Egipto, el extraño golpe

Egipto, Getty Images.

Ciudadanos egipcios celebrando junto con soldados de la Guardia Republicana la deposición de Mursi. Foto: Getty Images.

Por Silvia Rubio Taberné*.

Hoy veía fotos, imágenes de jóvenes abrazando a militares, niños al lado de uniformados, personas de todas las edades festejando una victoria por las calles. Sonrisas, algún que otro lloro de felicidad. Una nueva página histórica que escribir; sobre todo, una que pasar.

Estás imágenes podrían ser de hoy mismo en Egipto, pero son en blanco y negro y pertenecen a Portugal en 1974. Un golpe de Estado que ha pasado a la historia como ‘la revolución de los claveles’. Hay un hecho de facto: militares que toman el poder y destituyen al Gobierno de turno pero, aquí vienen los juegos de la Historia, un golpe de Estado apoyado por una amplia base social cansada de falta de libertades y oportunidades sociales.

La Historia no da muchos ejemplos más de este tipo de golpes extraños. Pero como dicen aquello de que las reglas están para romperse, parece que Egipto se suma a esta escasa lista. Lo que ha ocurrido desde el pasado 30 de junio era una situación anunciada. El malestar de la sociedad era evidente, la pérdida del miedo que llevó a la caída de Mubarak ha vuelto a ser necesaria para salir nuevamente a la calle contra un año de Hermandad en el poder en el que, para la gran mayoría, nada ha cambiado.

Ha vuelto a ser buena parte de los jóvenes egipcios los que han abarrotado la famosa plaza Tahrir para, como dicen ellos, completar lo que empezó hace dos años y medio: su revolución.  Y el ejército, esta vez de forma más contundente, ha tomado partido.

No se engañen, no es un acto de puro altruismo. Como todo ejército, el egipcio busca estabilidad y mantener sus privilegios. Anticipándose a que ambos factores flaqueen, parece que ha decidido convertirse de nuevo en protagonista de la película.

Porque efectivamente lo de Portugal o Egipto son golpes de Estado, pero si intentamos mirar un poco más lejos, si no nos quedamos en los grandes titulares, encontraremos que esas primaveras árabes que tanto se celebraron en el mundo y lo que ha ocurrido desde el pasado 30 de junio se escapan de las definiciones clásicas.

Los Hermanos Musulmanes, fundados en 1928, eran la única institución sólidamente formada y con penetración social tras la caída de Mubarak. Años de represión, sin posibilidad de oposición o acceso a elecciones, más la inteligencia de sus líderes (que nunca promovieron las revueltas sociales –amparados en una cómoda situación con el régimen-, pero que se adhirieron a ellas cuando se cantaban los minutos de la caída del último faraón), hicieron de la Hermandad para una mayoría, especialmente en las clases más populares, la única fuerza que conocían y, por tanto, digna de ser votada en las elecciones.

Aupado por una mayoría que sólo pedía ‘pan, paz y justicia social’, y dejando de lado las denuncias de compra de votos o las imágenes de Hermanos dando pan en las colas de las votaciones a cambio de su voto, la Hermandad conseguía un 51% de los votos y Morsi se presentaba como “el presidente de todos los egipcios”.

Pero un año después, lo cierto es que Egipto es un país en práctica bancarrota, con una tasa de paro incluso mayor que en 2011, con una moneda depreciada y sin una luz al final del túnel de la pobreza y exclusión social. Además, el anunciado Gobierno de consenso ha quedado en estructuras similares a las del exdictador. Muchos personajes del antiguo régimen conservaron sus puestos y la Hermandad, en este año, ha ido acumulando más poder.

A ello se añaden los intentos por obtener grandes cuotas a nivel más personal. Cabe destacar en esta línea el famoso decreto del 22 de noviembre, por el que se planteaba la inmunidad del presidente. Al final, Morsi tuvo que echarse atrás por las protestas. No fue el único escándalo, ya que la reforma de la Constitución dejaba fuera muchas de las demandas sociales, con artículos como, por ejemplo, los referidos a la mujer, que se podían leer de múltiples formas y dejaban hueco a innumerables abusos. El resultado, en pleno llamamiento al boicot, se reflejó en su escasa participación a la hora de aprobarla: apenas un 33% del censo electoral.

Adel Mohamed al Jayat

Además, las críticas sobre cómo estaba blindándose con seguidores de la Hermandad y de los salafistas en los principales puestos de poder no quedaban desmentidas con decisiones como la de mediados del mes pasado, cuando por decreto presidencial eligió a dedo y sin consultar a 17 gobernadores.

Diez eran de Justicia y Libertad –brazo político de los HHMM- y otro levantaba todavía más polémica: el miembro del ultraconservador Construcción y Desarrollo, Adel Mohamed al Jayat, como gobernador de la turística Luxor. Este personaje fue dirigente en los años 90 del desaparecido grupo Al Gama al Islamiya,que sembró el terror en esa década con sangrientos actos terroristas, entre ellos el que se saldó con la vida de más de 60 extranjeros, precisamente en un templo de Luxor.

Ejemplos como estos hacen que, si nos adentramos en peleas semánticas, nos preguntemos por el concepto de democracia. ¿Existe una confusión entre conseguir una mayoría de votos y la democracia? Si entendemos esta última como la defensa y validez de una serie de derechos fundamentales y la participación principal de la sociedad en el gobierno del país, el presidente, como servidor público, puede verse ‘despedido’ por aquellos que le han votado si no cumple su parte del contrato.

Aquellos en los que se apoyó para llegar al Gobierno (y que el 30 de junio calificaba como vándalos y violentos) han dicho ‘basta’. Se puede hablar de un golpe a una democracia representativa por otros valores y factores, que ustedes tendrán que colocar en mayor o menor importancia: la libertad y la lucha por una vida mejor.

Tras el derrocamiento anunciado -otra disparidad con golpes de Estado al uso al que Morsi se negó a escuchar-, el militar al-Sisi se ha cuidado de no cometer los errores de su predecesor, dejando al mando a la figura que en estos momentos era la más coherente, el presidente del Tribunal Constitucional Supremo, Adli Mansur. Además buscó antes del término del ultimátum hablar con los Hermanos, que se negaron a dialogar, aunque a la vez ofrecían, demasiado tarde ya, un gobierno de consenso, algo contradictorio nuevamente.

Además, al-Sisi no salió solo. Hay que destacar el respaldo, durante el anuncio del derrocamiento, del jeque de la institución islámica de Al Azhar, Ahmed al Tayeb; el papa copto, Teodoro II; y el representante de la oposición, Mohamed El Baradei.

Ahora quedan por delante muchas dudas y algunos miedos. ¿En qué posición queda el islam político? ¿Cuál será el papel de los Hermanos Musulmanes y qué harán ante su nueva situación? Saben que no cuentan con los apoyos necesarios, a pesar de su potencia económica y seguidores, para un enfrentamiento directo, aunque avisan de actos de resistencia cuyo máximo perdedor será de nuevo Egipto en su totalidad. Su objetivo es proclamado por sus propios líderes: no exclaman ‘el alma por la democracia egipcia’, sino por Morsi.

Pero también es verdad que su capacidad de penetración y movilización fue evidente para salir ganadores hace un año y, ahora mismo, lo es en las calles de Egipto. Intentar minimizar u ‘olvidar’ su calado social, con medidas como el cierre de sus canales de expresión, no es una solución a largo plazo. Un proceso democrático sin tenerles en cuenta sería un error fatal para el país, ya que es evidente el peligro de radicalización de algunos de sus sectores.

El peligro de que sean capaces de presentarse como víctimas para movilizar ayudas internas y externas es claro. No contar con ellos, también. Algunos elementos están utilizando uno de los factores que más cohesión levanta en la sociedad: la religión. Algunos intentan convertir lo que hoy estamos viviendo en una lucha pro y anti islam, en un mercadeo barato de la religión tan absurdo que no resiste un análisis mínimo.

Es seguro que no será fácil sacar a Egipto de las dificultades, pero además el Gobierno que salga nuevamente de las urnas deberá ir con guante de seda para rebajar enfrentamientos, en una difícil búsqueda de equilibrio, teniendo en cuenta las divisiones que se empiezan a atisbar en los firmantes de la Hoja de Ruta planteada por el ejército –al Nur rechazando a al Baradei como primer ministro interino- y a sabiendas de que el pueblo está vigilante. Además, a todo ello se añaden las prisas de la necesidad, por lo que  habrá que estar atentos a la postura del ejército para saber si realmente apuestan por una nueva democracia o deciden tomarse la justicia por su mano y repetir las décadas de gobierno militar, algo que los propios revolucionarios de Tahrir no quieren y que ya demostraron.

Esto, que alguno se empeña en llamar golpe de Estado contra la democracia, puede ser realmente la mayor muestra de búsqueda de una democracia auténtica. Pero, desde luego, no se puede envidiar la ingente tarea que le queda por pasar a Egipto y su pueblo.

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*Silvia Rubio Taberné es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Comunicación y Conflictos Armados. Ha trabajado en los diarios El Mundo y Público. Actualmente, comprometida con Café Karnak.


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