Un mes de #vemprarua: críticas, potencialidades y amenazas

Salvador de Bahía, BRASIL// Desde las manifestaciones que sacudieron Brasil el día 20 de junio, se ha especulado dentro y fuera del país sobre una posible conspiración de la extrema derecha para hacerse con el poder. Se ha llegado a hablar de un inminente golpe de estado fruto de esa asociación de fuerzas políticas conservadoras, que amenazan con expandirse entre los manifestantes, y las fuerzas militares del país. La clase política y los medios de comunicación se han encargado de extender esta idea y el miedo y la incertidumbre han amenazado con deshinchar el movimiento.

El Movimiento Passe Livre (MPL) vaciló a la hora de liderar las movilizaciones. Las posturas de los manifestantes se han suavizado y se han orientado más hacia el diálogo. El principal beneficiado de este clima de desconfianza ha sido precisamente el gobierno, al conseguir, por una parte, que las peticiones pierdan credibilidad y, por otra, al quitarse de encima la responsabilidad de las acciones policiales, convirtiéndolas en vestigios de la derecha y obviar que son un brazo más del gobierno. “Es la izquierda de partido la que ha dibujado esa idea”, asegura Lídice da Mata, Senadora de la República de Brasil y Presidenta del Partido Socialista Brasileiro en el Estado de Bahía. Reconoce que la izquierda del país no admite las críticas “porque durante la dictadura ellos eran los buenos y por eso ahora, cuando alguien critica es porque pertenece a la derecha”. Precisamente esta incapacidad de la izquierda  brasileña de asumir los indicios el descontento popular la llevó a pasar por alto el precedente más evidente del momento actual, cuando el 11 de septiembre de 2011 una manifestación reunió contra la corrupción 35.000 personas en Brasilia. Ya entonces la izquierda del país ridiculizó a los manifestantes y lo tachó de pertenecer a la derecha.

Es evidente que una movilización social global, que no se presenta liderada por ningún partido político, está expuesta  a acabar albergando todo tipo de posturas políticas y a servir de vehículo de comunicación a los grupos políticos que no tienen suficiente representación social. La heterogeneidad de la sociedad brasileira se hace evidente en la las reivindicaciones de los manifestantes. Por ello, junto a los lemas de izquierdas, aparecen otros claramente conservadores como, por ejemplo, la reducción de la mayoría penal. Esto no debería extrañar a nadie ya que, según una investigación reciente de la Comisión Nacional de Transportes y el Instituto MDA, el 90% de la población está favor de su modificación.

Lídice La Mata advierte que la derecha no solo está presente en las calles, sino que el propio Congreso “está dominado por el fundamentalismo, los evangelistas han secuestrado todas las pautas en el Congreso” y añade: “Nosotros hemos permitido que eso ocurriera”.  Luiz Alberto, diputado del Estado Federal de Bahía por el Partido de los Trabajadores, destaca también la gran presencia de ruralistas en el congreso. No es casual que en el año 2000 apareciera el Partido Social Cristiano. Ni tampoco la sinrazón de que uno de sus diputados, el pastor evangélico Marco Feliciano, haya sido elegido Presidente de la Comisión de Derechos Humanos y de las Minorías y sea candidato a la presidencia de la República en 2014, a pesar de sus declaraciones abiertamente homófobas y xenófobas.

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Del mismo modo se puede explicar que la violencia esté presente en estos movimientos. “Los marginales están en la calle”, dice Andre Lemos, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad Federal de Bahía. “En Brasil la criminalidad es diaria. Entonces no se puede pensar en reunir 50.000 o 100.000 personas y que esas personas no aparezcan”. Desde MPL se han limitado a excluir a todos aquellos que rompen o saquean, pero no se hace mención a todas las personas que acuden a estas movilizaciones para representar a otras causas distintas a las del propio MPL. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que “romper también es una expresión del malestar que sufren”, enfatiza Othom Jambeiro, profesor del programa de postgrado en Comunicación y Cultura Contemporáneas de la Universidad Federal de Bahía: “Aparecen unos liderazgos eventuales, que consiguen conducir a la mayoría de las personas y las minorías, incapacitadas para hacerlo, muchas veces salen del grupo mayor y conducen a grupos menores para otro tipo de acciones… Aquello también para ellos es una manifestación política. Romper también es una manifestación política”.

Tan rápido como las propias movilizaciones, han crecido sus críticas. Precisamente una de las cuestiones que más polémica han suscitado ha sido la falta de liderazgo en las movilizaciones. La presión popular ha apartado de las calles a quienes mostraban emblemas, banderas o cualquier tipo de identificativo de los distintos partidos políticos. Esto ha sido interpretado como una restricción antidemocrática por parte de los miembros de partidos políticos y sindicatos, que desde que comenzaron a crecer las reivindicaciones han intentado hacerse con el control de las movilizaciones. Walter Altino, sociólogo y representante del MPL en Salvador, marca una diferencia en el sistema de representación existente en las movilizaciones anteriores y las que están desarrollándose en el  momento actual: “Antes había un militante tradicional, que se organizaba a través de partido, que lideraba, que constituía una comisión… En este nuevo movimiento ese militante tradicional forma parte como uno más. Los partidos no tienen el control”.

Del mismo modo, la ausencia de una reivindicación central hace dudar de que todas las protestas  se vayan a plasmar en algún tipo de conquista política. Walter Altino hace hincapié en que “no se trata de un movimiento sin reivindicaciones, sino que es un movimiento con muchas reivindicaciones”.  Nelson Preto, profesor asociado de la Facultad de Educación de la Universidad Federal da Bahía (UFBA), recuerda que “el Foro Social Mundial recibió en sus inicios la misma crítica” y que para entender el sentido de lo que está ocurriendo en Brasil hay que partir de la idea de que “no queremos una sociedad de iguales, queremos un país en el que la diferencia sea valorada”.

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Lo que también existe en el movimiento, y puede convertirse en su principal debilidad, es una profunda distancia entre grupos sociales que las multitudinarias manifestaciones del 20 de junio pusieron en evidencia. Todos los que han salido a la calle están unidos por una sensación de insatisfacción. Pero esa insatisfacción no es igual para todos. La brecha de fractura en este movimiento va más allá de la división entre derecha o izquierda o entre pacíficos y violentos. Si, tradicionalmente, los movimientos sociales en Brasil habían sido concebidos como una interminable lucha de clases, no se pueden entender de esa manera en la actualidad, ya que no todos lo que salen a la calle pertenecen a la misma clase social.

Es fácil distinguir el antagónico binomio reinante en esa gran multitud. Los que organizan asambleas a través de Facebook. Los que no tienen conexión a Internet, ni Facebook. Los beneficiados por el florecer económico de los últimos años. Los maltratados por el gobierno y por la sociedad, que no han salido de su condición de pobres. Los que reivindican mudanzas. Los que no tienen nada que perder porque no han ganado nada. Los que en definitiva quieren que todo siga como está, pero con las reformas sociales necesarias para convertir a Brasil definitivamente en un país del “primer mundo”. A los que no les preocupa que todo salte por los aires.

Toda revolución popular sumerge “al pueblo” en una misma marea. Pero lo cierto es que no todos están en el mismo barco. Luiz Alberto apunta hacia esas diferentes posiciones, refiriéndose al aislamiento sufrido por los negros y que se pone de manifiesto en momentos de convulsión social: “todos los movimientos de la población negra fueron hechos por ellos mismos, sin el apoyo del resto de los ciudadanos”. Alberto denuncia también el papel de los medios de comunicación, que ponen el acento en las minorías étnicas cuando apuntan al joven que cometió el crimen. El último motivo de aislamiento de la población negra en el contexto actual radica en el acceso diferenciado a las redes sociales, y Luiz Alberto advierte que “buena parte de la población negra aún está fuera”.

Brasil, con un largo pasado de lucha de clases, se enfrenta ahora mismo a una nueva lucha contra algo mucho más difuso. “¡Están entregando nuestra identidad nacional a la FIFA!”, exclama un joven en una de las asambleas. Esa sensación es la que ha generado la celebración de la Copa de las Confederaciones. Los grandes eventos programados han puesto en evidencia que el Gobierno brasileño defiende los intereses de las instituciones internacionales y las grandes corporaciones empresariales. Esta ha sido la vía de crecimiento económico que ha emprendido el país. Para Walter Altino el descontento social ha sido motivado “por la mediocridad de la política provocada por el pacto entre la izquierda tradicional y el sostenimiento de una sociedad de consumo… La misma izquierda que se posicionó al lado de las masas defendiendo otro modelo: defendiendo otro modelo de comunicación, defendiendo la ética de la política, defendiendo la reforma agraria”. Aparece un problema de representación política y una crisis de identidad nacional por el rumbo que ha adoptado el país. Una crisis que está haciendo que la sociedad brasileira se replantee binomios que parecían claros hasta la fecha: derecha e izquierda, público y privado, ricos y pobres.


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Sobre Mercedes Durá Lizán

Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas por la Universidad de Alicante y licenciada en Antropología Social y Cultural por la Universidad Miguel Hernández de Elche. En la actualidad, está terminado la Licenciatura en Periodismo en la Universidad Federal de Bahía (Brasil). Ha trabajado durante seis años en el mundo de la publicidad y el diseño gráfico. Redacta el blog etnocomunicacion.tk