Volver a Chile era llegar a casa? No lo sé, pero lo que sí sé es que algo se me desgarró, algo se me desarraigó, y para sobrevivir a eso tuve que armarme de valor, rehacerme tal vez. Formarme, llegar a ser quien soy hoy. Sacar ventaja, verlo como algo positivo.

Todo esto forma parte de quién soy, me constituye. Algunos nacimos en el exilio, otras tenemos padres que fueron asesinados y desaparecidos, algunas tenemos padres presentes pero a la misma vez ausentes. No me gusta cómo suena, ¿Qué derecho tengo yo de mencionar el destino que nos tocó vivir, si yo fui afortunada de nacer dentro de un matrimonio que obtuvo la “Beca Pinochet” como algunos lo llaman? Más aun, habiendo nacido en Estocolmo, en una familia de clase media, con todas las oportunidades y privilegios casi casi servidos en la boca con cuchara de plata. Sé que es una controversia, y que ya se ha debatido mucho, demasiado. Pero ésta es mi historia.

Para mí, escuchar a Violeta Parra o a Víctor Jara, me hace llegar a un punto muy lejano, al mismo centro de mi ser. Lo tengo grabado en lo más íntimo de mis recuerdos.

Hoy, cuarenta años más tarde viajo en autobús, por otro país, México. Un país que recibió a muchos chilenos. Llueve, miro por la ventana y constato que estoy viva, que la vida sigue.  Hoy es 10 de septiembre de 2013. En unas horas será el 11 de septiembre. “Otro 11 de  septiembre”.

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*Carolina Alvarado Feldman es hija de represaliados de la dictadura chilena. Ha creado el proyecto http://elotroonce.tumblr.com/ en homenaje a la figura de Salvador Allende y contra la impunidad del golpe de estado de 1973.


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