La Rebelión de los Paperos en Colombia

La rebelión de los paperos y otros sectores del campo colombiano, delatan la difícil situación que viven los trabajadores del sector primario. Costos de producción más caros que los precios de venta, 68% de pobreza entre las personas que trabajan la tierra, empleo informal, mala explotación del suelo y la falta de una nueva legislación son algunos de los motivos que hacen insostenible la vida de los trabajadores de un sector que representa el 14% del PIB del país. Hay numerosas movilizaciones convocadas para el día de hoy.

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Fotografía: La Otra Orilla

Por David González M.*

Hace tres años, un extraño monstruo que habitaba las lomas frías y brumosas de la vereda La Capilla mató 20 reses y un burro en una carnicería que duró días. Los campesinos, dueños de los animales, nunca encontraron al culpable. Se habló de pumas perdidos, de dragones alados, de jaurías de perros que habían sido desplazados del matadero municipal de Tunja.

Los más viejos aseguraban que como era Semana Santa, época de ayunos y procesiones en Boyacá, esas muertes eran cosa del diablo. Los jóvenes en la vereda no creían en monstruos, José Benigno uno de ellos, un muchacho moreno, aindiado, con las manos callosas por el azadón, de rasgos infantiles  por la desnutrición, insistía: -“Acá el único monstruo es la pobreza”-

Particularmente en la vereda de La Capilla, a unos kilómetros de donde Bolívar libró la batalla de Puente de  Boyacá, vivían entonces unas 40 familias de la siembra de la papa y la arveja. Malvivían con menos de 300 mil pesos al mes, familias con hijos que apenas sí se alimentaban con lo que sembraban y dormían en casas de adobe que aguantaban temperaturas de hasta menos 3 grados centígrados en ola invernal.

José Benigno era el líder de la búsqueda del monstruo que los azolaba. Había formado dos grupos que se alternaban las noches para recorrer las lomas y dar caza al que algunos llamaron el chupacabras de Boyacá. Nunca lo encontró, pero sí advirtió: -“Vea, un día de estos nos vamos a organizar y  el gobierno va a llorar el abandono”-.

Hoy la zona de La Capilla, a unos kilómetros de Tunja sobre la vía que viene de Bogotá, es uno de los lugares donde la protesta campesina es más fuerte y desesperada en el Paro Nacional del Agro. Se han quemado tractomulas y grupos de inconformes surgen espontáneamente de los pastos verdes para apedrear los vehículos que se atreven a desafiar los bloqueos.

Crisis y rebelión

El altiplano cundiboyacense es una zona agropecuaria de valles verdes y montañas fértiles, la tradición campesina de está región se remonta a los tiempos inmemoriales de los Muiscas que ya sembraban maíz, papá y quinua. Hoy la sosegada región campesina es un hervidero de protestas sociales que amenazan con explotar en una revolución.

El campo siempre ha estado en crisis en Colombia, pero los actuales niveles de abandono estatal y pobreza parecen haber alcanzado su  punto más bajo en décadas. El tiro de gracia, la firma de los Tratados de Libre Comercio –TLC-. Los pequeños y medianos agricultores han tenido que vender progresivamente sus bienes para responder a las obligaciones con los bancos.

El primer golpe para los ya alicaídos campesinos del altiplano, fue la firma del  TLC con Canadá, en el gobierno de Álvaro Uribe Vélez en el  2008. El tratado que entró en vigencia el 15 de agosto de 2011 ha significado, paradójicamente, la disminución de exportaciones nacionales hacia ese país. Colombia, según el DANE, pasó de exportar  en el primer semestre de 2012, $205,6 millones de dólares en el 2012 a $163,8 millones en el 2013. Mientras que las importaciones provenientes del Canadá están por el orden de 1.141 millones de dólares.

La papa, producto estrella del altiplano, fue uno de los grandes damnificados de ese TLC.  Hoy Colombia importa  cerca de 20.000 toneladas de ese tubérculo. La entrada en vigencia del TLC con Estados Unidos en mayo de 2012 fue la gota que desbordó la copa.

Tulio Quintero, papicultor y líder de uno de los grupos que protesta sobre la vía Bogotá-Tunja, afirmó: “Las grandes multinacionales de alimento traen su papa directo del Canadá ¿nosotros a quien se la vamos a  vender? Mire un paquete de papa congelada traída desde el otro extremo del continente, vale menos que una cultivada en Boyacá. El Estado en lugar de protegernos, nos esta atacando con sus TLC, con su ausencia, con la violencia de sus Policías”

Otro campesino, temeroso por el terror que ha venido sembrando el Escuadron Antidisturbios –ESMAD- de la Policía Nacional, pide que le reserve su nombre. “Antes se sabía que en el primer semestre de recogida se perdía, pero se recuperaba en el segundo. Hoy se pierde durante todo el año. Y desde hace unos cuatro meses, la situación se puso critica porque la carga se bajó a 20.000 pesos”

En mayo de este año había ocurrido un primer paro papero, un paro que se intentó pacifico.  Cesar Pachón,  uno de los líderes de la protesta, llego con sus  botas pantaneras mojadas por huir del ESMAD, a hacer una intervención en el Congreso de la Republica. Su gritó de ayuda fue dramático: “No importen comida que nosotros somos capaces de darle comida a este país e incluso a otros, ¡que no se importe más comida de por Dios!”

El resumen que dio Pachón sobre la crisis del agro, frente a los cientos de parlamentarios, fue brutalmente sincera: “Hemos vendido nuestros productos debajo del costo de producción, lo que hemos construido durante toda una vida ya lo perdimos. No podemos competir con países extranjeros porque producir un kilo en otro país es más barato que hacerlo acá. (…) Hay mucha intermediación en las centrales de abasto, en los almacenes de cadena se está vendiendo a 150.000 o 130.000 y yo vendiendo a 30.000 mi carga de papa, ¿dónde se está quedando la ganancia?”

Carlos Chávez, Concejal del pueblo papero de Choconta, y uno de los manifestantes que hoy protesta pacíficamente sobre la vía,  cuenta: “Es de décadas el problema del campo, los gobiernos no han estado interesado en mantener una política de seguridad alimentaria. Al firmar los TLC, por allá desde un escritorio, le abrieron el campo a las multinacionales y lo que es peor, lo hicieron para que ellos traigan su propia materia prima. Las multinacionales argumentan, absurdamente, que la calidad del  producto nacional como el azúcar y otros solidos no da.”

Los manifestantes agregan, como si no fuera suficiente, que además existe el contrabando. Muchas familias prestantes, que incluso hacen parte de FEDEPAPA, van a sembrar a Ecuador,  un país que tiene subsidios agrarios y una mano de obra más barata. Luego  traen la papa de contrabando en carros propios. Chávez dice: “El gobierno dice que la canasta familiar no sube, pero no sube es a costillas del pequeño y mediano agricultor porque están perdiendo su lote, su vaca, su tractor.”

Rodrigo Chicuazuque, concejal y líder en Choconta, se lamenta: “Estamos trabajando a perdidas y la gente lo está sintiendo más porque les ha tocado vender lo que habían acumulado durante años. Tuvimos una ola invernal que redundo en inundaciones, los impactos que   hemos tenido últimamente han sido bastante fuertes y ningún apoyo del gobierno.”

El paro ha sido replicado por los lecheros de Ubate, los paperos de Nariño, los campesinos de Sumapaz, todos cansados de protestas silenciosas e invisibles, salen a las vías principales, atraviesan troncos, llantas quemadas, se enfrentan a los robocops de la Policía Nacional. La situación es caótica en varias regiones del país y la sombra del desabastecimiento alimentario se cierne sobre Bogotá.  El paro, que Juan Manuel Santos se ha esforzado por negar, ya tiene avisos de revolución.

Los abusos del ESMAD

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Fotografía: La Otra Orilla

Choconta es un apacible pueblo papero a orillas de la autopista que conecta la capital del país con Sogamoso, la ciudad industrial de Boyacá.  El municipio está  a unos 75 kilómetros de Bogotá, dentro de las fronteras de Cundinamarca con Boyacá, y es la puerta de entrada al mundo papero.

Es un pueblo de unas pocas cuadras, adornado por una vieja estación de tren que ve pasar las cargas que vienen de las acerías y las fabricas de Boyacá. En lo más alto de sus montañas se extiende un paramo que marca la muralla hasta donde pueden sembrar sus campesinos. Es un lugar apacible y frío, del que no se enteraría nadie, ni siquiera los viajeros que paran ocasionalmente sobre la autopista, de no ser por la violencia con que han sido reprimidas sus protestas por parte de la Fuerza Pública.

El pasado martes 20 de agosto, los camiones y tanquetas del ESMAD llegaron en manada a desbloquear la autopista. La orden de Santos era clara, se actuará con la mayor firmeza contra aquellos que bloqueen las vías. Y así fue. Los campesinos ya sin nada que perder, se enfrentaron por horas con la Policía. Y ante la incapacidad de acabar el paro por la fuerza, las denuncias de abusos y excesos contra los campesinos se multiplicaron.

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La tranquila Choconta, de repente, se convirtió en el escenario de una batalla campal entre los hombres del ESMAD armados con armas convencionales -y no convencionales-, contra los ancianos, mujeres, jóvenes y niños que exigían la atención del gobierno.  El exceso de fuerza, unió la pequeña población en torno a sus manifestantes.

Martino Guarila, un mecánico que tiene su taller a unos metros de la vía principal, fue testigo de la represión: “Los antimotines fueron una porquería, gases lacrimógeno para los niños, para mujeres embarazadas, para todos. Les han pegado  a los pobres campesinos, les han roto las manos y los pies a palo. Como acá no ha habido noticias, ni RCN ni Caracol ni nada, como no hay cámaras grabando, los señores se valen de todo para hacer de las suyas.

Otro campesino, que prefiere el anonimato, dice: “A campesinos como nosotros que no estamos enseñados a  vainas de guerra ni nada de eso, nos han dado con todo, gases, palos, choques eléctricos, es una carnicería”.

Tulio Quintero, representante de la Asociación de Paperos y papicultor afirma que los atropellos han sido comandados por el oficial de la Policía Luis Enrique Vargas Andrade. Asegura que han sido destruidas motos y vehículos de los campesinos y que incluso han sido víctimas de robos por parte de los agentes del ESMAD.

El jueves la situación para la población civil era todavía critica. Todas las salidas del pueblo hacia la vía principal eran bloqueadas por los camiones de la Policía. La gente era prisionera en su propio pueblo, movilizarse era un riesgo ante las arbitrariedades de las detenciones.  Y más de una persona, manifestante o no, papero o no,  sufrió en carne viva la violencia de la fuerza pública.

Acá hay niños, hay enfermos, hay ancianos y nos tienen encerrados en el pueblo. Si va una persona a pie la detienen, la maltratan. Hacen montajes de jóvenes recogiendo piedras, para mostrar resultados. Hoy al personero le hicieron firmar una carta para decir que acá no hubo disturbios” Sentencia Quintero.

La violencia ha tenido como respuesta una reacción encolerizada por parte de los manifestantes. Los campesinos salen espontáneamente, donde está la inconformidad, en cualquier barranco, en cualquier esquina, bloquean la vía y se enfrentan a la fuerza pública.  “El delito acá es portar una ruana, el ESMAD se nos está llevando los bienes, se lleva a la gente y les pide plata para dejarlos salir” asegura Rodrigo Chicuazuque, concejal de Choconta.

El exceso de fuerza, sumado a la indiferencia del presidente Santos que incluso ha llegado a negar el paro agrario, ha motivado la solidaridad de la mayoría de los boyacenses. En la noche del pasado domingo, miles de personas de Tunja, la capital del Departamento, salieron con cacerolas y cucharas a respaldar sus campesinos. La melodía de la protesta pacifica se escuchó por horas desde todos los puntos cardinales de la ciudad.  Hasta que fue apagada por los traqueteos de las armas de los Antimotines.

Hasta el Arzobispo de Tunja, una ciudad católica y profundamente conservadora, salió a respaldar a los manifestantes. “A los campesinos les decimos que estamos todos apoyando su causa (…) Si el Estado está pensando que este problema de la papa, de la cebolla, de la leche, se va a resolver aumentando las importaciones, esta haciendo algo tremendo, esta cometiendo una traición de patria ¡Sencillamente porque la patria es la gente!”

Efrain Rojas, un campesino viejo ya sobre los sesenta años, sostiene un megáfono. Lleva horas gritando arengas y motivando a un grupo de campesinos vestidos con ruanas y banderas para  que marchen sin miedo hacia la vecina Villapinzon. Al frente, a menos de 20 metros, esperan furiosos unos 50 hombres del ESMAD. La confrontación es cuestión de tiempo.

Rojas dice que no tiene miedo por una sola razón: “Yo quiero que mis nietos  sean campesinos como lo fueron mis papas y mis abuelos, quiero que sean campesinos porque es más sano que vivir en la ciudad, pero parece que no se va a poder porque al campo lo quieren acabar.”

Los manifestantes esperan marchar por la autopista que atraviesa sus valles fértiles, una autopista  por donde pasa  la papa de Cánada, de Holanda, por donde vienen y van los camiones cargados de Policías que desesperadamente ven como el paro se les escapa de los dedos.

Los campesinos agitan banderas de Colombia, caminan temerosos hacía el bloque negro de brazos y bolillos que los separa de la autopista. Uno de ellos dice: “No es tiempo para miedos, al día se necesita de un médico, de un abogado, pero tres veces al día estamos necesitando de un campesino que es quien nos da la verdadera comida.” Segundos después llueven gases lacrimógenos, las ruanas desaparecen en medio de gritos y el humo acido y colorido que invade las calles de la pequeña Choconta.

Publicado originalmente en La Otra Orilla.co 

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David González M. es periodista y director de la publicación La Otra Orilla de Colombia.  director@laotraorilla.co


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