Egipto: la primavera inacabada

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La plaza Tahrir en 2013. Fotografía: Silvia Rubio Taberné.

Por Silvia Rubio Taberné.*

El Cairo, EGIPTO// Llegar (por fin) a que el chico de la gasolinera te atienda es casi un acto de fe para un extranjero, porque el chaval te atiende con la manguera en una mano, el móvil en otra y un pitillo barato entre los labios. Pero en Egipto esto, que los niños corran sin mirar entre los coches o el simple hecho de cruzar en la tumultuosa ciudad de El Cairo, no es lo sorprendente. Sí lo es, para todos los que depositaron sus esperanzas en el lema  ‘Pan, libertad y justicia social’, que la situación en el país siga en el límite.

Las colas insoportables bajo el calor en busca de combustible para el coche se han convertido en uno de los actos de resistencia para cualquier egipcio, incapaces de saber si, cuando les toque su turno, quedará alguna gota que echar al coche. La situación recuerda a las páginas de Taxi, de Al Khamissi, cuando rememora las largas esperas y las bromas de los taxistas en el verano de 2006.

Y es que la vida del egipcio de a pie sigue siendo una eterna espera. El combustible es un ejemplo más de un país donde las necesidades en forma de materias primas, y por ende de alimentos tan básicos como el pan, le empujaron a una revolución alentada por la desesperación, que hoy es un recuerdo entre derrotista y reivindicativo.

Una espera más es la del juicio de Hosni Mubarak, que se reanudó el pasado sábado, 11 de mayo. El mes anterior, los egipcios se mostraron sorprendidos ante la libertad condicional decretada contra el ex dictador por las muertes de cerca de 850 personas en tan solo los primeros 18 días de la revuelta. Ahora el ex presidente tendrá que responder además por los cargos de corrupción que se le imputan.

Y aunque el interés es evidente, al egipcio de a pie lo que realmente le preocupa es saber si algún cambio político le ayudará a llegar a fin de mes. En casi todos los países del norte de África, una familia puede gastarse de un 30% a 60% de lo que ganan en alimentos, unas cifras que no han mejorado con la caída de Mubarak y la llegada al poder de los Hermanos Musulmanes.

A esto hay que sumar el paro, imposible de cuantificar en cifras, pues no existen datos fidedignos al respecto, pero reconocible en el incremento de indigentes, jóvenes que se marchan a probar suerte en los países del Golfo o el aumento de la pillería, especialmente en lugares turísticos.

La depreciación de la libra egipcia es otro claro síntoma de la crisis que atraviesa el país, así como la sombra del rescate por parte del Fondo Monetario Internacional -que según declaraciones del presidente Morsi a la agencia Efe, es un préstamo de 4.800 millones de dólares que llevará a la “racionalización de los subsidios”, especialmente de los energéticos- son factores que hacen de aquel ‘pan, libertad y justicia social’ un lema para el que se ve lejos una respuesta.

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Grafitis en la fachada del sindicato de periodistas en El Cairo. Fotografía: Silvia Rubio Taberné.

Pongamos otro ejemplo. El turismo, uno de los grandes sectores y reclamos del país, languidece desde hace dos años. Jóvenes formados que se encargaban recientemente de hasta 30 turistas ahora ofrecen servicios casi personalizados o a grupos de menos de 15… y eso los que tienen la suerte de trabajar. La crisis económica mundial, más la inestabilidad reflejada en los informativos de televisión, hacen que hayan desaparecido ahora las colas que se formaban para entrar en lugares como las Pirámides de Gizah.

Y todo el entramado turístico con el que sobrevivían no sólo guías, sino también vendedores ambulantes y tiendas de souvenirs, han hecho que las reglas de regateo hayan cambiado: ahora lo que sobra son los papiros o estatuillas de recuerdo, que regalan a manos llenas antes de rebajar los precios.

¿Y a nivel de derechos? Parece que la justicia social o los derechos de las mujeres no son una preocupación imperante para un gobierno agobiado por la situación económica y en busca de un reconocimiento y posición regional e internacional. No ha escuchado las peticiones de cambio en el gabinete de figuras clave como las del ministro de Comunicación o de Seguridad; maquillando y acumulando más poder con la última renovación de nueve ministerios a través de nombramientos a dedo de miembros de la Hermandad o seguidores de ésta, sin importar que estén suficientemente preparados para los cargos o no.

Tampoco se han escuchado las protestas -entre otros, de los jóvenes de Tahrir, promotores de las revueltas- reclamando la supresión del artículo 2 sobre la supremacía de la sharia como fuente principal de la legislación, un tema controvertido no por la sharia en sí, sino por la interpretación que los Hermanos Musulmanes u otro gobierno puede hacer de ella. Además, lejos de arreciar las protestas, éstas y la violencia utilizada para disiparlas continúan. La libertad de expresión se ve amenazada con toques de atención a todos aquellos críticos, como le ocurrió al cómico Bassam Youssef por sus sátiras hacia el presidente.

A día de hoy, los egipcios se dividen entre los que creen que la película es la misma pero con un cambio de director y los que piden tiempo para un órgano ejecutivo que ha recibido un país en mal estado. Sin embargo, la mayoría de ellos se plantea las mismas preguntas: ¿Cuánto más aguantarán los egipcios? ¿La sangre de los heridos en las manifestaciones frente a las sedes de la Hermandad serán un nuevo prolegómeno de otro levantamiento popular?

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*Silvia R. Taberné es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y especializada en Comunicación y Conflictos Armados. Ha trabajado en los diarios El Mundo y Público. Actualmente, comprometida con Café Karnak.


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