La ‘excepción marroquí’

 Por Jaime Giménez*.

Rabat, MARRUECOS// Existe una idea extendida desde hace varias décadas que destaca la singularidad de Marruecos respecto a sus vecinos regionales. Una tradición monárquica milenaria, junto a un sistema político en apariencia más plural que en el resto de Estados árabes, han forjado el poderoso mito de la “excepción marroquí”.

Cuando el 9 de marzo de 2011 el rey Mohamed VI se dirigió a su pueblo prometiendo reformas políticas aperturistas, Marruecos reforzó su imagen de país alejado de las tendencias dominantes en la región a la que pertenece. Mientras que los dirigentes autócratas de Túnez, Egipto, Libia o Yemen se vieron obligados a abandonar el poder, el monarca alauí fue capaz de sortear el terremoto árabe sin bajar de su trono. Las promesas de profundizar la democratización del país y de luchar de manera eficiente contra la corrupción del majzen convencieron a gran parte de los marroquíes que habían participado en las protestas del movimiento 20 de Febrero (20-F).

“En Marruecos es imposible que ocurra lo mismo que en Túnez”, asegura Slimane El Omrani, vicesecretario del Partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD), la formación que lidera el Gobierno desde hace poco más de un año. “Nuestro país, a diferencia de los regímenes árabes que han caído, goza de una monarquía estable desde hace siglos”, añade este dirigente islamista, entrevistado en la sede nacional del partido en Rabat. “Túnez, Libia, Egipto y Siria sufrían una falta importante de democracia, mientras que el problema de Marruecos no era con el sistema, sino con la corrupción”.

Un camino diferente

Desde que en 1962 Hassan II, padre del actual rey, dotara al recién independizado país de una constitución multipartidista, Marruecos comenzó a separarse del modelo general implantado en el mundo árabe. El reino alauí se ha diferenciado tanto de las repúblicas autoritarias panarabistas como de las ‘petromonarquías’ del Golfo. Dentro del contexto regional, el Estado más similar a Marruecos, que cuenta también con una monarquía limitada que tolera un cierto pluralismo político, es Jordania. No obstante, existe una diferencia crucial entre ambos: su legitimidad histórica. Mientras que la dinastía Hachemí llegó al gobierno de Amman tras la descolonización británica sin tener ninguna vinculación previa con el territorio jordano, la familia alauí reina en Marruecos desde el año 1660.

Cuestionada sobre el elemento diferencial entre su país y sus vecinos magrebíes, la activista del 20-F Amina Aabir Terrass lo tiene claro. “Los suyos son sistemas no tan antiguos como el marroquí, que es una herencia, una tradición que forma parte del patrimonio de Marruecos”, afirma en un café de la ruidosa Plaza Yamaa El Fna de Marrakech.

Hassan II.

Hassan II.

Si la dinastía alauí ha ocupado el trono de Marruecos durante tres siglos y medio, el sistema de monarquía hereditaria lleva establecido en el país más occidental de la Umma –término árabe para designar a la comunidad musulmana- más de 1.200 años. Desde el muy lejano 789 d.C. en que Idrís I fundó la primera dinastía marroquí, pasando por el esplendor almorávide y almohade, la insólita resistencia ante el Imperio Otomano y el período de la colonización bicéfala franco-española, la historia nacional ha tenido como hilo conductor la sucesión de familias reinantes, haciendo de Marruecos una excepción a la norma regional.

Desde la independencia y nacimiento del Estado moderno marroquí en 1956, los tres    reyes   alauíes   que   se  han sucedido en el trono han sabido llevar a cabo las maniobras políticas adecuadas para consolidar su poder. Mohamed V, que ostentaba el título de sultán durante los años de dominio europeo, lideró el movimiento popular que obligó a París y Madrid a retirarse de suelo marroquí.

Su popularidad como libertador aumentó aún más cuando Marruecos arrebató a la España de Franco la Franja de Tarfaya, una región del sur del país, fronteriza con el Sáhara Occidental. Hassan II, el hijo de Mohamed V, tuvo precisamente como momento de esplendor de su reinado la ocupación del territorio saharaui a través de la Marcha Verde. Además, Hassan II promulgó varias reformas constitucionales percibidas como aperturistas. Aun así, permitió la entrada de actores críticos en el juego político para después neutralizarlos mediante la cooptación. Finalmente, Mohamed VI, que tomó posesión en 1999, prometió luchar contra la desigualdad y la corrupción,  presentándose a sí mismo como el ‘Rey de los pobres’. Abrió, asimismo, la Instancia de Equidad y Reconciliación para esclarecer los ‘Años de plomo’ del reinado de su padre y distanciarse así de la imagen represora de este. La nueva carta magna de 2011 ha supuesto el último hito en la tradición de ingeniería reformista de los monarcas alauíes.

“Varios pasos por delante”

“Marruecos va varios pasos por delante respecto al resto de países árabes en el proceso de liberalización política, lo cual permite al régimen tener más instrumentos que tocar para mantener el sistema”, declara el especialista Jesús Núñez. “En una sociedad cerrada, Libia o Siria por ejemplo, una vez el statu quo se rompe, el movimiento de cambio lo arrasa todo”, continúa el codirector del Instituto Español de Conflictos y Ayuda Humanitaria (IECAH), para poco después destacar que “Gadafi o Assad no contaban con mecanismos de mediación y de negociación, mientras que Mohamed VI sí los tiene”.

El actual monarca marroquí ha sido capaz de desviar gran parte del descontento popular hacia el majzen, esa élite poítico-económica que maneja los hilos del país en la sombra. No es inusual que el rey haga donaciones a organizaciones caritativas o financie proyectos de la sociedad civil. Para Jesús García-Luengos, coordinador del think tank RESET, “buena parte del pueblo marroquí percibe que el monarca, paradójicamente, es la única figura en la pueden confiar para que solucione sus problemas”. Mohamed VI blinda su capital político “poniendo como escudo a los consejeros reales frente a las críticas y echando la culpa de la corrupción a los políticos”.

Mohamed VI

Mohamed VI, actual monarca alauí.

Por otro lado, los reyes alauíes también cuentan con la legitimidad religiosa, al estar considerados como descendientes directos de Mahoma. Pese a ser una de las demandas de los activistas del 20-F, la nueva constitución no ha despojado a Mohamed VI del título de “Comendador de los Creyentes”.

Este liderazgo espiritual infunde al trono un halo de inviolabilidad que hace aún más difícil la caída del régimen. Los círculos de oposición critican también los estrechos lazos entre el Palacio Real y los institutos armados. El analista político próximo al 20-F Ahmed Benseddik recuerda que “mientras en Túnez y Egipto los ejércitos han demostrado no estar corrompidos, en Marruecos el rey controla la policía y las fuerzas armadas, además de los medios de comunicación”.

Otra de las razones que explican la excepcionalidad marroquí en el convulso contexto de la Primavera Árabe es el escaso grado de alfabetización de sus habitantes. Mientras que en Egipto, Túnez y Siria el porcentaje de adultos que saben leer y escribir ronda el 75  por ciento, en el caso de Marruecos apenas alcanza el 56 por ciento. “Esto explica el diferente nivel de concienciación política entre el resto de países y el nuestro”, asevera Terrass.

En cualquier caso, otros factores apuntan a que Marruecos no es una isla al margen de sus vecinos árabes. La imponente cordillera del Atlas no ha sido capaz de bloquear la influencia del auge del islamismo político que vive toda la región. El PJD, ganador de las elecciones de noviembre de 2011, y Justicia y Espiritualidad, un movimiento sufí que por su enfrentamiento con Palacio no puede acudir a los comicios, representan dos de las mayores fuerzas políticas actuales del país. Aunque, bien es cierto, corrientes rigoristas del islam como el salafismo no han llegado a Marruecos con el mismo ímpetu que a otros lugares.

Pese a no ser inmune a los flujos de su entorno, sí parece claro que el caso marroquí contiene varias singularidades que lo diferencian de sus parientes árabes. El principal rasgo de su excepcionalidad, el longevo sistema monárquico tan acostumbrado a reciclarse para sobrevivir,  podría llegar a ser un buen aliado en el lento proceso de democratización. “Si en Marruecos no acaba habiendo una monarquía constitucional, ¿dónde podría haberla?”, se pregunta Núñez. “El camino que le queda por recorrer al régimen, sea con Mohamed VI o con el siguiente, es mucho menor que para cualquiera de los demás países árabes. No sería raro, por tanto, que tarde o temprano el monarca de turno se decida a dar el paso hacia la democracia plena”, concluye.

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*Jaime Giménez (En Twitter @jaimegsb) es licenciado en Periodismo y Ciencias Políticas por la UCM. Especializado en Relaciones Internacionales, con especial interés en las regiones de América Latina y Oriente Medio. Ha colaborado con el Periódico Diagonal, ElDiario.es y Rebelión.


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