La guerra publicitaria entre católicos y ateos en Polonia (II)

Por Zbigniew Kamil Górzyński*.

Cracovia, POLONIA// La polémica en torno a la fe, avivada por la colocación de vallas publicitarias con mensajes ateístas, no se limita al tema de la religión, sino que se inscribe en el actual contexto político-social en Polonia.

Los miembros de la Fundación Libre de Religión, impulsora de la campaña, reconocen su pertenencia a entornos izquierdistas. Todos los fundadores coincidieron en la asociación de Janusz Palikot, donde se concibió la idea de propagar el ateísmo. Para sorpresa de muchos, este  carismático político entró con su partido, Movimiento de Palikot, como tercera fuerza política del parlamento en las últimas elecciones (2011), a pesar de haberse constituido tan sólo unos meses antes de los comicios. Es la primera vez desde 1989 que hay un partido anticlerical en el Parlamento polaco y, en general, destaca el reforzado tono izquierdista que introduce en la escena política,dominada hasta ahora por los conservadores de Prawo i Sprawiedliwosc (‘Ley y Justicia’; PiS, por sus siglas polacas), y los centristas Platforma Obywatelska (‘Plataforma Cívica’; PO, por sus siglas polacas).

Campaña ateísta Polonia

Cartel de la campaña con el texto: “No mato, no hurto, no creo [en Dios]“.

El postulado general de Movimiento de Palikot es la separación del estado y la iglesia. Con su acción y retórica, ha reforzado el llamado a la reforma social de Polonia,  donde la posición de la iglesia católica es muy acusada. Entre los privilegios de los que ésta goza se encuentran: la financiación con fondos públicos, la enseñanza de religión en las escuelas o las reducciones de impuestos y aduana. El poder y la influencia  los simboliza perfectamente la figura de Tadeusz Rydzyk: un sacerdote y hombre de negocios que dirige una emisora de radio y un canal de televisión católicos bastante influyentes. Ha creado varias fundaciones, ha abierto una universidad y ahora está investigando y desarrollando un proyecto de aguas térmicas en Toruń, al norte del país.

Desde 1989, Polonia no ha intentado introducir formas laicas en el funcionamiento del Estado. Las elecciones, los nombramientos de las autoridades políticas, los actos públicos o culturales e incluso las inauguraciones de las inversiones en infraestructura suelen contar con la presencia de símbolos religiosos, cuando no están completamente dominados por los mismos. Limitar el papel de la iglesia en la creación del modelo social, una vez terminado el comunismo, habría sido un suicidio político para cualquier gobierno que se lo hubiera planteado. En gran medida, es resultado del reconocimiento a la contribución de la Iglesia en la victoriosa lucha por la libertad, sin mencionar ya la religiosidad de los ciudadanos.

En consecuencia, su influencia en la sociedad polaca se refleja en varios aspectos, incluido el legislativo. El debate sobre la legalización de los matrimonios homosexuales, la fecundación in vitro, el derecho a la eutanasia o el aborto quedan supeditados a la argumentación de entornos religiosos que defienden un modelo de vida basado en sus premisas.

La Constitución polaca de 1997 garantiza la imparcialidad religiosa del poder público. Con el Movimiento de Palikot, vuelve el debate sobre la presencia de símbolos religiosos en lugares que van desde el Parlamento, las escuelas y los ayuntamientos hasta la calle misma. Dicha simbología parece obsesionar a ciertos entornos políticos y sociales y, de ahí, “hazañas” como la de los representantes del periódico Gazeta Polska, que colocan la cruz encima de la silla del Presidente del Parlamento Europeo y con orgullo lo publican en un portal mediático

En este sentido, parece acertada la reflexión de Magdalena Środa, escritora y profesora de la universidad de Varsovia, cuando afirma que la cruz ya no es una cuestión de fe o religión, sino un símbolo del dominio de los católicos sobre los no católicos.

Teniendo esto en cuenta, la actuación de la Fundación no solo cuestiona la fe y la religiosidad de los polacos, sino también varios aspectos del patrón de sociedad que se ha venido conservando y forjando desde hace décadas.

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La campaña busca contrarrestar el peso de la religión en el espacio público. Foto cedida.

Por su parte, la iglesia considera cualquier intento de contestación como un ataque a la libertad, los valores, el interés nacional, la tradición. Para ellos, ir en la dirección que proponen las fuerzas políticas más liberales es traicionar a los antepasados que han luchado por la patria, contravenir la historia.

A nivel retórico, suele comparar las acciones de los izquierdistas ahora con la persecución de los comunistas en su época para desacreditar los intentos que conduzcan a disminuir la influencia de la iglesia.

Así, por un lado, están quienes desean eliminar los símbolos religiosos de todos los espacios públicos. Por otro, los que son capaces de reunir a miles de personas para acampar unos meses en defensa de la cruz puesta ante el palacio presidencial tras el accidente aéreo de Smolensk en 2010, e incluso organizar manifestaciones multitudinarias  contra la negativa a la expedición de una licencia para la televisión católica en la plataforma digital . De hecho, hubo quienes pidieron la introducción de la asignatura de religión en los exámenes de bachillerato.

Se observa una clara división entre los conservadores que abogan por la iglesia como defensora de la moralidad del pueblo y los que representan las ideas de justicia y libertad social, falta de discriminación y laicismo.

La tensión llega a tales niveles que en los últimos años  las fiestas nacionales, en vez de celebración conjunta, se convierten en manifestaciones de fuerza de los bandos políticos y luchas callejeras entre los simpatizantes de cada uno de ellos.

Se van trazando cada vez más claras las líneas de la clásica polarización política entre derecha e izquierda. Lo más preocupante es que este enfrentamiento ha dejado atrás los principios de decencia y responsabilidad. La escena política y la misma sociedad llegan a radicalizarse tanto que esto conduce a situaciones extremas como cuando hace poco los servicios secretos polacos evitaron un atentado cuyo objetivo eran las más altas figuras del gobierno polaco. En vista de la radicalización del discurso político y el aumento de la tensión social, las autoridades se han visto forzadas a preparar un proyecto de ley que procura suavizar el lenguaje público y eliminar los elementos de odio en la retórica política.

En sus primeros años, la joven democracia polaca parecía crecer con miedo. Con cuidado ha hecho los deberes e imitado a las democracias adultas sin muchos cuestionamientos: reformas económicas y sociales, ingreso a la OTAN y la UE… todo el tiempo intentando mantener la unidad social, tratando de no estropear lo que ha costado tanto esfuerzo lograr en dos décadas de transición post-comunista. Ahora, alcanzada la mayoría de edad embebida en la libertad,  parece que los polacos ya no tienen este principio en cuenta y pueden ver al enemigo uno en el otro. Cada cual lucha por el modelo de país más afín a sus convicciones e intereses, que aparentemente han dejado de ser comunes. En el debate político, se tiende cada vez más a olvidar que la libertad de la que gozamos no exime de responsabilidad.

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Zbigniew Kamil Górzyński es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Wrocław. Cursó el Máster en Política Internacional de la Universidad Complutense de Madrid, además del Máster Interuniversitario en Diplomacia y Relaciones Internacionales dirigido por la Escuela Diplomática de la misma ciudad.


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