El movimiento Alianza PAIS (II): Rafael Correa, de ministro rupturista a líder de la Revolución Ciudadana

En abril de 2005, con el Movimiento Jubileo 2000 ya consolidado y más que difundido en Ecuador, tras casi seis años de actividad pública, surge la figura política de Rafael Correa. Este economista pasa a encargarse del Ministerio de Finanzas del gobierno de Alfredo Palacio. Pero Correa dura poco en el cargo: su visión excesivamente crítica de las políticas del Fondo Monetario Internacional (FMI) [1] pronto despierta las suspicacias de la oligarquía ecuatoriana y acaba, aparentemente, con su prometedora carrera política.

El discurso de Correa durante su etapa como ministro de Finanzas guardaba similitudes con el del Movimiento Jubileo 2000 en cuanto al rechazo del pago de la deuda externa:

“Correa comenzó a poner en cuestión el pago de la deuda externa. Lo primero que hacían los ministros de Finanzas anteriores era cuadrarse ante los Estados Unidos y decir: “aquí estoy, cuáles son las órdenes, en qué les puedo servir” (…) Pero este joven ministro de Finanzas empezó a denunciar que en gobiernos anteriores se hicieron leyes que aseguraban el pago por adelantado de la deuda externa, mientras se desatendían los problemas sociales del país” [2].

Pero la acción más relevante que llevó a cabo Rafael Correa durante su cargo fue plantear ante el Congreso Nacional la derogación de una ley, impuesta por el FMI en el año 2000, que impedía aumentar el presupuesto por encima del 3,5% -incluso en inversiones- mediante la utilización de los ingresos procedentes del aumento de los precios internacionales del petróleo [3].

Su postura sobre la deuda, sobre los recursos petroleros y sus simpatías hacia las comunidades indígenas incomodaron a las clases dominantes, que presionaron al presidente Palacio para que lo relegara del cargo, apenas cinco meses después de asumir la cartera [4]. Pero lejos de poner fin a su carrera política, este hecho fue el detonante del surgimiento de una alternativa de gobierno liderada por el economista.

Yacimiento petrolífero

En junio de 2005, poco antes de su salida del ministerio, el líder del Movimiento Jubileo 2000, Ricardo Patiño, es contratado por Correa para ejercer de su asesor principal en el Ministerio. Es en este punto cuando las ideas políticas de ambos acaban convergiendo y, tras la salida de Correa del gobierno de Palacio, empiezan a dar forma a lo que acabaría convirtiéndose en el Movimiento Alianza PAIS, agrupación que no se entiende sin la figura de Rafael Correa, al igual que la consolidación de Correa como personalidad política no se entiende sin su identificación plena con Alianza PAIS, y en mayor medida con su proyecto a largo plazo: la llamada Revolución Ciudadana.

La popularidad cosechada por Correa durante su etapa como ministro polémico y rupturista le permite ir forjando un liderazgo fuerte, entendiendo éste como “el poder que ejerce uno o más individuos para dirigir a los miembros de la nación hacia la acción” [5]. No obstante, citando a Natera Peral, “sin una red de actores que sirva al líder para lograr ciertos objetivos, para obtener determinados recursos o, simplemente, para mantener un sistema fluido de comunicaciones con su entorno, difícilmente puede desarrollarse procesos de liderazgo” [6].

PAIS

Y aquí es donde cobra importancia Alianza PAIS. Este movimiento no sólo es una red fuerte que apoya a Correa y lo designa como líder, sino que lo convierte en el único artífice posible de la Revolución Ciudadana, sin el cual sus propuestas se quedarían en papel mojado. Además, los apoyos de personas, colectivos o instituciones, como los que en este caso integran el Movimiento Alianza PAIS, “no sólo son fuentes de información importantes y de recursos, sino también de legitimación política”.

La fórmula del éxito de Rafael Correa la podemos identificar como el resultado de la suma de tres ingredientes complementarios: carisma, populismo y acción política. El sociólogo Max Weber define el carisma como la “cualidad de una personalidad individual en virtud de la cual se considera extraordinario y tratado como investido de fuerzas o cualidades sobrehumanas, sobrenturales o excepcionales” [7] . “La autoridad carismática descansaría, pues, en la devoción hacia la santidad específica, heroísmo o carácter ejemplar de un individuo y las pautas normativas u orden revelado u ordenado por él”, matiza Natera.

El carisma de Correa contribuyó a su afianzamiento como líder. Desde el comienzo de su vida política, Correa se mostró como una persona sin pelos en la lengua, que dice lo que tiene que decir, sin paños calientes y que se expresa de manera directa y sencilla, lo que le hace más próximo a los ciudadanos de a pie.

Así, en su etapa como ministro de economía, se mostró contrario a la dolarización y al sistema de pago de la deuda externa, oponiéndose al Banco Mundial y al FMI. Puso en su contra a la oligarquía, involucrada en negocios petroleros internacionales, al querer modificar los contratos del crudo con el objetivo de recuperar para el país este recurso y sus beneficios. Defendió la causa indígena y basó su discurso en la reorientación del pago de la deuda hacia proyectos sociales [8]. “Los medios querían escuchar lo que él decía, porque todo lo que decía eran cosas de ruptura”, explica Patiño al referirse a la capacidad comunicativa de Correa. En este sentido, su carácter carismático –y polémico- se relaciona con el segundo ingrediente de la fórmula de su éxito: el populismo.

Resulta complicado concretar el significado del populismo, ya que su delimitación conceptual varía notablemente según la fuente. Nos quedamos, pues, con aquellas definiciones que se centran en los puntos en común que comparten varios autores.

Para Edward Shils, el populismo “proclama que la voluntad del pueblo en sí misma tiene una supremacía sobre cualquier otra norma, provengan éstas de las instituciones tradicionales o de la voluntad de otros estratos sociales” [9]. Pero esta definición no resulta satisfactoria porque es también aplicable a la democracia.

Margaret Canovan aporta, en cambio, una visión más negativa pero que ayuda a entender la idea de populismo más extendida en Occidente acerca de los nuevos gobiernos de América Latina, entre ellos, el de Correa en Ecuador. Canovan señala que el populismo “sólo constituye una forma de acción política polémica, de contornos muy vagos, que con el pretexto de un discurso centrado de una u otra manera en el pueblo, pretende más que todo provocar una fuerte reacción emocional en el público al cual se dirige”.

Pierre-André Taguieff añade que el populismo carece de “una forma específica de organización”, por lo que “puede expresarse tanto en un cenáculo de intelectuales como en un amplio movimiento organizado o espontáneo, en un partido político bastante clásico, en un régimen de gobierno, en una actitud de transgresión de las normas políticas convencionales, o más aún en procesos típicos de salida de una dictadura, especialmente comunista” [10].

Esto viene matizado por la aportación de Peter Worsley, quien añade el carisma a la ecuación, porque el carisma representa “la otra cara de la moneda de los movimientos populistas, ya que el líder carismático desempeña una función catalizadora de este tipo de movimientos” [11].

Rafael Correa

En definitiva, el populismo puede ser de izquierdas o derechas, revolucionario o conservador, pero para Occidente, el populismo latinoamericano se caracteriza básicamente por dirigentes carismáticos con una fuerte capacidad de liderazgo y un discurso que se limita a repetir lo que la población quiere escuchar, con especial incidencia, en el caso de América del Sur, en la erradicación de las diferencias entre clase política y ciudadanía.

Citando a Guy Hermet, “¿no se debería plantear que con o sin el carisma de un líder, y cualquiera que fuese su relación efectiva con la idea de un gobierno del pueblo por el pueblo, tomado según las circunstancias en una acepción hostil a las elites o en una perspectiva de simple parecido étnico entre gobernados y gobernantes, el populismo sólo se distingue netamente de las otras corrientes políticas por prestar un oído particularmente complaciente y por el eco poderoso que otorga al sueño popular de abolir, finalmente, la barrera que siempre separó a los de abajo, los gobernados, de los de arriba, los gobernantes?”

La reflexión es inevitable. Por un lado, ¿qué político no presta un oído complaciente a sus electores con tal de ganar apoyos para su causa? En el caso ecuatoriano, lo hicieron muchos otros antes que Correa, pero cambiando el destinatario de sus mensajes: antes, la oligarquía era el objetivo a alcanzar; ahora, lo es el pueblo. Por otro lado, la eliminación de las diferencias sociales es otra de las banderas enarboladas por políticos de todo el mundo.

De ahí que entendamos que la concepción peyorativa de populismo, inevitablemente ligada a la demagogia, resulta hipócrita y suele citarse para atacar a regímenes que pretenden desarrollar políticas contrarias a unos intereses determinados. Porque si el populismo no tiene ideología, ha de caracterizarse obligatoriamente por sus acciones públicas.

Y con esto llegamos a lo que hemos identificado como el tercer ingrediente clave en la fórmula del éxito correísta, junto al populismo y el carisma: la acción política. No se entiende el gobierno de Correa sin las medidas que ha adoptado y sin las iniciativas legislativas que ha impulsado. Siempre que esas políticas tengan resultados favorables y generen el cambio prometido, la idea peyorativa de populismo pierde fuerza.

Cabe retomar aquí a Jean Blondel y su manera de entender el liderazgo “como una forma especial de poder ejercido por el líder sobre una amplia variedad de ámbitos, problemas y personas, centrándose sobre todo en el impacto del líder en su entorno”. Según esto, sin impacto, sin repercusiones, sin cambios, no hay liderazgo, en este caso liderazgo político.

Por tanto, la iniciativa, el emprendedurismo de Rafael Correa al frente del gobierno, es lo que le ha dado legitimidad política y ha movilizado a sus electores, como un rechazo a la pasividad de gobiernos anteriores. Al mismo tiempo, ha supuesto un revulsivo para la oposición, obligada a abandonar el inmovilismo si quiere contrarrestar la acción política de Correa.


[1] MARTÍN-MAYORAL, Fernando: “Estado y mercado en la historia de Ecuador. Desde los años 50 hasta el gobierno de Rafael Correa”, en: Revista Nueva Sociedad,  nº 221, Fundación Friedrich Ebert, 2009.

[2] HARNECKER, Marta: Ecuador: la revolución urgente. Entrevista a Ricardo Patiño. Fundació Nous Horitzons, Caracas, 2010.

[3] En aquel momento, Ecuador tenía suscritos contratos de participación con las empresas transnacionales que explotaban los yacimientos petrolíferos. Este tipo de contratos implicaba un reparto desigual de los recursos: cuando Correa llegó al poder, un 83% del crudo extraído era para las empresas privadas y un 17% para el Estado. Además, si los precios internacionales del petróleo subían, todo el incremento era para las mercantiles y, por extensión, para miembros de la elite ecuatoriana: “Muchos de los ex ministros de Energía seguían vinculados a las empresas transnacionales, eran sus abogados, sus asesores”.

[4] Según relata Ricardo Patiño, el detonante que hizo arreciar las presiones a Palacio desde la elite fue el inicio de las gestiones, por parte de Correa, para el nombramiento de un profesional ecuatoriano que coordinara las modificaciones de los contratos petroleros vigentes.

[5] BLONDEL, J., Political Leadership. Toward a general analysis, Londres, 1987, en: NATERA PERAL, Antonio, El liderazgo político en la sociedad democrática, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2001.

[6] NATERA PERAL, Antonio, El liderazgo político en la sociedad democrática. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2001.

[7]WEBER, M., El político y el científico, Alianza Editorial, Madrid, 1986, en: NATERA PERAL, A., El liderazgo político en la sociedad democrática. Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 2001.

[8] Correa colaboró como voluntario en la parroquia rural de Zumbahua, perteneciente a la provincia de Cotopaxi y de población mayoritariamente indígena.

[9]SHILS, Edward, The torment of Secrecy, New York, 1956, en: HERMET, Guy, El populismo como concepto, Revista de Ciencia Política, Vol. XXIII, nº 1, Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 2003.

[10]Laclau (Entrevista a Ernesto Laclau en el portal web Prodavinci) añade que “lo fundamental es que el populismo no es una ideología sino una forma de constitución política”.

[11]Mientras algunos autores como Hermet critican el personalismo de los gobiernos de raíz populista, que llega a convertirse en autoritarismo, otros, como Laclau, defienden el papel fundamental que juega el líder para que estos procesos triunfen: “No he encontrado ningún caso histórico en que esta reconstitución de la identidad nacional ocurra sin la personalidad ni la figura de un líder (…) Es decir que sin esta personalidad que arrastre y cree la cohesión entre la masa o el pueblo y un proyecto político encarnado en esta figura la sociedad no avanza”.


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Sobre María Casinos Rosell

Periodista y especialista en información internacional y países del Sur. Ha trabajado y dirigido medios escritos de ámbito local. Ha residido en Ecuador, donde ha trabajado como periodista y ha colaborado en distintas organizaciones sociales. Interesada en la comunicación desde el Tercer Sector. Devoradora de series, viajera empedernida y adicta a twitter. En LinkedIn: Maria Casinos Rosell. En Twitter: @la_casitos