La mecha encendida del mundo árabe

 

Rebeldes sirios en un barrio de Alepo. Fotografía: Diego Represa

Rebeldes sirios en un barrio de Alepo. Fotografía: Diego Represa

No están callados. Nunca lo han estado. Pero ahora, de nuevo, vuelven a escucharse con fuerza en todo el mundo los gritos de indignación en las principales ciudades de algunos países que, en 2011, protagonizaron la llamada Primavera Árabe.

Quién sabe si es causa de un efecto contagio o si las protestas actuales en cada uno de los distintos Estados confirman que la ciudadanía, decepcionada, esperaba más cambios cuando hace dos años se puso en pie. Cambios que no han llegado, que lo han hecho con cuentagotas o que han sido insuficientes. Cada país tiene una historia y vive, en este 2013, una realidad muy particular.

 Egipto, un pueblo decepcionado

La decepción de los ciudadanos egipcios con su gobierno no puede ser mayor. A los manifestantes, que desde hace semanas inundan las principales ciudades del país con protestas, el presidente Mohamed Morsi les recuerda al anterior dirigente, Hosni Mubarak. De ahí que griten las mismas consignas que gritaban hace dos años. El actual ha sido elegido democráticamente, cuenta con una nueva Constitución aprobada por el pueblo y lidera un Ejecutivo en manos de los Hermanos Musulmanes, pero su mandato no contenta a una población que siente traicionados los principios de aquella revolución.

La población no perdona que los Hermanos Musulmanes pactasen en secreto con el Ejército para consolidar el poder de ambas instituciones. Tampoco aceptan la dinámica de Morsi de dejar de lado a otros grupos sociales, como laicos y cristianos, en favor de un proyecto islamista cuyos críticos no lo consideran integrador. En ojos de los egipcios, la acumulación de poder que pretende el presidente trae no tan viejos recuerdos. Otro de los puntos en cuestión es la brutalidad policial con la que actúan las fuerzas de seguridad. Ésta ha recibido una denuncia internacional en los últimos días e incluso ha provocado la reciente dimisión del ministro de cultura. No hay que olvidar que son ya decenas de muertos en estas últimas oleadas de violencia. Además, desde el mismo gobierno reconocen un posible “colapso del Estado”, que se ve corroborado por el desmoronamiento de la economía del país. En definitiva, los efectos sociales de esta situación se están trasladando a las plazas con la indignación por bandera.

Y en lo político la falta de entendimiento es, si cabe, más complicada. Hay convocadas para abril unas elecciones parlamentarias, las mismas cuyo resultado fue anulado en 2012 por decisión judicial. La oposición, que a pesar de todo no consigue tener fuerza suficiente para ganar a los Hermanos Musulmanes, exige que Morsi forme un gobierno de unidad nacional y derogue la Consitutición antes de la llamada a las urnas. El Ejecutivo egipcio se niega en rotundo y quiere esperar a ver el resultado de los comicios. Muchos egipcios tienen muy claro que hoy en día el país vive una transición iniciada en 2011; una revolución inacabada que tiene mucho que decir todavía.

Túnez llora y grita

El país que encendió la mecha a finales de 2010 vive hoy entre la tensión social desbocada y la incertidumbre del qué pasará mañana. El asesinato de un opositor, el abogado izquierdista Chokri Belaid (líder del Movimiento de los Patriotas Demócratas), ha conmocionado a un país que ha respondido de nuevo en la calle. Durante estos días, los disturbios con la policía han sido constantes en las masivas manifestaciones. Como es costumbre, la lucha entre piedras y adoquines contra gases lacrimógenos ha centrado la atención de los medios internacionales. Además, en las principales ciudades tunecinas, se han saqueado comisarías y sedes del partido gobernante, el islamista Ennahda.

La ola de protestas en la capital tunecina, Mahdia, Susa, Sfax, Sidi Buzid o Gafsa ha provocado que el Primer Ministro anunciase la formación de un Gobierno provisional de tecnócratas independientes (aunque ahora el Gobierno y sus socios están divididos, ya que hay grupos que se niegan a formar un nuevo Ejecutivo y rechazan convocar elecciones) y llevaron al país hacia una huelga general el viernes pasado, coincidiendo con el multitudinario entierro del político laico asesinado. Era la primera huelga general desde 1978. El éxito de la convocatoria fue indiscutible.

Y de nuevo, en las manifestaciones, vuelve a sonar el grito unánime: “¡El pueblo quiere la caída del régimen!”, así como llamamientos a una nueva revolución. Esta vez, los gritos tienen otro destinatario y así lo hacen saber:“¡Ennahda, torturadora del pueblo, ha traicionado al país!”. Laicos e islamistas se dividen ahora en Túnez a pesar de que en diciembre de 2010 y principios de 2011 consiguieran juntos derrocar al dictador Ben Ali. Los primeros lloran la muerte de uno de sus líderes y culpan a los islamistas en el poder por permitir y alentar a los radicales (como el grupo integrista Liga de Protección de la Revolución) a que lleven actos de violencia como el asesinato de Belaid. La transición política iniciada hace dos años pende de un hilo muy fino; se juega hoy en día recuperar su estabilidad o asumir su fracaso.

El conflicto permanente en Siria

Ni un solo día ha pasado desde enero de 2011 en el que no haya corrido la sangre en Siria. La guerra que mantienen las distintas facciones rebeldes y el gobierno de Bachar Al Assad ha costado la vida de decenas de miles de personas (más de 60.000 según cálculos de Naciones Unidas). Líbano, Turquía o Jordania reciben miles de refugiados sirios al día. Son ya 787.000 las personas desplazadas que han tenido que abandonar su casa, de las que 260.000 se han convertido en refugiados. Las ofensivas en las principales ciudades, los ataques aéreos o las masacres cometidas por ambos bandos son el pan de cada día. No obstante, su fin no se presenta cercano. Además, cada vez es mayor la presión internacional que, de uno u otro modo, termina participando en el asunto. Israel teme perder el control de la región y ya ha iniciado bombardeos en territorio sirio, lo que ha provocado la respuesta (de momento, a modo de advertencia) de un aliado sirio, Irán. Mientras, Rusia, Estados Unidos y la OTAN mantienen su particular política exterior a cada lado de la trinchera.

El segundo aniversario de las protestas sirias ha pasado inadvertido para una gente que prefiere no contar los días pasados para no alargar más su pesadilla. Estos días la contienda se libra en la capital, Damasco, el bastión del núcleo duro del presidente y donde se protege el grueso del Ejército de Al Assad. La batalla por Damasco anula las posibilidades de diálogo que se llegaron a presentar a finales de enero.

Los rebeldes controlan zonas en el noroeste y el sur del país, mientras que el Al Assad cuenta ahora con una gran coalición de minorías que temen que la caída del presidente traiga más inestabilidad al país. La oposición armada ahora está unida por un objetivo común, la caída del presidente. No obstante dentro de los rebeldes las distintas facciones tienen un proyecto de Estado sirio diferente, cada uno con una forma de entender las leyes, el islam y el papel de ambos en el Estado. De modo que nada asegura que tras la tempestad de la guerra actual llegue ninguna calma. De hecho, en las propias filas rebeldes algunos ya plantean una segunda guerra, tras el derrumbe de Al Assad, por la toma del poder.

Lo que está por llegar

Pero hay más. Yemen vive un inicio del 2013 marcado por las protestas del sur, que quiere separarse del norte con el que se encuentra anexionado desde 1990. Así lo hacen saber los centenares de miles de personas que han salido a la calle desde enero. El presidente cerró 2012 con cambios en la cúpula de las Fuerzas Armadas, una institución que, según la oposición, sigue bajo control del expresidente Abdala Saleh a través de familiares y leales.

Estos días Bahrein vuelve a ver manifestaciones masivas, con la Sociedad Islámica Al-Wefaq a la cabeza, que exigen un gobierno de transición como primer paso para terminar con el estancamiento político que vive este país del Golfo Pérsico. El 14 de febrero de 2011 se iniciaron las protestas contra el monarca Hamad Bin Isa Al Jalifa. Desde entonces, no han cesado las detenciones y las condenas. Las últimas, el pasado mes de enero, cuando 13 líderes de la oposición fueron condenados a cadena perpetua y prisión de entre 5 y 15 años por los hechos de 2011. Aquel año, Bahrein llegó a contar con el apoyo de militares de Arabia Saudí y Emiratos Árabes para contener a los manifestantes.

Y Marruecos, aquel país donde la revolución de 2011 fue silenciada por medio de reformas políticas, celebrará su segundo aniversario la próxima semana, coincidiendo con las manifestaciones que agitaron el país aquel 20 de febrero. Hay convocadas marchas en las principales ciudades. Los jóvenes del Movimiento 20 de febrero consideran que las reformas llevadas a cabo por Mohamed VI, incluida una revisión constitucional, son escasas y piden ir más lejos.

No se contentan con las concesiones dadas por el rey. La economía del país no despunta, no se ha llegado a la monarquía parlamentaria que exigían las protestas iniciales, el makhzen (formado por conservadores, empresarios y militares del entorno de Mohamed VI) sigue controlando la política del país y la actuación de la policía es cada vez más discutida. Todo eso hace pensar que la semana próxima las plazas de Rabat, Casablanca y Marrakesch se vayan a llenar de consignas, gritos y reivindicación. Es fácil, pues, ver que la mecha del mundo árabe sigue encendida, si es que alguna vez llegó a estar apagada.


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Sobre Víctor Martín Gómez

Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, donde también cursa Ciencias Políticas. Actualmente, en la Universidad Autónoma de México (UNAM). Pasiones: Foto y cine. Con la vista y la esperanza puestas en América Latina. Web personal: www.otravueltadetuerca.net.