Venezuela: un lugar en el mundo

Por Lídia Díaz-Cardiel*.

Unas semanas después de la muerte de Hugo Chávez, los medios de comunicación retransmiten la expectación ante el futuro de Venezuela y la deriva regional sin su líder: un presidente carismático encargado estos 16 años de dar voz y voto a Suramérica en las políticas internacionales y de permanecer en el punto de mira del espacio mediático mundial.

Cartel de Chávez en Maracaibo (Venezuela). Fotografía: Lídia Díaz-Cardiel.

Cartel de Chávez en Maracaibo (Venezuela). Fotografía: Lídia Díaz-Cardiel.

Hace unos cuantos años, entrelazando opiniones sobre Chávez en una reunión de amigos, alguien hizo una pregunta que aún me ronda en la cabeza: ¿alguno de nosotros es capaz de decir el nombre de algún presidente de Venezuela anterior a Chávez?

El silencio de la ignorancia poco atrevida se apoderó del momento. Pero desde que llegara al poder aquel militar que fracasó en un intento de golpe de Estado y seis años después se convirtió en aclamado presidente reformista, todo el mundo hablaba de Hugo Chávez como si de un conocido se tratase.

Lo cierto es que sus políticas empezaron a ocupar los espacios de información internacional en los periódicos de medio mundo. El presidente venezolano consiguió captar la atención con un discurso provocador, con frases beligerantes contra el enemigo yanki y proclamando “el socialismo del siglo XXI” con compañeros de viaje que en los noventa ya nadie quería, como Fidel Castro.

Muchos ignoraban que los sectores que habían sido marginados durante los gobiernos de derechas, que se alternaron por convenio el poder durante varias décadas en el país, escucharon las proclamas chavistas de reparto de los beneficios del petróleo. Y así, el líder del fracasado golpe de Estado contra el corrupto gobierno de Carlos Andrés Pérez consiguió en sus primeras elecciones el 56,44% de los votos, convenciendo a muchos venezolanos de que otra gestión era posible.

El proyecto nacional de vender petróleo

Lo que inversionistas y petroleras extranjeras ya conocían, empezó el mundo a saber: Venezuela nadaba en petróleo y , ahora, estaba en manos de un militar de clase baja que consiguió llegar al gobierno afirmando que esa riqueza natural debía beneficiar a todos. Y todos eran todos y no sólo unos pocos.

Un pensamiento de izquierdas irrumpía con fuerza en un país con una pobreza general del 62,1% en 2003, pero con una de las mayores reservas de petróleo del mundo. El gobierno chavista se fijó como objetivo “usar el sector más fuerte de nuestra economía, el petrolero, para el desarrollo de otros [sectores]”, según señalaba la empresa estatal Petróleos de Venezuela S.A (PDVSA). Y así comenzaron las llamadas “misiones bolivarianas”, programas de mejora de las condiciones educativas, sanitarias y laborales de las clases medias y bajas.

Estás conmigo o contra mí

Los medios de comunicación venezolanos comenzaron a posicionarse. Diarios como El Nacional o El Universal marcaron su tendencia opositora, por miedo a que la influencia castrista hiciera que Chávez quisiera convertir a la próspera Venezuela en una depauperada Cuba. Mientras, poco a poco, el gobierno retomaba el espacio perdido de la izquierda en los medios de comunicación y Chávez convirtió a la cadena estatal Venezolana Televisión en una cadena más progubernamental que meramente informativa.

Reparto de carne de la estatal Empresa Socialista de Venezuela en el Mercado de las Pulgas de Maracaibo. Fotografía: Lídia Díaz-Cardiel.

Reparto de carne de la estatal Empresa Socialista de Venezuela en el Mercado de las Pulgas de Maracaibo. Fotografía: Lídia Díaz-Cardiel.

El máximo ejemplo de la polarización de la prensa venezolana se reflejó en los tiempos en los que Chávez decidió promover una serie de leyes habilitantes, un símil con los Reales Decretos en España, que aumentaba el poder legislativo de su gobierno.

Muchos fueron los que salieron a las calles a protestar el 11 de abril de 2002, un día que acabó con muertos, heridos y un golpe de Estado. Las grandes televisoras opositoras al chavismo como Venevisión, Globovisión, Televen y la posteriormente cerrada Radio Caracas Televisión (cuya licencia para emitir expiró) proclamaron inmediatamente la caída de Hugo Chávez.

Pero se adelantaron, ya que un sector militar se puso de parte del presidente y lo devolvió al Palacio presidencial de Miraflores. Desde ese momento, el discurso mediático se radicalizó y chavistas y antichavistas cayeron en la descalificación continua y mutua. Y si en las páginas de un diario se refleja ese desacuerdo, quiere decir que en la calle también existe y, por tanto, la sociedad venezolana se dividió hasta llegar al punto del “estás conmigo o estás contra mí”.

El mecanismo mediático internacional de desviar la atención

De la mano del chavismo, Venezuela encuentra su lugar en el mundo, especialmente en Suramérica. La región se reconstruye buscando la interacción recíproca entre países, creando vínculos a niveles bilateral, regional y multilateral, como base del ideal de la revolución bolivariana. Un ejemplo de ello es que, en 2005, desde Caracas comienza la emisión de la cadena Telesur, inspirada en Al Jazeera, con la intención de convertirse en referente informativo de América Latina.

Escribe Pascual Serrano en su libro Objetivo Venezuela que por sus políticas, “si se observa, Venezuela ha tenido una presencia constante en los medios y probablemente haya sido el país latinoamericano al que más tiempo y espacio se le haya dedicado. Cuando los medios deciden estigmatizar y criminalizar a un gobernante, la primera decisión es convertirlo en noticia constante”.

La excesiva atención de los medios de comunicación internacionales a las formas del presidente venezolano desvirtúa la presumida intención de informar. No se puede decir que Hugo Chávez fuese correcto en las formas, pero quizás la política no tiene por qué cumplir los estándares europeos de diplomacia. Para muchos ciudadanos, Chávez será recordado por sus frases extravagantes, pero no tantos sabrán de sus aciertos o desaciertos en política nacional e internacional.

“Que tu voz sea disparo”

Con la muerte de Hugo Chávez el pasado 5 de marzo, muchos homenajeaban al presidente con la canción “Los que mueren por la vida” del cantante Alí Primera. Una treintena de mandatarios asistieron a su funeral. Más de dos millones de personas pasaron por la capilla ardiente para despedirse. Muchos otros se quedaron en casa, respirando hondo pero respetuosos, sabiendo que sólo una enfermedad tan grave podía alejar a Chávez del Gobierno. Otros, los que huyeron del país porque la inseguridad y la corrupción policial no les permitían estar tranquilos ni en sus casas, llamaron a sus familiares para asegurarse de que el país estaba en calma.

Las redes sociales ardían ante el anuncio, todos los medios internacionales informaron de la muerte e hicieron importantes resúmenes de su gestión. Ahora son los venezolanos los encargados de perpetuar una Venezuela sin Chávez, un chavismo sin líder. El interés mediático hasta las próximas elecciones del 14 de abril seguirá centrado en el candidato oficialista Nicolás Maduro y el opositor Henrique Capriles Radonski. Si nos preguntan, seguiremos sabiendo quién es el nuevo presidente de Venezuela hasta que se apaguen los focos de interés en los discursos políticos a contracorriente.

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*Lídia Díaz-Cardiel (@Lcardiel) es periodista y especialista en Información Internacional y Países del  Sur. Tras una breve experiencia en Venezuela, lo más probable es que la encuentres antes como intérprete de lengua de signos que en una redacción. Tiene la curiosidad por bandera y el proceso bolivariano de América Latina como referencia.


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