Del cayuco a la trampa

Por José Naranjo*.

Las calles de Thiaroye sur Mer son pasillos de arena que dan al mar. Las casas aquí y allá están tan cerca unas de otras que un desordenado amasijo de ventanas, balcones, escaleras y cuartos parece cerrarse sobre nuestras cabezas. Sesenta mil personas conviven en este abigarrado pueblo de pescadores de las afueras de Dakar, la capital de Senegal.

De aquí salieron en 2006, 2007 y 2008 decenas de cayucos cargados de jóvenes rumbo a Canarias. Cientos se perdieron para siempre, son los muertos sin nombre de Thiaroye. Otros fueron repatriados contra su voluntad y, ahora, cinco años después de la crisis de los cayucos que trajo hasta las Islas a unos 50.000 inmigrantes en sólo dos años, mascan su enfado por un sueño que apenas rozaron con la punta de los dedos y su frustración por el engaño sufrido.

Moustapha Diouf en la asociación de repatriados. Fotografía: José Naranjo.

Moustapha Diouf lo intentó dos veces. En 2006 y en 2008. La primera vez salió de Saint Louis; la segunda de Thiaroye. En ambas ocasiones fue repatriado. “Nos dijeron que nos iban a llevar a Madrid, nos subieron a un avión y, una vez a bordo, nos ataron las manos con unas cintas blancas. Dijeron que era por nuestra seguridad, pero ahí nos dimos cuenta de que nos traían de vuelta a Senegal. Ahí empezaron a mentirnos, todos nos mintieron, el Gobierno español, el Gobierno senegalés, todo el mundo”, asegura Diouf, que preside la Asociación de Jóvenes Repatriados de Thiaroye sur Mer que cuenta con unos 600 miembros.

Se gastaron más dinero del que podían reunir consiguiendo préstamos aquí y allá, se jugaron la vida en una travesía incierta de 1.500 kilómetros y siete días en alta mar, pasaron 40 días retenidos en una cárcel a la que en España llaman centro de internamiento para, finalmente, volver a Senegal con la única recompensa de “diez mil francos CFA (unos 15 euros), un bocadillo y una lata de Coca-Cola”, explica Diouf. “Vino mucha gente a hablar con nosotros, parlamentarios de la Unión Europea, miembros del Gobierno español, de la Administración senegalesa, de organizaciones internacionales. Nos prometieron de todo y no hemos recibido nada de nada”.

En 2006 los cayucos salían de estas playas de dos en dos. En la actualidad, el flujo se ha detenido por completo. La italiana Sara Prestianni, coordinadora de la red Migreurop y una de las mayores expertas en inmigración africana hacia Europa, explica las razones. “En primer lugar, el control de fronteras. La presencia de barcos de vigilancia europeos en las costas senegalesa y mauritana ha jugado un papel disuasorio”, asegura. Desde 2006, una patrullera de la Guardia Civil española ha fijado su presencia en el puerto de Dakar, desde donde sale a realizar misiones de control de la emigración irregular.

Momar Ndiaye sobre un cayuco. Fotografía: José Naranjo.

“En segundo lugar, las devoluciones. Los candidatos a la emigración comprendieron rápidamente que no valía la pena arriesgar la vida para luego ser expulsados. En tercer lugar está la enorme cifra de muertes en el mar. La muerte es algo que se vive de manera compartida en estas sociedades, no son dramas familiares aislados, sino compartidos. Esto generó un gran impacto. Y por último, se destinó una gran cantidad de dinero para proyectos que pretendían fijar a los jóvenes senegaleses en su territorio, para convencerles de que no se fueran. Esto generó una gran expectativa que, sin embargo, no se llegó a materializar”, añade Prestianni.

Este es el engaño del que habla Moustapha Diouf. La mentira fue descomunal. “Invitaron a los jóvenes repatriados, a las madres de los fallecidos, a crear asociaciones que convencieran a los demás de que no se fueran. Los utilizaron. A cambio se habló de una lluvia de millones procedente de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), del Gobierno español, de la Unión Europea, dinero que o bien nunca llegó o bien fue a parar a un grupo reducido de personas”, explica Prestianni.

Los gobiernos de España y Senegal llegaron a prometer visados a las personas que habían sido expulsadas, lo que contravenía la legislación española. La onda llegó a Thiaroye sur Mer. “Creamos la asociación, elaboramos dos proyectos con mucho esfuerzo, uno de pesca y otro de ganadería. Trabajamos duro para evitar que siguieran saliendo los cayucos, hablamos con los jóvenes y si, pese a todo, sabíamos que se estaba organizando un viaje, avisábamos a la Gendarmería. Nos dijeron que nos iban a dar visados y nos dieron clases de español. Éramos unos 400 que fuimos a clase durante seis meses, estábamos convencidos de que después tendríamos los visados. Pero nada, todo mentira. Ni proyectos, ni fondos, ni visados”, se lamenta Moustapha Diouf.

Niños jugando en la playa de Thiaroye sur Mer. Fotografía: José Naranjo.

Durante tres o cuatro años, los jóvenes creyeron y esperaron. Y cuando se quisieron dar cuenta, allá por el año 2010, los ecos de la crisis en Europa llegaron hasta Senegal. Un nuevo mazazo para los que quieren irse. “Sí, sabemos que en España hay mucho paro y no hay trabajo. Pero mira a tu alrededor”, Moustapha hace un gesto con el brazo y señala los cayucos varados en la playa, la suciedad, las calles inundadas por las recientes lluvias llenas de charcos donde florecen los mosquitos, “por muy mal que la gente esté allí siempre tendremos más oportunidades que aquí”, concluye.

Sin embargo, a Moustapha, cinco años después, casado y con tres hijos, se le ha pasado la fiebre de emigrar. “No me quiero ir, no podría. Pero el Gobierno tiene que ofrecernos algo, no tengo trabajo, no puedo quedarme de brazos cruzados en Thiaroye sur Mer, ni yo ni los cientos de jóvenes de la asociación. Tenemos pescadores, agricultores, albañiles, hasta universitarios, que no pueden hacer otra cosa que arreglar teléfonos móviles para ganar uno o dos euros al día. Con eso no pueden mantener a sus familias. Necesitamos centros de formación para los chicos, que aprendan un oficio, y puestos de trabajo”.

LAS RAZONES SE MANTIENEN

Las razones objetivas que les llevaron a intentar la peligrosa travesía se mantienen, falta de horizontes y obsesión por una Europa que, pese a la crisis, sigue generando una enorme atracción, aunque ahora los flujos migratorios vayan por otros derroteros. Sólo hay que preguntar en las cercanías de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, donde se amontonan ciudadanos procedentes de multitud de países africanos esperando una rendija para saltar la valla o cruzar a nado o en lancha neumática. Esta semana, 87 inmigrantes llegaron a un islote español llamado Isla de Tierra para luego ser devueltos y expulsados a Argelia. No hay duda de que lo seguirán intentando.

Damos un paseo por la playa. Estamos en época de lluvias y la pesca se resiente. En un rincón de la playa, varios jóvenes construyen un cayuco gigantesco. “Mira, aquí cabrían por lo menos doscientas personas. ¿La Guardia Civil? ¿Tú crees que una patrullera de la Guardia Civil puede impedirnos salir? Detrás de nosotros que lo intentamos en 2006 y 2007 viene una nueva generación tan frustrada o más que nosotros. No podemos pararlos para siempre si no les ofrecemos algo a cambio”. Las palabras de Moustapha Diouf suenan un poco a amenaza un poco a triste realidad.

Prestianni no cree que se pueda dar una salida tan intensa de emigrantes desde la costa senegalesa como se produjo en 2006-2007. Pero sabe que los flujos migratorios son cambiantes. “Existe una base para que se reproduzca el fenómeno, no creo que con la misma intensidad, pero algunos podrían intentarlo”. En la playa llena de plásticos y suciedad empujada por la marea de Thiaroye sur Mer, Momar Ndiaye, encaramado a una pequeña barca, arregla una red de pesca y asiente con la cabeza.

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Artículo publicado en La Provincia/DLP.

*José Naranjo (en Twitter: @naranjo_p) es periodista freelance residente en Dakar desde 2011. Empezó a viajar al continente africano para profundizar en el fenómeno de las migraciones, sobre el que ha escrito dos libros, “Cayucos” (2006) y “Los Invisibles de Kolda” (2009), que le llevaron a Marruecos, Malí, Mauritania, Argelia, Gambia, Cabo Verde y Senegal, donde aterrizó finalmente. Le apasiona contar historias y la energía que desprende África.


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