Palestina e Israel: La solución de los dos estados, a punto de desaparecer

Pintada en la calle Shuhada de Hebrón. Fotografía: David Perejil.

Este mes de noviembre está previsto que Mahmud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), haga efectiva la petición de “estado no miembro” a la Asamblea General de Naciones Unidas. Tras dejar pasar las elecciones estadounidenses, la delegación palestina quiere pedir una votación para la petición anunciada por Abbas en su discurso del pasado 27 de septiembre. Ese día la ANP optó por modificar la estrategia que inició un año antes, cuando intentó convertir a Palestina en un estado de pleno derecho, el número 194 del mundo. En ese momento realizó una petición ante el Consejo de Seguridad que ni se llegó a votar ante las presiones de Estados Unidos e Israel. Desde entonces, Palestina ha logrado ser aceptada como miembro de pleno derecho por agencias como la Unesco, aun a costa de sufrir más presiones, como congelación de fondos por parte de Estados Unidos y la negativa a entregar los impuestos recaudados por Israel en los Territorios Ocupados Palestinos.

También el pasado septiembre se cumplió un importante aniversario: 19 años desde el inicio del proceso de paz bilateral entre palestinos e israelíes con la mediación estadounidense y de la comunidad internacional. Mucho más tiempo del esperado, pues las conferencias de Madrid y Oslo habían fijado la fecha de 1998 para la proclamación de un estado palestino como punto final a unos acuerdos que se negociarían por fases. Israel empezó con la cesión del control administrativo y de seguridad de ciertas zonas, añadió un protocolo económico y permitió la vuelta desde el exilio de los dirigentes históricos de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), así como la creación de la ANP. Sin embargo, después de la segunda intifada y los ataques militares israelíes el proceso de paz, estancado muchas veces, casi entró en una vía muerta. De ahí, la reacción de la autoridad palestina que buscó tomar la iniciativa para evitar el bloqueo israelí a unas negociaciones que, según la versión palestina, se decían querer, pero en la práctica no se hacían al añadir cada vez más condiciones para sentarse a negociar, como el incremento de las colonias o el reconocimiento de Israel como un “estado judío”. Desde las diferentes administraciones israelíes, por el contrario, se hacía hincapié en la necesidad de encontrar interlocutores “válidos” y garantizar su seguridad.

Sin embargo, no son pocas las voces que pronostican que la solución de dos estados en la zona está cercana a su fin. En primer lugar, se cita el menguante territorio sobre el que podría asentarse el hipotético estado palestino. Lejos del 45% de la tierra otorgada por el plan de partición de la ONU de 1945 e incluso del 22% que quedó tras la guerra de 1967, actualmente los asentamientos dejarían entre un 10% y 14% de territorio con siete grandes ciudades en Cisjordania desconectadas entre sí y con la franja de Gaza, bajo asedio israelí desde 2007. Fuera de ese dibujo quedarían las fronteras con otros estados, como Jordania, que Israel se afana en preservar. Todo ello sin entrar en la viabilidad económica de un territorio sobre el que el estado israelí busca mantener y acaparar todas las fuentes de agua, así como independencia o relaciones con otros países. Y dejando de lado la justicia de la solución, algo que para Nozizwe Madlala-Routledge, antigua ministra de Defensa surafricana durante los primeros gobiernos de Nelson Mandela, “suena como apartheid” si compara la situación actual de Gaza y Cisjordania y la de su país en la década de los ochenta.

Para la analista palestina Ghada Karmi, es un hecho evidente que los dos estados no son ya posibles. Cita tres importantes razones. La primera, el control israelí del 62% de las tierras de Cisjordania, incluyendo el fértil valle del Jordán. Segundo, el proceso de colonización continúa y hasta la fecha Israel ha evitado siquiera pararlo para hacer posible la solución de dos estados. Por último, la doctora palestina afirma que Occidente ha sido reticente a presionar a Israel. “Hoy Israel-Palestina es un estado demostrable, imposible de dividir. Pero es un estado discriminatorio que opera al estilo de un sistema de apartheid contra los palestinos con impunidad”.

A una conclusión similar llega el también analista político israelí Dahlia Scheindlin, para explicar que ahora sólo hay una soberanía en todo el territorio que va desde el mar Mediterráneo al río Jordán: Israel. “Con dos poblaciones que viven bajo soberanía israelí, sea civil o militar, con derechos, recursos, oportunidades y realidades desiguales”.

Alfonso Bolado, director de la biblioteca del Islam contemporáneo de la editorial Bellaterra, añade otras razones: “Es el momento de decirlo: la existencia de dos Estados en Palestina no podrá ser, por la confluencia del dogmatismo ideológico y la falta de voluntad política de unos y por la inviabilidad del Estado palestino que surgiría del proceso”. Culpabilidades que reparte el filósofo palestino Sari Nusseibeih, para el que “una solución de dos estados es excelente porque causa el mínimo dolor y es aceptada por la mayoría de los dos lados”. Sin embargo, añade que nadie intentó llevarla a cabo. “Primero de todo, a Israel le llevó mucho tiempo aceptar que hay un pueblo palestino. A nosotros, los palestinos también nos llevó mucho tiempo aceptar que debíamos reconocer un estado israelí. El problema es que la historia corre más rápido que las ideas”.

Ciudad Vieja de Jerusalén. Fotografía: David Perejil

¿Qué estados? ¿Qué realidades?

De esta manera, se trataría de analizar hacia dónde avanzan las realidades actuales con la ocupación de Israel de unos territorios que se gestionan de manera administrativa en Cisjordania y Gaza, con una serie de políticas de control, hostigamiento y discriminación hacia los palestinos mediante controles, carreteras separadas, el muro, demoliciones de casas, construcción de asentamientos…

Dahlia Scheindlin explica que “el debate ya no es si un estado debe ser considerado o si un estado gobierna dos pueblos. La cuestión es qué tipo de estado será: la versión de derechas o izquierdas”. Para él, pese a que todos los líderes israelíes desde Isaac Rabin al actual primer ministro Benjamin Netanyahu han reconocido su preferencia por dos estados, en realidad, no lo han permitido. Eso ha llevado a que algunos analistas y políticos israelíes comiencen a hablar de la realidad de “un estado”. Para él, la versión de derechas de esta realidad pasaría por unos palestinos con derechos y representación inferiores, incluso aunque los palestinos fueran la mayoría de la población. Un relato corroborado por la encuesta publicada por el diario israelí Haaretz a finales de octubre en la que la mayoría de la población israelí afirma que apoyaría el establecimiento de un régimen de apartheid, que el 58% de la población admite que ya existe. En esa investigación, el 59% de los israelíes afirmaba estar de acuerdo en que los judíos israelíes deberían tener preferencia sobre los árabes en los trabajos públicos, el 69% no deseaba que tuvieran derecho a voto y el 74% se manifestaba a favor de la existencia de carreteras separadas en Cisjordania. Todo ello, pese a la existencia del llamado “problema demográfico”, expresión con la que muchos políticos israelíes se suelen referir al hecho de que se prevé que la población palestina supere a la judía hacia 2020. Lo que ha llevado a Avigdor Lieberman, ministro de Asuntos Exteriores y líder del ultraderechista Israel Beitenu, a pedir un intercambio de territorios para “deshacerse” de la zona norte del actual Israel donde viven la mayoría de los ciudadanos israelíes de origen palestino que pudieron permanecer en sus pueblos durante la guerra de 1948.

Todos estos condicionantes han llevado a algunos analistas hacia la recuperación de la idea de un estado binacional con derechos igualitarios. La arabista Luz Gómez dice que esta solución “suena a ingeniería ideológica, pero es una idea con la que ya vienen conviviendo, aunque sea conflictivamente, las clases políticas de las dos comunidades”. Por su parte, Alfonso Bolado recuerda los orígenes históricos de esta propuesta, desde las ideas de alianza entre árabes y judíos promovidas por Judah Magnes, rector de la Universidad Hebrea de Jerusalén, y por el filósofo Martín Buber en 1925, las primeras propuestas de Al Fatah y los partidos palestinos de izquierdas en los 70 que propugnaban un estado uninacional laico y las posturas de intelectuales como Edward Said, que escribía: “nuestra batalla es una por la democracia y la igualdad de derechos, un estado secular en el que todos sus miembros sean ciudadanos iguales, donde el concepto subyacente sea una noción secular de ciudadanía y pertenencia, y no una esencia mitológica cuya autoridad se derive de un pasado remoto, sea cristiano, judío o musulmán”. A esta idea se sumaron otras personalidades como Tony Judt, Ilan Pappe, Virginia Tilley o Richard Falk.

Mapa de la pérdida gradual del territorio palestino 1946-2010

Enormes dificultades

Sin embargo, surgen muchas dificultades. Bolado señala alguna: no existen movimientos sociales que tengan esta propuesta, la falta de soluciones alienta la radicalización de posturas de unos y otros y las bases ideológicas de ambas comunidades han tendido a hacerse más dogmáticas con el tiempo. Por su parte, Dahlia Scheindlin expone lo que para él serían los cuatro problemas más importantes sobre los que hacer hincapié: una ocupación israelí que avanza cada año, la situación de los refugiados palestinos, dos narrativas nacionales opuestas y la necesidad de evitar los grandes discursos para avanzar en las realidades cotidianas.

Un escollo muy importante sería decidir qué forma tendría ese estado, federación territorial o estado unitario con organización cantonal, por citar sólo dos posibilidades. Jeff Halper, cofundador y director de la ONG israelí ICAHD (Comité Israelí contra el Derribo de Casas, en sus siglas en inglés), plantea escenarios regionales superiores. Su objetivo es recuperar la convivencia entre comunidades religiosas de los tiempos del imperio otomano y superar el nacionalismo excluyente que, según él, el sionismo ha heredado de Alemania o Polonia. Por eso propone una visión a largo plazo que siga el modelo de la Unión Europea: integración económica entre Siria, Líbano, Palestina, Israel y Jordania. Un modelo transnacional que permita la convivencia de un mosaico de gentes más allá de estados definidos.

A Sari Nusseibeih no le importa mucho la forma política final. “Lo importante es que ambos lados estén de acuerdo en los principios básicos de igualdad y libertad”. Incluso, el filósofo palestino llegaría a aceptar un periodo de transición en que sólo los israelíes tendrían derechos políticos siempre que los derechos civiles fueran iguales para todos. “Durante 20 años se han denegado derechos básicos con la promesa de que tendríamos un estado propio. Sugiero que habría que empezar permitiendo a la población palestina libertad de movimientos, vivir y trabajar donde queramos. Dejarnos respirar”. Lo que vuelve a situar el conflicto israelo-palestino en la difícil y estancada situación actual en la que la población palestina sufre una situación de discriminación, hostigamiento y expulsión mientras que el estado de Israel no quiere dar ningún paso para la resolución del conflicto, si no se ve forzado a ello. Con estos condicionantes, el futuro es imposible de predecir a corto plazo. Y más cuando el conflicto está firmemente insertado en otros muchos problemas regionales y mundiales que lo hacen tan distinto a otros. A la vez, el centro de atención de todo el planeta. A la vez, una condena para todas las personas que viven en la zona, pendientes no sólo de su futuro sino de su papel como pieza geopolítica.

Publicado en Fronterad.


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Sobre David Perejil

Periodista “profesional y vocacional”, bloguero, activista de derechos humanos y persona preocupada por los problemas de su país y de los de muchos otros en todo el mundo. En los últimos temas se ha volcado en asuntos del mundo árabo-musulmán, especialmente en el conflicto entre Israel y Palestina.