Los hijos del reclusorio Santa Marta Acatitla

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Fotografía: Lucía Flores- SpleenJournal

Por Silvia Lee*.

MÉXICO// La pequeña de cuerpo frágil y cabello lacio voltea hacia lo que puede ser la primera cámara fotográfica que ha visto en sus cuatro años de vida. Sonríe. Muestra sus dientes diminutos y posa, como si supiera en automático que la cámara la enfocará a ella. Después corre y se para delante de un mural que tiene el sol de fondo. Nadie le ha dicho cómo ponerse para la foto, pero alza sus delgados brazos hacia el cielo e intenta no hacer muecas por el sol que ataca de frente. La acompaña su mamá, una joven que podría ser su hermana mayor, viste el riguroso uniforme azul de las presas que ya han sido sentenciadas en el reclusorio de Santa Martha Acatitla. Será la primera foto familiar, la primera foto que tienen juntas.

Es un viernes por la mañana, después de un mes y medio de trámites burocráticos y casi media hora de revisión. La fotógrafa y yo por fin estamos entregando nuestras identificaciones y permisos -firmados y sellados-  a la empleada que deberá aprobar el ingreso. Nos dicen que solo podremos pasar con una grabadora y una cámara fotográfica, inspeccionada a detalle, sobre todo que coincida con el modelo que presentamos semanas antes para la autorización.

Al entrar hay un sinfín de corredores, de laberintos grisáceos. En esos pasillos comienzan a aparecer las reclusas, en grupos pequeños de tres a cinco mujeres. Por unos momentos eso no se parece a las cárceles de las películas hollywoodenses, como American History X, las internas ríen entre ellas e intercambian miradas cómplices. Un poco más adentro hay un mural inmenso que nos da la bienvenida: decenas de pequeños relojes de arena fueron pintados con detallado esmero por las reclusas para adornar el perímetro del Centro de Desarrollo Infantil que se encuentra en el reclusorio. Dentro de este perímetro, delimitado por los murales, hay algunas mesas de cemento tachadas que llaman “Las Palapas”, a unos cuantos pasos hay una tiendita que en los días de calor, como hoy, vende helados, y detrás de ésta, hay un patio pequeño donde los niños pueden jugar en su tiempo libre.

Este viernes no hubo clases. Son pocos los niños que están jugando en el patio, fuera de las celdas de sus madres. Los pequeños juegan con unas pelotas tan grandes como ellos, están tan atentos que pasamos desapercibidas. Ninguno de ellos pasa de los seis años, esto es porque al cumplir los cinco años con once meses de edad, ya no podrán vivir dentro del reclusorio. Al llegar a esa etapa de su vida tendrán que ser trasladados, sacados de la prisión, donde en la mayoría de los casos han nacido. Obtienen su libertad fuera de las rejas, con sus madres aún tras las celdas.

Son 108 niños los que viven  en el reclusorio. Hasta el año 2010, de acuerdo con el informe: “La situación de las mujeres en reclusión” de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, por falta de datos oficiales se estimaba que existían 874 menores en reclusión en las diferentes cárceles de fuero común a lo largo del país. Todos estos niños comparten un común denominador: nacieron en prisión y no cometieron ningún delito. Sus madres, en cambio, cumplen condenas que en lo general, van de uno a diez años. En los reclusorios, hasta el año 2007, según el informe: “Cárceles en México” de Marcelo Bergman y Elena Azaola, los tres delitos más comunes de los presos en el país son: robo simple, robo con violencia y delitos contra la salud.

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Victoria se sienta en frente a una mesa de cemento que se encuentra en el patio del Centro de Desarrollo Infantil. Cruza los brazos. No tiene muchas ganas de hablar de su vida privada con una desconocida como yo. Sus párpados están pintados de un azul claro, que contrasta con su blusa color azul marino, le va bien ese color. El cabello corto y teñido de castaño claro le llega casi hasta los hombros. Tiene una mirada fuerte, muy fuerte, que se suaviza cuando en la charla menciona primera vez a su hija: Frida Alejandra.

No solo se le suaviza la mirada, sino que sus ojos comienzan a mirar hacia arriba y a lagrimear. Frida Alejandra es la niña más grande dentro del reclusorio, tiene cinco años y nueve meses, y en agosto deberá abandonar el lugar que ha sido su hogar durante su corta existencia. Es imposible hacer un juicio sobre si Frida Alejandra se ha beneficiado de crecer dentro de la cárcel junto a su madre y las demás internas con sus hijos. Pero, en lo que respecta a Victoria el tener a su hija junto a ella le ha rendido frutos: ha cambiado su comportamiento dentro del penal para bien, ya no cae en provocaciones, y ya le falta poco para terminar el bachiller, había entrado a prisión sin siquiera haber terminado la primaria.

Fue necesario que tuviera una hija estando en reclusión para que decidiera cambiar su manera de vivir. “Nunca creí tener un hijo en estando en reclusión” confiesa. El 60% de las internas que tienen a sus hijos dentro del reclusorio, se quedaron embarazadas estando presas, ya fuera durante las visitas maritales o en los interreclusorios. Hay quienes dicen que muchas reclusas se quedan embarazadas a propósito para tener mejores beneficios como celdas en los primeros pisos. Ya que en cada celda de éstas, sólo pueden estar tres internas con sus hijos. O si no, que también lo hacen porque así no las pueden trasladar a cárceles federales donde no está permitido tener niños.

Desde febrero de este año, madre e hija han estado acudiendo a terapia con la psicóloga del Centro de Desarrollo Infantil para prepararlas para la inminente separación.

“Va a ser un desprendimiento muy fuerte porque Frida siempre ha estado conmigo. Ella es muy inteligente, muy lista. Espero que esa inteligencia le ayude para superar su salida. Quisiera ser tan fuerte como ella, Frida ya lo está manejando mejor que yo. Esto (la próxima separación) es lo más difícil de estar en este lugar”.

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A Matilda le faltan ocho años y medio para cumplir su sentencia. Es muy alta, de piel morena, con cabello oscuro que recoge en una coleta. Su hija Nahomi está sentada junto a ella, parece que tiene más edad, pero apenas ronda los cuatro años. Trae una blusa rosa estampada con las princesas Ariel y Bella de Disney, su cabello rizado como el de su mamá está peinado en dos coletas.

A diferencia de Victoria, que enviará a Frida Alejandra a vivir con Deyanira, su hija de 31 años, Matilda no sabe quién cuidará de su hija cuando tenga que salir del reclusorio. Su familia en Honduras, de donde es originaria, lleva seis meses sin responder sus llamadas, cada vez que les marca la operadora le dice que ese número ya no se encuentra disponible. Tampoco ha tenido éxito pidiendo ayuda a su embajada: “Los del consulado hondureño no se paran aquí para nada. Les estamos pidiendo apoyo para que nos echen la mano, no económicamente, sino con la extradición. No se han presentando. Cuando nos contestan, nos dicen que tienen mucho trabajo y no tienen tiempo para venir. La última vez que vinieron a vernos fue hace dos años”.

La cárcel la ha enseñado a ser fuerte, lo demuestra con la seguridad con la que enuncia cada palabra que sale de sus labios. Para mantener a la niña y poder comprarle lo necesario, como ropa, medicamentos y algunos juguetes, Matilda trabaja todos los días lavando ropa, planchando y haciendo el aseo. Ella no cuenta ni con el apoyo de su familia ni del ex recluso hondureño que la embarazó, el cual obtuvo su libertad en el reclusorio norte y se regresó a su país, dejando atrás a Matilda y a su hija Nahomi de la que nunca se encargó.

El caso de Matilda no es el único entre las madres reclusas. Los niños tienen que enfrentarse a la ausencia de una figura paterna mientras crecen en el penal. La mayoría de los padres no van a visitar a sus hijos ni a llevarles ropa o juguetes. Desde el momento en el que se enteran del embarazo, se desentienden de ellos. Solo el 21% de los padres se hacen cargo de sus hijos mientras están en el reclusorio los primeros años de sus vidas.

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¿Qué tan sano es que los niños crezcan dentro de un reclusorio? La directora del CENDI, Jessica Mayde, afirma que los niños se dan cuenta en todo momento de la situación. Muchos de los niños le preguntan a ella y a las demás maestras cómo es el mundo afuera y qué es el metro. Se dan cuenta, sin lugar a dudas, del encierro. Si es sano o no ese ambiente, explica que depende de que cada caso en particular, y que en el Centro de Desarrollo Infantil se les intenta inculcar valores, pero no pueden hacer todo el trabajo. Depende de la madre, y de con quién se vayan a vivir cuando llegue la salida definitiva.

Para Araceli  la psicóloga que trabaja como perito en la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal, el tema debería ser tratado con extrema cautela. Por un lado, ella opina que no se le puede quitar el derecho a ser madre a las internas y arrebatarles a sus hijos cuando nacen. Pero por el otro, el ambiente de un reclusorio, aunque se tomen medidas de seguridad, puede afectar el futuro desarrollo de los niños: “Cada caso en específico debería ser estudiado, ver si tiene familiares óptimos para que cuiden de ellos. En dado caso que no exista otra mejor opción, que se queden en el reclusorio. Pero lo mejor, sería que se investigara minuciosamente cada caso, aunque es obvio que en el reclusorio no se van a tomar el tiempo para eso” finalizó.

Y ¿qué sucede cuando las internas no tienen familiares fuera de la cárcel para que se hagan cargo de sus hijos? Cuando esto ocurre, se van al DIF (Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia) o a albergues. Al tener su salida definitiva, el reclusorio no lleva un seguimiento de los menores.

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A Victoria le faltan todavía diez años para terminar de cumplir su sentencia. Cuando por fin salga del reclusorio, Ana Frida tendrá ya 16 años. Estará entrando a la adolescencia y seguramente ya habrá dado su primer beso. Vestirá, probablemente, ropa a la moda como las demás jóvenes de su edad y ya no blusas en color rosas de las princesas de Disney. Victoria, seguramente, la verá sonriente para abrazarla, y se tomarán su primera foto, por fin libres.

Publicado originalmente en Spleen Journal

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*Silvia Lee es periodista de Spleen Journal.


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