El país del no-país

Por José Miguel Fernández Layos-Fernández*

Estoy en Chisinau, la capital de un país que no sabía que existía. Ayer estuve en Tiraspol, la capital de un no-país que, a pesar de todo, existe.

EN EL PAÍS

El centro de Chisinau no es una plaza, ni un ovillo de calles peatonales; lo más parecido a un centro es el cruce de dos carreteras con dos parques. Las aceras están levantadas por las raíces de árboles gigantes, y las mujeres con tacones sortean los baches con la elegancia de una corredora de obstáculos. La ciudad es un bosque, donde se han construido carreteras, pizzerías, casinos, estatuas y hasta un parlamento. O, dicho de otra manera, es una colmena de asfalto donde los árboles luchan por recuperar su territorio.

Moldavia es el país más pobre de Europa, y también el más rural. Moldavia casi nunca ha sido independiente. O ha sido Rumanía o Rusia o parte de cualquier imperio de la época. En el aniversario de su independencia, repetían desde el escenario tantas veces la palabra “Moldavia” que parecía que no acababan de creérselo. Cuando algo es obvio, no hace falta recalcarlo tanto.  Muchas de las casas de Chisinau parecen hechas en serie, de la época soviética, pero todas tienen algún detalle que las personaliza. Al parecer, antes tenían que ser todas iguales, por ley. Hasta que llegó la independencia, y todo el mundo se quiso diferenciar.

Los sueldos rondan los 200 euros, y los precios en la ciudad, entre el 50 y el 100% de los de España. No me salen las cuentas. A los moldavos tampoco. Una chica española, que trabaja aquí de voluntaria, me da un par de claves:

1) “Los que ves comprando por el centro son los ricos de aquí, los demás casi ni se acercan”.

2) “Aquí todo el mundo tiene un familiar trabajando fuera que les envía dinero”.

Jamás había visto una ciudad tan inundada de carteles de viajes y de oficinas de cambio de moneda. Parece más un pueblo de frontera que la capital de un país.

En busca de los estereotipos 

Me dicen que a los moldavos no les gusta hablar del tema, pero cuando uno empieza a escuchar historias, y a leer cifras, es díficil dejar de relacionar Moldavia con el tráfico de órganos y la trata de blancas. Supongo que están cansados de que se les conozca por eso, igual que, si a los españoles, solamente nos hablasen de toros y ETA. Los esteorotipos son peligrosos, y no dejan ver la complejidad real, pero a menudo albergan algo de verdad. Por ejemplo, en esta crónica, el argentino Martín Caparrós habla con una mujer moldava que fue vendida a un prostíbulo por su marido. Al poco de leerla, yo, que soy idiota, creía que muchas de las chicas que esperan en las esquinas de Chisinau, con su maquillaje y sus minifaldas, podían ser prostitutas. Pero simplemente, son jóvenes que vuelven de fiesta, y esperan el colectivo (una furgoneta a la que puedes parar en cualquier calle). Otro día, vi a una pareja de recién casados corriendo detrás de un viejo tren, y pensé: aquí son tan pobres que hasta el día de su boda tienen que coger el transporte público. Pero no, simplemente, estaban haciéndose fotos con un tren de época. En vez de pupilas, a veces tengo tópicos.

En frente de la estación, vi a muchas personas mayores que ponían una manta en el suelo e intentaban vender objetos de segunda mano de todo tipo: cerraduras, ajedreces, discos, ropa… Me llamó mucho la atención un grupo de mujeres que vendían juguetes: vacas de peluche sucias, muñecas sin un ojo, e incluso una cabeza de barbie suelta. Las vendedoras no trataban de convencerte, ni siquiera te miraban cuando te acercabas, quizá hayan perdido la fe en vender algo, o sienten que ya nada depende de ellas. Me acordé de esta imagen capturada en España, pero aquí no había solo una, y estaba todo más desordenado. Supongo que esta fue la culpable de mi atención por aquellas. En vez de pupilas, tengo fotos, a veces cuadros.

En busca del primer ministro

Es fin de semana y estoy en el “festival más grande de toda Moldovia”. Al llegar, veo, en el cartel, que está patrocinado por el primer ministro moldavo Vlad Filat. No por Heineken ni por el Gobierno de Moldavia, sino directamente por Vlad Filat. No sé lo que significa eso exactamente, pero antes de que empiecen los conciertos, aparece él y da el discurso de apertura. Después baja, y va recorriendo las casetas de comida tradicional, haciéndose fotos, besando niños, sonriendo mucho, mientras suda la gota gorda y parece estar deseando salir corriendo de allí. Igual en televisión queda bien la cosa, pero verlo en directo se ve demasiado artificial.

Los periodistas le siguen allá donde va, con sus micrófonos y sus cámaras. Yo, también, sin soltar mi vaso grande de vino. Un guardaespaldas me dice que tire el vaso, supongo que tiene miedo a que se lo lance al primer ministro, yo hago como que no le entiendo, y sigo como si nada: jamás perdería un vaso de vino por tirarselo a nadie, mucho menos a un primer ministro. En uno de los quiebros que da el señor Filat, casi se choca conmigo e intenta darme la mano. Yo no se la doy porque no le conozco, y porque tengo la mano ocupada en el vaso. Se da la vuelta, y el guardaespaldas viene hacia mí muy enfadado y me señala otra vez el vaso. No quiero tirarlo, pero tampoco quiero que me peguen, ni acabar en comisaría, por lo que me lo bebo de un trago, y dejo el vaso en el suelo. No parece darse cuenta de que es peor que yo tenga el vino dentro que fuera.

Vladimir Filat, presidente de Moldavia.

Entonces, el primer ministro improvisa una rueda de prensa, y yo entro en el corrillo de periodistas, lo cual no tiene mucho sentido porque ni tengo grabadora ni cámara, ni siquiera entiendo el moldavo. Pero lo que sí tengo es mucha curiosidad, y quiero preguntarle (aunque sea en inglés) qué habló con Ángela Merkel el otro día en Chisinau. Viene otra vez el guardaespaldas y directamente me dice que me vaya. Le digo que soy periodista. Me mira de arriba y abajo. Pienso que piensa: “tú no eres periodista, tú lo que eres es un borracho”. Y entonces pienso que, en realidad, no es lo que él piensa, sino lo que yo pienso. Mientras tanto, se acaba la rueda de prensa; el primer ministro espera unos minutos a que pasen: primero, una especie de trenecito infantil formado por un tractor y varios bidones con ruedas, y luego, un carro tirado por caballos; y entonces se va. Todos nos vamos.

Después, me enteré que había dicho delante de Mérkel que “Moldavia no era un país del Este, sino del mismo corazón de Europa”. Si miráis un mapa, veréis que, si esto es verdad, Europa debe tener un corazón enorme.

Me explicaron entonces que el tipo está como loco por entrar en la Unión Europea, y que la Merkel no quiere abandonarlo y que caiga en la órbita rusa. Hace dos años, el partido liberal le ganó las elecciones al partido comunista. Para el nuevo presidente, ser un país del Este debe estar muy mal visto. La guerra fría se resiste a terminar en Moldavia.

En busca del alma moldava

Por la noche, un grupo de adolescentes se enteran de que soy español y me avasallan a preguntas: ¿qué te parece Moldavia?, ¿cómo es España?, si pudieras elegir, ¿preferirías vivir aquí o allí? Yo contesto como puedo, es decir, casi no contesto. Porque, ¿cómo carajo es Moldavia? ¿y España? Uno dice que un amigo suyo le ha dicho que en España hay muchas frutas distintas y que comemos serpientes. Yo le digo que eso de las serpientes no es verdad, pero él insiste. Tampoco quiero decepcionarles, y acabo rindiéndome: “España es muy grande. Yo no lo he visto, pero quién sabe…”

Recuerdo a un turista diciendo que había estado en un pueblecito de Moldavia, y que al fin había descubierto “el alma moldava”. Pero yo no soy ningún cazafantasmas. Para mí, Moldavia es un MacDonalds en el centro de Chisinau y una villa de mansiones abandonadas donde viven unos gitanos con su rey, el Barón de Soroca. Moldavia es un chico que habla rumano, sus padres, ruso, y que dice que lo que más extraña de su país, cuando está trabajando en Italia, es derrapar en la carretera cuando hay mucho hielo. Yo no sé muy bien lo que es Moldavia. Todo país es siempre un malentendido.

EN EL NO-PAÍS
 
Érase una vez una región del este de Moldavia, donde hablaban ruso, y le hizo la guerra a esta, porque querían imponerles hablar rumano. Y, pese a ser muchos menos, fueron tan valientes que acabaron venciendo, consiguiendo así su ansiada independencia. Érase una vez un país enorme llamado Rusia que harto de que EE.UU y Europa occidental le ganaran terreno, emprendió una guerra en Moldavia y consiguió arrebatarle un pedazo, el más industrial del país. Entonces le hizo decir que era independiente, lo llamó República de Transnitria, y ganaron mucho dinero traficando con armas.

Según con quien hables, uno de estos dos cuentos fue verdad. El caso es que ahora existe una tal Transnitria, con pasaporte, moneda propia y aduanas, aunque solo la reconozcan oficialmente otros no-países como Abjasia, Osetia del sur y Nagornoi. La embajada de España, por ejemplo, aconseja no viajar, porque al no ser un país reconocido, no hay ningún organismo público que pueda ayudarte si te pasase algo. También he escuchado varias historietas de policías corruptos en la frontera.

Lo acepto todo y decido cruzar la frontera. Me hacen rellenar unos papeles y ya está. Nada más. Conozco a un chico en la furgoneta que es de allí, y cuando llegamos a Tiraspol, insiste en acompañarme para enseñarme la ciudad. Confío, pero desconfío. Pero no es ni un guía encubierto, ni un agente del gobierno, ni nada extraño; de hecho cuando insisto en invitarle a algo, lo rechaza siempre, y le hago tantas preguntas que más bien pensaría que el espía soy yo. Es solo un chico que estudia en Chisinau, y vuelve a su pueblo y se siente anfitrión. Después, me confesaría que estaba un poco preocupado por mí. Tras un par de horas, conseguí liberarle y que se fuera con sus amigos. Pero antes, me enseñó la estatua de Lenin, casi más grande que el parlamento, y el tanque soviético donde se hacen las fotos los recien casados, además de hacerme saber muchas cosas, como estas:

Monumento a Lenin en Tiraspol, Transnistria. Fuente: Guttorm FlatabÃ, Flicker.

“Tiraspol no es una ciudad. Es un pueblo. Aquí todos nos conocemos. Dicen los más viejos que con la U.R.S.S tenían algo de dinero, pero nada que comprar, y que en cambio ahora, entras en un supermercado y hay de todo, pero no tienen dinero. Y que ahora hay mucho más alcoholismo en los pueblos; antes siempre había trabajo, aunque fuera para el Estado; ahora no lo hay, y se pasan el tiempo bebiendo. ¿Y ves esta iglesia que se está construyendo? Antes estaban prohibidas, ahora las paga el mismo Estado. Yo no sé si prefiero el comunismo o el capitalismo, los dos tienen cosas malas, quizá si se inventara otra cosa…

Conozco gente que estuvo en la guerra contra Moldavia, pero nunca pregunto, aunque sé que pasaron cosas muy raras. Si te das cuenta, aquí todo es de “Sheriff”: las gasolineras, los supermercados, los bancos, las televisiones.. Es la empresa de un tipo que yo no sé de donde sacó el dinero en los 90 para tener todo esto, si antes todos cobraban los mismos sueldos. Aquí no hay medios de comunicación independientes y la oposición es del mismo partido político del que se salió el actual presidente. Hay quien prefiriría seguir siendo parte de Rumanía, hay quien prefiere que siga así, hay quiénes nos da igual. Yo nací en la U.R.S.S, después fui moldavo, y ahora soy de Transnitria. He sido de tres países distintos sin moverme del sitio. Como dice un profesor mío, lo importante es la tierra, no el país. La tierra no desaparece de un día para otro. Un país, sí.”

Esto último me sorprende mucho. Para tantos otros, la identidad es algo sólido; para mí, algo fluido; para este chico, aún más: es gaseoso.

Un país es algo de lo que no te puedes fiar.

Publicado en saltandoalapatacoja.blogspot.com.es

*José Miguel Fernández-Layos Fernández. En Twitter @JFernandezLayos. Periodista, antropólogo y especialista en Información Internacional y Países del sur. Ha trabajado en Europa Press, Computer Hoy y Diario Panorama (Venezuela). Adicto a las historias: leídas, contadas o vividas. Casi nómada.  autor del Blog http://saltandoalapatacoja.blogspot.com.es


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