Los fantasmas de Egipto (II): el doble fondo del terrorismo

“Pido que el próximo viernes todos los egipcios honestos y en los que se puede confiar salgan a las calles”, clamó el jefe del Ejército egipcio, Abdelfatá al Sisi, 21 días después del golpe de Estado que ha devuelto a los Hermanos Musulmanes a la clandestinidad en la que vivieron durante ocho décadas. El caudillo que ejecutó el golpe volvió a las pantallas egipcias el 24 de julio. Esta vez, ha pedido a los militares que hagan frente a la violencia que se ha desatado tras el derrocamiento del presidente electo Mohamed Mursi, y que ya se ha cobrado más de un centenar de vidas. “¿Por qué salir? Salieron para darme el mandato y la orden de que hiciera frente a la violencia y al potencial terrorismo”, se respondía Al Sisi, que intenta lograr el apoyo de la población para emplear métodos más duros contra la Hermandad.

El hijo del número dos del FIS pide la liberación de los líderes encarcelados:

Imagen de previsualización de YouTube

Pero el significado de la palabra “terrorismo” varía según el bando y, a veces, ambas partes pueden utilizarlo como pretexto para cometer los peores crímenes. Esto lo saben bien los argelinos, que tras el golpe militar que impidió al Frente Islámico de Salvación (FIS) ganar las elecciones, vivieron diez años de dolor y violencia. Este periodo se conoce como “decena negra” o “decena del terror”, aunque algunos prefieren llamarlo guerra civil. Los abusos, torturas y masacres que perpetraron tanto los grupos islámicos armados como las fuerzas de seguridad gubernamentales se cobraron, según datos oficiales, entre 150.000 y 200.000 vidas y dejaron tras de sí a más  de 20.000 desaparecidos.

Después de que el ejército obligara al presidente Chadli Benyedid a suspender el proceso electoral, el Frente Islámico de Salvación (FIS) fue ilegalizado y se declaró el estado de excepción. La tensión fue en aumento y explotó cuando el 29 de junio de 1992, en una conferencia de los cuadros superiores en la ciudad de Annaba, un subteniente del grupo de intervención especial (GIS), Lambarek Boumaarafi, lanzó una granada al escenario y mató en el acto al presidente del Alto Comité de Estado (ACE), Mohamed Boudiaf, que ostentaba de forma provisional los poderes de jefe de Estado. El Frente de Liberación Nacional (FLN) y el ejército mantienen que el asesinato del hombre que representaba la esperanza de la reconciliación fue fruto de una “acción aislada” de un oficial que simpatizaba con los islamistas. Para otros (entre ellos su viuda Fatiha Boudiaf), su muerte responde al complot que tejieron algunos importantes generales de la armada que temían que Boudiaf fuera demasiado lejos en su lucha contra la corrupción.

Asesinato de Mohamed Boudiaf:

Imagen de previsualización de YouTube

A rey muerto, rey puesto. Belaid Abdesalam se convierte en el nuevo jefe de Gobierno y declara la guerra total al FIS. Los crímenes golpean sin tregua a la población. 20 de agosto: diez supuestos miembros de un célula armada son asesinados en una ciudad situada en Baba Hassan por las fuerzas de seguridad; 25 de agosto: destrucción de una mezquita en El Eulma (wilaya de Sétif) bajo el pretexto de que servía de refugio a los islamistas; 26 de agosto: una bomba en el aeropuerto de Argel deja nueve muertos y 128 heridos. La ola de violencia se había convertido en un tsunami de sangre y para pararlo el Estado recurre a todos los métodos. El encargado de “la seguridad interna” será el Departamento de Información y Seguridad (DRS) dirigido desde 1990 (y todavía hoy) por Mohamed Médiene, de 74 años, conocido como Toufik y formado entre los bastidores de la KGB. El golpe y la posterior guerra civil le han permitido incrementar su poder y ser hoy uno de los poderes fácticos más importantes de Argelia.

Para toda la armada resultará vital acabar con el islamismo político, que tras su exclusión del sistema político adoptó un cariz más violento. Tras el arresto de los líderes del FIS, la oposición al gobierno la encabezaron el Movimiento Islámico Armado (MIA), fuerte en las montañas, y el Grupo Islámico Armado (GIA), fuerte en los pueblos. El GIA, liderado por Abdelhak Layada y más radical que el MIA, llevó a cabo atentados contra los ‘kafir’ (infieles), entre los que se incluía a extranjeros, periodistas, intelectuales o funcionarios públicos. En 1994, líderes del FIS encarcelados comienzan a mantener conversaciones con el gobierno, lo que provoca que varios líderes del FIS se radicalicen y pasen al lado del GIA, que por aquel entonces se dedica a quemar escuelas “insuficientemente islámicas”. El GIA declara la guerra al FIS y, en respuesta, la MIA y varios grupos menores se reagrupan en el Ejército Islámico de Salvación (AIS). Se desata una guerra a tres bandas.

En Egipto, la situación no ha alcanzado estas cuotas de violencia. De hecho, en los últimos días el diario oficialista Al Ahram insinuó un posible acuerdo entre el Ejército y el movimiento islamista para frenar la escalada de la violencia. Sin embargo, conviene estar alerta. Las palabras de Al Sisi sobre hacer frente al “terrorismo” han despertado el apoyo del movimiento juvenil Tamarud (‘Rebélate’) y, como era de esperar, han provocado el rechazo de los Hermanos Musulmanes. La hermandad ha considerado el llamamiento del jefe del ejército egipcio como una amenaza y en su cuenta de twitter ha proclamado: “La fuerza de nuestra revolución yace en su senda pacífica, no nos dejaremos arrastrar a la violencia”. Es cierto que  los Hermanos Musulmanes han hecho numerosos llamamientos a la calma desde el golpe, pero también es cierto que la Hermandad ya advirtió de que si otros grupos perpetraban atentados, ellos no podrían hacer nada.

Dicho y hecho. Desde el pasado 3 de julio el Sinaí, una desértica región fronteriza con Israel y la Franja de Gaza, se ha convertido en una bomba de relojería. Diferentes grupos yihadistas, entre los que se encuentran Al Salafiya al Yihadiya, Al Yihad u al Tauhid o Ansar al Yihad, han intensificado los atentados contra las fuerzas de seguridad egipcias. Estos atentados comenzaron hace dos años cuando la caída de Hosni Mubarak produjo un vacío de poder en la zona, pero ahora se ha incrementado su frecuencia. De hecho, desde la caída de Mursi, más de veinte policías y militares han sido asesinados. Su presencia ha provocado el cierre del paso de Rafá, que conecta Egipto con la empobrecida Franja de Gaza. Además, el Gobierno en funciones ha prohibido la pesca en la costa norte de la Península del Sinaí como medida de protección “ante la posible entrada de grupos armados por vía marítima”. Hamás ha quedado aislado para satisfacción de Israel. De hecho, el Estado Hebreo ha permitido a Egipto aumentar su presencia militar en la zona, algo que prohíben los Acuerdos de Camp David (1979).

La Casbah de Argel. Foto: Beatriz Pascual.

Pero no todo depende del Sinaí. Nour (‘luz’), la segunda fuerza islámica del país tras los Hermanos Musulmanes, se ha vuelto uno de los actores claves del futuro de Egipto. Su capacidad de influencia ha quedado probada en la elección del primer ministro del gobierno de transición. El grupo ha conseguido vetar como primer ministro tanto al economista Ziad Baha Al Din, como al líder del Frente de Salvación Nacional y premio Nobel de la Paz, Mohamed el Baradei.

Por el momento, Nour está de lado del ejército, que trata de mimarlo con concesiones a la sharia en sus decretos, pero esta posición puede cambiar tal y como apunta el Presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Diego García-Sayán. En concreto, García-Sayán considera que los Hermanos Musulmanes y Nour podrían llegar a aliarse frente a una creciente represión del ejército. Esta alianza supondría que el enemigo del Ejército ya no sería la Hermandad, sino el islamismo político y esto, para García-Sayán, significaría el comienzo de una guerra civil como la argelina.

El escenario parece lejano. No obstante, el Ejército ha decepcionado y algunos le acusan, como hicieron con Mursi, de haber secuestrado la primavera árabe. Su rapidez en llevar a cabo reformas institucionales o marcar plazos para el proceso democrático contrastan con el cierre de canales de televisión o la multiplicación de las órdenes de arresto a los líderes de la Hermandad. Especialmente llamativos, también para países de la esfera internacional, han sido la muerte de más de 50 partidarios del presidente Mursi frene al cuartel general de la Guardia Republicana en El Cairo o la retención de Mursi incomunicado y en paradero desconocido. Las amenazas, como el nuevo ultimátum del Ejército para que la Hermandad llegue a un acuerdo con la oposición, no sirven más que para incrementar la tensión.

Una tensión que cada viernes supera el punto máximo de crispación alcanzado el viernes anterior. Como apunta el catedrático de Ciencias Políticas Antonio Elorza, ha quedado de manifiesto que los pronunciamientos militares no sirven para construir la libertad y resolver crisis tan complejas como la egipcia. La cuestión reside ahora en cómo favorecer que todas las fuerzas políticas se pongan de acuerdo en un sistema que les permita disputarse el poder dentro de la legalidad, es decir, sin arrestos, atentados ni gases lacrimógenos. La exclusión de la Hermandad del sistema solo puede desembocar en una reacción violenta, como demostró la experiencia argelina, donde la dicotomía entre el poder real en manos militares y el poder formal en manos islamistas se cobró millones de vidas. El fin de la injerencia en política de los militares y el establecimiento de un contrato nacional son, más que nunca, esenciales.


Compártelo:

Follow me on Twitter

Sobre Beatriz Pascual

Estudiante de Periodismo, especialista en Francia e interesada en los Balcanes y en el mundo árabe. Trabajó en La Razón y descubrió los medios digitales con La Cuestión. Actualmente, redactora de InFronteras, becaria en Europa Press y con mil proyectos en mente, ¿qué será lo próximo?