Ideas, incertidumbres e inquietudes sobre lo que está sucediendo en Egipto

Miles de personas protestaron el pasado 30 de junio contra los Hermanos Musulmanes y el presidente Mursi en Egipto. Foto: Flickr Zeinab Mohamed.

Miles de personas protestaron el pasado 30 de junio contra los Hermanos Musulmanes y el presidente Mursi en Egipto. Foto: Flickr Zeinab Mohamed.

 

1. Egipto es un país clave en Oriente Medio y para el proceso de revueltas árabes iniciado en 2011. Por muchas razones. Por el peso de una nación histórica en la zona, por ser el país más poblado del mundo árabo-musulmán, por su liderazgo panarabista durante unos años y luego, por su acuerdo con Israel. Su lugar en Oriente Medio está llamado al liderazgo. Y más, desde que el 25 de junio de 2011 un movimiento popular, aprovechando las contradicciones del régimen lograra forzar la salida de Mubarak. También porque desde el 30 de junio de 2012, Mursi al frente del partido Libertad y Justicia suponía toda una experiencia para un islam político gobernante después de unas elecciones. Todo lo que ha sucedido y lo que pueda suceder a partir de los nuevos hechos afectará a las revueltas y revoluciones árabes y a todo Oriente Medio.

2. Todo es muy confuso y está lleno de claroscuros. ¿Hay que evidenciarlo? Desde el 30 de junio, todo el planeta ha mirado lo que está sucediendo en la plaza Tahrir, en El Cairo y todo Egipto. Las millonarias manifestaciones organizadas por el movimiento Tamarod (‘Rebelión’), a las que asistieron entre 14 y 22 millones de personas de un país cercano a 90 millones, tras la también millonaria recogida de firmas pidiendo la dimisión de Mohammed Mursi con entre 15 y 22 millones de firmas, culminaron con el pronunciamiento y golpe del ejército egipcio y el derrocamiento y arresto del presidente, además del cierre de canales de televisión y la detención de integrantes de los Hermanos Musulmanes.

Golpe que tuvo el apoyo de fuerzas tan distintas como revolucionarios con un proyecto de cambio total de la sociedad, fuerzas liberales, mubarakistas, nacionalistas, partidarios del partido salafista Al Nour, representantes de la iglesia copta o la Universidad de Al Azahar.  Es decir, todo un abanico de posturas con causas muy distintas, a veces contrapuestas. Algunos activistas egipcios han señalado cómo el ejército utilizó parte de las movilizaciones en su propio beneficio para acabar con el gobierno de su tradicional enemigo político en los últimos años de la historia de Egipto.

3. Desde el principio de la revolución egipcia del 25 de enero hay, al menos, cinco grandes fuerzas sociales en el país: mubarakistas, ejército, jóvenes activistas repartidos en varios movimientos, opositores nacionalistas y liberales y varios grupos islamistas. Y en medio, gran parte de la población que desea vivir con dignidad, sin corrupción y con seguridad. Estos grupos no son ni mucho menos homogéneos, pero sobre sus alianzas y confluencias han girado los dos últimos años y medio de la vida en Egipto. Si en 2011 la confluencia de movimientos sociales –Kefaya, 6 de abril, sindicales y muchos otros- con bases islamistas, más la aparición al final de la dirección de los Hermanos Musulmanes,  fue decisiva para que el Ejército forzara la caída de Mubarak, este junio de 2013 ha sido la suma de la  heterogénea confluencia de grupos antes citada. El punto inicial de agrupación de las fuerzas del 30 de junio hay que situarlo en las protestas contra la decisión de Mursi de blindarse y arrogarse todos los poderes en noviembre de 2012.  Las alianzas cambiantes entre estos grupos sociales han marcado el peso de las protestas.

4. Sobre ellos, hay que anotar varios comentarios. El proceso nacido tras el 25 de enero ha fallado en crear unas condiciones políticas, amplias y representativas de una sociedad tan plural como la egipcia. Y con la necesidad de unos primeros años claves para asentar las bases del nuevo juego político tras la dictadura. El ejército trató, y trata, de amarrar al máximo sus privilegios económicos y de poder, situándose fuera de su alianza con Mubarak –como si este no hubiera salido de su cúpula- y con la línea roja de los acuerdos con Israel y EE.UU.

Los Hermanos Musulmanes han fallado ante muchos egipcios, que han sentido que solo gobernaban para sus votantes y su proyecto político y para los que estaban creando las bases de una futura y nueva dictadura con un proyecto de sociedad totalitario e impositivo. A su vez, han cambiado su actuación ante la competencia con los partidos salafistas. El conglomerado de fuerzas de oposición agrupadas en el Frente Nacional de Salvación ha intentado solventar la fragmentación de las primeras elecciones, a costa de una organización que ha vuelto a dar cabida a los partidarios del antiguo régimen. Para otros egipcios, su apuesta por derrocar a Mursi desde noviembre, más allá de estar en contra del decreto de poderes absolutos para el presidente o posturas concretas ante la Constitución, ha marcado una impronta de oposición desestabilizadora.

5. El golpe, pese al apoyo popular, asesta un duro revés a todo el proceso en el país y en la región. Lo ideal hubiera sido que se hubiera generado más consenso en el proceso político de todos los partidos y sectores políticos que poco a poco hubiera arrinconado a la antigua dictadura y creado reglas comunes del juego democrático. Que Morsi hubiera sido sensible a unas movilizaciones gigantescas que demandaban gobernar para toda la población y hubiera negociado con las oposiciones y que el ejército hubiera ido perdiendo su poder político.

Todo ello, sin volver a un golpe que sitúa al país en un callejón sin salida. O se integra a proyectos políticos distintos, o se imponen por la fuerza, como ha sucedido con el golpe. Para aquellos que se han sentido agradecidos pues se libraban del proyecto político de los Hermanos, que detestaban por razones muy distintas, puede tratarse de un peligroso “abrazo del oso”, como ya criticaron algunos al final del año y medio de transición con la Junta Militar al frente.  El desgaste político del partido político de los Hermanos Musulmanes podía traducirse en un cambio político, que les hubiera dado gran legitimidad democrática. Ahora, si los descabezados Hermanos Musulmanes no están integrados en el nuevo proceso, y es difícil que lo estén a corto plazo, para una parte de la población el juego volverá a estar viciado, con un mensaje implícito de que no podrán gobernar nunca, pese a ganar elecciones…

Ganar unas elecciones no debería suponer imponer un proyecto a toda una población. Hay que tener en cuenta leyes, poderes distintos, derechos individuales… pero no dejar gobernar a quienes hayan ganado vuelve a introducir a la zona en un callejón sin salida, entre dos proyectos que pueden ser totalitarios, como ya lo han sido en lugares y tiempos distintos. Y fuera de las demandas democráticas, de dignidad y reparto económico. El peligro de una involución, del uso de la fuerza o de una vuelta a dictaduras (no se sabe de qué signo) está sobre la mesa. A la vez, influye en el proceso de cómo viven los y las árabes su relación con la religión, sus derechos individuales y religiosos.

Captura de pantalla de la declaración televisada del general Abdel Fattah El-Sisi, actual ministro de defensa y comandante supremo del ejército egipcio.

Captura de pantalla de la declaración televisada del general Abdel Fattah El-Sisi, actual ministro de defensa y comandante supremo del ejército egipcio.

6. Las reacciones internacionales han estado marcadas por el más puro y duro interés de Estado. Todos los países de la zona y el resto de la comunidad internacional llevan jugando partidas a varias manos desde que las realidades les cambiaron bajo los pies en 2011. Todos intentan salvaguardar sus intereses políticos y económicos en un entorno incierto.

De manera muy resumida, podemos decir que EE.UU., que viene perdiendo peso como potencia internacional hegemónica, no desea situarse en primera línea. Desde la crítica a nuevas alianzas con los partidos islamistas gobernantes al supuesto conocimiento de la actuación de un ejército, el egipcio, con el que tiene fluidas relaciones, está claro que opta por las líneas rojas de mantener poder, influencia y apoyo a Israel. La Unión Europea está sumida en una crisis que ahonda en su tradicional división de política exterior, lo que le ata cada vez más a la postura de Estados Unidos. Ambos no han querido condenar el golpe. Arabia Saudí ha respirado aliviada de que no se extienda un proceso democratizador que podría señalar al país más retrógrado de la región y a la vez, de quitarse competencia entre los proyectos de uso político de la religión. Siria, porque al Assad entiende que le da aire un nuevo gobierno que no le cuestiona, de hecho ha vuelto a establecer relaciones, y le permite ocultar las matanzas contra su población y situar sus problemas en el campo que le interesa, el sectarismo. En Turquía han sorprendido las críticas al golpe tanto de partidos laicos como religiosos, quizá por una experiencia histórica que ya no tolera más pronunciamientos militares. A la vez, el gobernante AKP debería tomar nota de que gran parte de su población no acepta que se le imponga un modelo social de la otra mitad, algo que reclamó durante largos y oscuros años. En otros países musulmanes, la respuesta ha sido más de parte, a favor o en contra de partidos religiosos.

7. Y lo más importante es saber si estos acontecimientos echarán más tierra encima de las exigencias de “pan, dignidad y justicia social” gritadas desde 2011.  Si es un paso más en un complejo y seguramente largo proceso de cambio, como confían muchos de los activistas de Tahrir empoderados por las movilizaciones populares y confiados en poder controlar al Ejército, o se encamina a una involución hacia la anterior u otros modelos de dictadura. En todo caso, la solución de los problemas económicos en Egipto parece acuciante y muy difícil a corto plazo. Con la economía paralizada por el periodo de crisis y con unas bases de gran dependencia, corrupción y liberalización forzada desde hace dos decenios, al menos, la nueva situación política, permite, al menos,  poder protestar y demandar cambios. Será clave lo que la sociedad egipcia apoye, lo que sea capaz de aguantar movilizada o a quién seguir, si proyectos de cambio más profundo, democracia u otros que les prometan seguridades. Y ahí los grupos activistas tendrán un (aun más) duro trabajo en la calle, y de ánalisis de su complicada y confusa realidad con partidos políticos, ejército e influencias externas.

Todas las sociedades tienen posibilidades de desarrollo y también sus propios demonios.  En el caso de Oriente Medio, además de la complejidad de enfrentarse a grupos políticos con mucha experiencia, nos encontramos ante, posiblemente, la zona del mundo con más manos encima, con más intereses de otros países interviniendo en las vidas de las personas. Esto dificulta aún más procesos como los de las revueltas y revoluciones árabes iniciadas en la ruptura del miedo de miles de personas y activistas con gran Valentía.  Tanta como la que están demostrando las mujeres egipcias ante la oleada de acoso sexual y violaciones que han vuelto a sufrir durante junio y julio, pero que no les están impidiendo gritar y participar en las movilizaciones, acompañadas por grupos y personas que intentan evitar esa barbarie.


Compártelo:

Follow me on Twitter

Sobre David Perejil

Periodista “profesional y vocacional”, bloguero, activista de derechos humanos y persona preocupada por los problemas de su país y de los de muchos otros en todo el mundo. En los últimos temas se ha volcado en asuntos del mundo árabo-musulmán, especialmente en el conflicto entre Israel y Palestina.