El maíz mexicano en manos de las transnacionales (I)

Por Nylva Hiruelas*.

El campo mexicano se traslada a la ciudad para protestar contra la posible aprobación por el Ejecutivo priísta de Enrique Peña Nieto de las solicitudes de las empresas biotecnológicas Monsanto y Pioneer Hi-Bred para sembrar maíz transgénico a escala comercial.

La Universidad Nacional Autónoma de México acogió el pasado jueves, 7 de febrero, un debate público sobre el maíz modificado genéticamente al que se negaron a asistir las autoridades. Campesinos de la Unión Nacional de Organizaciones Regionales Campesinas y Autónomas (UNORCA) realizaron durante la última semana de enero un ayuno colectivo y  marcharon por la ciudad de México al grito de: “¡No al maíz transgénico! ¡Fuera Monsanto!”

La posible aprobación del maíz a escala comercial culminaría un proceso que comenzó en 2009 cuando el Ejecutivo panista de Felipe Calderón puso fin a la moratoria de la siembra de este grano genéticamente modificado. No obstante, la aprobación de esta decisión constituiría el golpe definitivo a una situación que ya era crítica para la pequeña y mediana agricultura como consecuencia de un modelo agroalimentario que tomó definitivamente el rumbo neoliberal con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1993.

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Las tortillas de maíz son uno de los productos básicos de la dieta mexicana. Fuente: El Sol de México.

El maíz en la cultura mesoamericana no solo es una mazorca con granos, ni siquiera es tan solo un alimento, es una cosmovisión: del maíz nacimos los humanos según el libro sagrado de los mayas, Popol Vuh. Son 10.000 años de historia.

“Nuestros maíces nativos son propiedad de los obtentores, que son 330 generaciones de pobladores de Mesoamérica que comenzaron con el teocintle [abuelo del maíz]  hasta llegar al maíz moderno”, relata Antonio Turrent, investigador nacional emérito y presidente de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad (UCCS).

La siembra de maíz transgénico en México es propuesta por sus promotores como la solución al déficit de maíz que México debe importar cada año -unos 10 millones de toneladas- y para aumentar la productividad. El país ha pasado de ser exportador neto de maíz a ser dependiente del grano estadounidense. “¿Podrán los hijos del maíz, los que hacen el maíz que los hizo, resistir la embestida de la industria química, que en el mundo impone su venenosa dictadura?”, se cuestionaba el escritor Eduardo Galeano.

Las multinacionales estadounidenses Monsanto y Pioneer Hi-Bred -subsidiaria de Du Pont-, tras realizar siembras piloto y experimentales de maíz modificado genéticamente en el norte del país, esperan la autorización para la solicitud que presentaron en septiembre del año pasado para sembrar maíz  transgénico a escala comercial sobre más de dos millones de hectáreas en los estados norteños de Sinaloa y Tamaulipas.  “Sería una tragedia nacional”, lamenta Antonio Turrent. Pero lo que disparó todavía más la alarma  entre los científicos fue que más de la mitad de estos terrenos serían sembrados con el gen MON 603 por sus efectos sobre la salud. La decisión que parecía que iba a tomarse durante el mandato panista de Felipe Calderón (2006-2012) se ha postergado hasta la actualidad heredándola el nuevo mandatario priísta del país, Enrique Peña Nieto.

Patentado de semillas, exclusión de campesinos

La siembra de un cultivo transgénico genera mucha controversia, pero en México se dan varias particularidades que encienden más la mecha de la polémica. En primer lugar, este país es centro de origen y diversidad del maíz. En México existen unas 60 especies de maíz y miles de variedades que están adaptadas a las difíciles condiciones de producción pues, como comenta el especialista Turrent, de las 8 millones de hectáreas de maíz que se siembran, 5 millones no son tierras aptas para la agricultura industrial, donde el “único maíz que prospera son las razas nativas”, a lo que añade: “hay millones de familias campesinas que dependen de sus razas nativas de este grano para su seguridad alimentaria”.

Miguel Ángel Damián, investigador del Departamento de Agroecología de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), considera que uno de los principales objetivos que se esconden tras estas solicitudes de las corporaciones es “la contaminación de los maíces nativos”. Antonio Turrent explica que de ser así, “en un futuro no muy lejano cada semilla de maíz contaminada será propiedad de la industria, por lo que el usuario tendrá que pagarles regalías a la industria.  Les conviene que se avance lo más pronto posible”.

A pesar de que Monsanto asegura en su página web que el maíz transgénico no amenazará a las variedades mexicanas del cultivo, estas declaraciones no convencen a los expertos quienes aseguran que la contaminación será inevitable. “Los transgenes provocan una erosión genética, convierten todos los campos en transgénicos, son un cultivo imperialista que no permite que existan otros a su alrededor”, explica Ana de Ita, directora del Centro de Estudios para el Cambio en el Campo Mexicano (Ceccam). Esta contaminación se producirá, según los expertos, porque es un cultivo de polinización cruzada, es decir, una planta fecunda a la otra a través del polen, pero también porque los campesinos intercambian su semilla como método para dotarle de un mayor vigor al maíz.

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A diferencia de otros países en los que el productor vende su grano y vuelve a comprar al año siguiente toda su semilla, “los campesinos mexicanos si encuentran una planta de maíz que ellos piensan que tiene un rasgo que les gustaría que tuviera su maíz, toman la mazorca sin pedirle permiso a nadie, y  se la lleva de regreso a su comunidad para sembrarlas con los maíces de su parcela y cruzarlas”.

Estas explicaciones desmontan el argumento de Monsanto de que no existirá contaminación de maíz nativo con transgenes salvo en las zonas donde allí se cultive y, por lo tanto, desmiente que aquellos que los cultiven será porque han firmado un convenio con la corporación, por el cual se comprometen a que “no guardarán ni volverán a sembrar las semillas que van a producir las plantas que están cultivando. Ellos comprenden la simplicidad básica del convenio que consiste en que a un negocio se le debe de remunerar por los productos que éste genere”.

Y a pesar de que esta multinacional afirme que en el  caso de producirse alguna violación de sus normas tiene la posibilidad de “dirimir la mayoría de estos casos sin ir a los tribunales”. Greenpeace demuestra en el informe Cultivos transgénicos: cero ganancias que hasta 2007 los montos concedidos a esta empresa por 57 juicios contra agricultores estadounidenses sumaron 21.583.431.99 dólares.

“En este caso, las víctimas se vuelven los criminales. Estas empresas pueden entablar juicios en contra de los campesinos, cuando debería ser al revés porque la herencia de sus antepasados está siendo contaminada y apropiada ilegalmente por una empresa que llega y le pone sus transgenes”, explica con indignación Ana de Ita.  Además, como documentan organizaciones como ETC Group o Vía Campesina -en su informe Lucha contra Monsanto-, agricultores de la India que sembraban algodón transgénico perteneciente a Monsanto se han suicidado como consecuencia del endeudamiento. Esta empresa, por su parte, niega esta información y afirma que este “trágico fenómeno” comenzó antes de la introducción de su variedad de algodón.

Colonización a través de un gen

La siembra de transgénicos a escala comercial también tiene un impacto cultural muy profundo. “Constituye un pensamiento colonialista que no nos preocupemos porque desaparezcan las razas nativas, pues se iría por el drenaje la cultura  mexicana”, reflexiona Antonio Turrent.

“Para los campesinos indígenas el que su maíz se contamine con transgenes es una afrenta cultural muy importante, porque para ellos el maíz es la herencia de sus antepasados, es como una forma de colonización a través de un gen con propiedad privada”, explica Ana de Ita.

Por su parte, añade Álvaro Salgado, experto en Desarrollo Rural e integrante del Centro Nacional de Ayuda a las Misiones Indígenas (Cenami): “los pueblos indígenas basan en el maíz su sistema político, social y cultural. La comunidad que tiene maíz es una comunidad que puede autogobernarse, tener una relación de más fuerza ante amenazas de políticas públicas o proyectos privados. Si se daña el maíz nativo habrán dado un golpe que no han podido dar en 500 años”.

La salud en peligro

Los efectos para la salud que podría tener el consumo de transgenes también preocupan a los expertos. Gilles-Eric Séralini, docente de biología molecular en la Universidad de Caen en Francia, alimentó durante dos años a ratas con la variedad MON o NK  603 -a diferencia de los estudios estándar realizados que duran 90 días-, demostrando que “el maíz transgénico no es inocuo para la salud y que el daño es de tipo crónico-subclínico [no manifiesta síntomas]”, sentencia Antonio Turrent. “Se detectó que padecían las hembras tumores mamarios, también se registraron tumores en el hígado y en otros órganos internos y en algunos casos una muerte prematura”, explica Alejandro Espinosa, coordinador del programa de Agricultura y Alimentación de la UCCS.

Pero la importancia de este estudio para los mexicanos reside en que es uno de los pueblos que consume maíz en más altas cantidades. Con un promedio de 120 kilogramos de tortilla de maíz por persona y año, constituye el alimento básico porque aporta más de la mitad de las calorías y más de la tercera parte de las proteínas que necesitan los mexicanos, como afirma Ana de Ita. Pero además, el maíz se consume de manera directa a diferencia de otros países donde es empleado como forraje, es decir, como alimento para cerdos, aves… “Por eso es que el experimento de Séralini es mucho más significativo para nosotros. En el caso de Europa hay un filtro biológico para las toxinas que pudiera haber en el maíz transgénico en el hígado, en los riñones de los animales que lo consumen. En cambio, nosotros los consumimos directamente”, alerta el especialista Turrent.

No obstante, las conclusiones que arrojó el estudio de Séralini fueron deslegitimadas por la Comunidad de la Unión Europea en Evaluación de Riesgo por presentar “graves inconsistencias en el diseño y en la metodología, lo que significa que no se ajusta a normas científicas aceptables”, según informaba en un comunicado esta entidad. “La industria ha logrado en su campaña buscar desprestigiar a este trabajo”, comentaba Turrent.

*Nylva Hiruelas es estudiante de postgrado del título Especialista en Información Internacional y Países del Sur de la Universidad Complutense de Madrid.


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