Bordados y cruces contra los feminicidios (II)

Casi 150 mujeres han sido asesinadas en el estado de Puebla (100 km al sureste del Distrito Federal) en los dos últimos años. Mujeres del mundo del arte, del periodismo, del ámbito académico y del activismo trabajan para visibilizar y combatir los crímenes machistas.

Por David Villafranca*.

Puebla, MÉXICO

Entre la impunidad y la normalización de la violencia

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Pañuelo que recuerda uno de los feminicidios cometidos en Puebla. Fotografía: Bordando por la Paz

“Nos están asesinando y a nadie le importa”. Así describe Natalí Hernández, una de las integrantes del Comité contra los feminicidios, la situación de desprotección de las mujeres en Puebla, el quinto estado más poblado de México con más de 5 millones y medio de habitantes. No sólo han aumentado los feminicidios, sino que a menudo los crímenes o no se investigan o quedan sin resolverse.

Lourdes Pérez Oseguera es socióloga de la Universidad Iberoamericana de Puebla y en 2012 participó en un estudio patrocinado por la Comisión nacional para prevenir y erradicar la violencia contra las mujeres. Ella coordinó la parte que investigaba la Zona Golfo (Puebla, Tabasco, Tlaxcala y Veracruz) y su conclusión no pudo ser más rotunda: “Ante la pregunta de cuáles son las causas de la violencia hacia las mujeres, la respuesta fue casi unánime: la impunidad”.

“Hay una brecha muy grande entre lo que la ley estipula y lo que las autoridades hacen”, apunta Pérez Oseguera. Resultan muy preocupantes la pasividad y la desidia de las instituciones. Vianeth Rojas explica que la fiscalía de Puebla declaró hace unas semanas que no había emitido ninguna orden de protección a mujeres por casos de violencia. En realidad, no podía emitir ninguna porque esa tarea le corresponde a los jueces. “No saben lo que tienen que hacer, nadie sabe cuál es el plan”, se queja Rojas.

En noviembre de 2012, Puebla tipificó el delito de feminicidio. Sin embargo, lo que parecía una victoria derivó en más problemas de impunidad. “Lo que creó fue una incertidumbre jurídica”, aclara Vianeth. Según los activistas, la tipificación era ambigua, ya que se basaba en conceptos como las “razones de género” o “el odio y la aversión”, que resultan muy difíciles de medir y juzgar.

Otro reproche a las autoridades es la falta de información y los fallos en el recuento de feminicidios. Por ello, activistas e instituciones académicas realizan su propio recuento revisando la “nota roja”, es decir, las noticias de los medios sensacionalistas en los que aparecen los crímenes. No obstante, ni esos medios son la fuente definitiva, ya que no llegan a las zonas rurales, donde se cree que puede haber aún más feminicidios. “No tenemos los recursos ni el tiempo para suplir las carencias de la administración”, afirma Virginia Mayorga. “Pero sí podemos vigilar si cumplen con sus obligaciones”.

A todo lo anterior, se suma la extendida corrupción y las sospechas de misoginia y machismo en los propios funcionarios. “Muchas veces hablan de si la mujer asesinada es puta, si bebe, si sale, si tiene muchos novios…pero nada de eso justifica ni la muerte ni la violencia”, subraya la periodista Mely Arellano.

Con este panorama, el mayor peligro es creer que la violencia machista es algo inevitable. “Hay mucha normalización e indeferencia en Puebla”, explica Mely Arellano. “La gente dice: ‘no estamos como en el norte del país’.  Y sí, somos conscientes de ello y de que también hay otros estados con problemas más serios como Morelos, Guanajuato y Oaxaca. Pero precisamente porque no queremos llegar a su nivel es que hemos tratado de visibilizar la situación”.

Lourdes Pérez Oseguera subraya la existencia de un “machismo invisible” que impregna la sociedad: “El feminicidio es la culminación de un largo proceso de agravio y de violencia”. Se refiere al acoso, las amenazas y los chantajes que sufren las mujeres. En su opinión, la violencia contra las mujeres en Puebla no está tan relacionada con el narcotráfico o la trata de personas como en el norte del país, sino que responde más a conductas sociales marcadas por el machismo y la misoginia.

A diferencia de los feminicidios, que son cifras frías y concretas, esas formas “sutiles” de “machismo invisible” pueden pasar desapercibidas pero son claves en el proceso de humillación. “No llega un sujeto de un día a otro y mata a una mujer. El sujeto que agrede es porque lleva una relación de pareja, de trabajo, de conocer a la víctima, y la mujer tarda en reaccionar o cree que puede cambiar el sujeto”, afirma la socióloga. Los datos del Instituto Nacional de Estadística parecen darle la razón: 9 de cada 10 mujeres de la ciudad de Puebla declaran haber sufrido algún tipo de intimidación sexual.

Por una ciudadanía concienciada

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Señor bordando por los feminicidios en Puebla. Fotografía: Comité contra el Feminicidio en Puebla.

Si hay algo que une a todas las mujeres que luchan contra los feminicidios en Puebla es su optimismo. Ni el desprecio de las autoridades ni el machismo que las rodea hacen que pierdan la esperanza. Ellas se mantienen en pie repitiendo palabras día tras día que muestran el camino a seguir: ciudadanía, conciencia, derechos, denuncia, justicia, compromiso, dignidad.

Desde el portal Lado B, Mely Arellano y sus compañeros apuestan por un periodismo diferente que denuncie la tragedia de los feminicidios. “Estábamos muy hartos de trabajar en un periódico con unos intereses”.

Lado B pone el acento en temas de género, de transparencia, de diversidad sexual y de respeto a los derechos humanos, algo no muy normal para un medio local. Fue precisamente Mely quien escribió un texto sobre el asesinato de Guadalupe Abigail con un comienzo desgarrador: “Por el momento te llaman Desconocida Número 1, pero hasta hace unos días te decían Luci o Mari, o quizás Daniela, o Sofía, o Gabriela…”.

Por su parte, Rosa Borrás considera que sus pañuelos están ayudando a crear conciencia. “Los bordados son un lienzo donde la gente puede expresar su frustración y hartazgo, pero sí dan esperanza, dan una voz: crean ciudadanía”.

Y también sirven, de alguna manera, para paliar la sed de justicia de la gente. Rosa recuerda emocionada el caso de un hombre que fue un día a la plaza. Tras un rato observando los pañuelos, Rosa se acercó a hablar con él. El señor, un bolero ya mayor, le contó el caso de su sobrina de 11 años que fue violada y asesinada por unos vecinos que luego pagaron a los jueces y salieron libres. “No hubo justicia: violaron y mataron a mi sobrina”, decía. Rosa tomó nota y al domingo siguiente el señor vio el pañuelo bordado con la historia de su sobrina. “Se le iluminó la cara al ver que alguien había prestado atención a su sobrina. Era una manera de hacer justicia. Sólo de recordar su cara, me dan ganas de llorar”, cuenta Rosa con los ojos brillando.

En el comité dicen que reciben el apoyo de la comunidad a través de las redes sociales. Y aunque todavía hay muy pocos hombres, cada vez se ven más en los bordados y las acciones públicas. Desde la universidad, Lourdes resalta el papel de la educación y pide que las mujeres se hagan respetar: “Se tienen que posicionar como sujetas, que alcen la voz para reclamar derechos y que pongan freno a las relaciones de violencia”.

Sin embargo, el trabajo que hacen las mujeres de Puebla también repercute en sus propias vidas. “Tenemos miedo. Hace poco que existe el comité y a veces tengo crisis de angustia, estrés, paranoia. Nos está pasando al grupo”, dice Vianeth. “El tema de los feminicidios es muy fuerte y mueve muchas cosas personales”, aclara Mely.

A veces resulta demasiado pesada la carga emocional y Rosa Borrás tuvo que salir del comité para colaborar desde de la distancia. Un día, repasando “la nota roja”, pensó que estaba revisando los mismos casos una y otra vez. En realidad no era así, sino que había muchos asesinatos similares. “Cuando me di cuenta, me dolió mucho. Fue un shock y tuve que alejarme”, recuerda con voz frágil. “Es muy duro psicológicamente. A mí me cuesta mucho y lloro, lloro y lloro”. Por eso, cada mujer tiene su “terapia de resistencia” y Rosa tiene muy clara la suya: “¿Cómo salgo de esto? ¡Pues bordando!”.

Casi cinco meses después, los vecinos siguen colocando la basura en el lugar donde apareció el cuerpo de Guadalupe Abigail. Sin embargo, el cruce de 8 Poniente y 13 Norte tiene algo que llama la atención: una cruz de madera y una placa que recuerda que ahí se cometió un feminicidio. “Se pueden ir cambiando las cosas, aunque sean poquitas acciones”, reclama segura Vianeth. Como ella, Mely, Rosa, Lourdes, Virginia y muchas más trabajan para que no se olviden los asesinatos de Thalía o Patricia. Mujeres, en definitiva, luchando para que algún día en Puebla no haya que colocar cruces en las calles ni bordar pañuelos en las plazas.

  • Actualización

Este reportaje fue elaborado en la segunda quincena de abril de 2013. Desde entonces, sucedieron algunos hechos que deben ser mencionados.

El 27 de abril, tuvo lugar una protesta en el Zócalo durante el concierto de Willie Colón. Se extendió una pancarta con el lema “164 feminicidios con Moreno Valle. Gobierno cómplice y asesino”. Algunos miembros de seguridad intentaron retirarla sin éxito.

El 3 de mayo, las diputadas federales del PRI Rocío García Olmedo y Guadalupe Vargas Vargas exigieron al gobernador Rafael Moreno Valle y al procurador Víctor Carrnacá Bourget un informe acerca de las cifras de feminicidio en Puebla.

Cuatro días antes, el 29 de abril, apareció el cuerpo sin vida de Elizabeth, de 41 años. La golpearon y la arrojaron a un barranco. A finales de mayo, los últimos datos de los activistas elevan a 19 el número de mujeres muertas en 2013 en Puebla.

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*David Villafranca (@d_villafranca) es estudiante de Periodismo y Comunicación Audiovisual en la Universidad Carlos III de Madrid. En la actualidad es becario en el diario El Universal  (México) y colabora con medios como El Heraldo de Aragón. Web personal: http://eneltianguis.wordpress.com/


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