Los festivales de cine: nacimiento (I)

De acuerdo con David Sterritt [1], durante mucho tiempo miembro del comité de selección del New York Film Festival, actual presidente de la National Society of Film Critics y profesor en la Universidad de Columbia -entre otros méritos-, los festivales de cine tuvieron sus inicios en agrupaciones y clubes de cine que emergieron en varios países en los años 20 como reacción al creciente dominio de Hollywood. Estos promocionaron otros tipos de cines nacionales como el independiente, el documental y el cine de vanguardia, y florecieron en países que van desde Francia hasta Brasil, donde se convirtieron en la única fuente fidedigna de películas producidas en el ámbito local. Finalmente, algunos grupos organizaron encuentros internacionales donde los asistentes pudieron compartir ideas.

Europa fue y es la cuna mundial de este fenómeno. Fue la situación geopolítica del periodo conocido como de entreguerras, y la etapa posterior al final de la II Guerra Mundial, la que produjo las condiciones necesarias para su desarrollo. El primer festival de cine como tal fue resultado del entusiasmo del dictador italiano Benito Mussolini por la utilización del séptimo arte como arma de propaganda. Fue, por lo tanto, una decisión más política que artística. Con gran esmero, éste construyó la industria nacional, imponiendo altos impuestos al doblaje de películas extranjeras. Uno de los proyectos que apoyaba, la exhibición bienal de arte italiano, dio a luz en 1932 a la Exhibición Internacional de Arte Cinematográfico en Venecia. La también conocida como Mostra fue el primer evento que reunió la mayoría de elementos correspondientes al resto de festivales actuales. Aparte de una celebración periódica, se presentó como internacional y congregó a un gran número de personajes influyentes del mundo del cine y el arte, en general. Sin embargo, no pudo deshacerse de su cariz político hasta el final del conflicto internacional, y las películas en un principio fueron seleccionadas y premiadas en consonancia con el fascismo. Además, durante los años de guerra no se programaron en Venecia largometrajes procedentes de la Unión Soviética ni de Estados Unidos.

El león de oro es entregado en cada edición de La Mostra

Como reacción contra el sistema fascista de la Mostra surgió el festival de Cannes. Citando a Turan [2] “En 1937, La Gran Ilusión, de Jean Renoir, no obtuvo el primer premio debido a su temática pacifista, por lo que los franceses decidieron que si querían algo bien hecho tenían que hacerlo ellos mismos”. Su primera edición estaba programada para 1939, pero fue cancelada por la invasión alemana a Polonia en ese mismo año, y el festival no volvió a funcionar hasta 1946. Partiendo de unos modestos orígenes, y tras varios cambios, Cannes se ha convertido en el festival de cine más prestigioso del mundo, congregando según la página web de la organización a más de 10.000 participantes de 91 países, y en uno de los eventos más mediatizados del sector.

Para concluir el breve análisis individual sobre los inicios históricos de los festivales más significativos queda por resaltar el Festival Internacional de Berlín, o Berlinale. La decisión de fundar este festival fue tomada en gran parte por Oscar Martay, comisario de la oficina de cine estadounidense, en colaboración con miembros del Ayuntamiento del Gran Berlín y representantes de la industria del cine de la actual capital alemana. La iniciativa se concibió en la etapa de postguerra, a consecuencia de la Guerra Fría y, a lo largo de los años, el evento se ha visto salpicado por diferentes acontecimientos políticos. El festival se posicionó como un estandarte de la cultura occidental frente al comunismo, siendo un escaparate del llamado mundo libre en una zona en la que el conflicto era más acusado por su posición geográfica y política. Esto desembocó en la exclusión del festival a países de la Europa del Este.

Queda claro con estos tres ejemplos, de los festivales más importantes hoy en día -y por ello muy representativos-, que la creación de estos eventos puede tener en muchos casos otros intereses distintos de lo artístico, ya sean estos políticos, sociales, económicos, etc. De hecho, Turan describe el circuito actual de festivales como grupos de eventos dominados por agendas de diversos tipos: económicas (Cannes, Sundance, Showest), geopolíticas (Habana, Sarajevo, Midnight Sun) o artísticas (Pordenone, Lone Pine, Telluride).

De Valck [3] discute las numerosas teorías que han tratado el tema de la construcción de la identidad y fuerza de la nación-estado como factor determinante en la estructura y desarrollo de la Europa moderna. A partir del siglo XIII las naciones europeas se embarcaron en una serie de actividades para crear una imagen nacional aceptable y competente para ellas y sus gentes. Por si la lengua no fuera suficiente, se crearon monedas, leyes y constituciones. Asimismo, se organizaron exposiciones y ferias internacionales, además de Juegos Olímpicos y premios Nobel, ya entrados en el siglo XX, que se convirtieron en ocasiones excepcionales para presentarse ante el mundo como entidades claramente definidas y diferentes al resto. La cultura demostró ser una de las mejores aliadas a la hora de definir a un conjunto de pueblos, y el cine, sin lugar a dudas, fue uno de los buques insignia que se utilizaron con estos fines.

El oso de plata es el icono del festival berlinés

De esta forma, los festivales de cine son parte del proyecto por el cual las naciones europeas defienden su soberanía. Como se acaba de exponer, la causa del origen de este fenómeno se encuentra en motivaciones políticas, con Mussolini y la Mostra de Venecia, como pioneros. Sin embargo, fue después de la guerra cuando la imagen de los países europeos afectados necesitaba un refuerzo y estos, ansiosos por volver a generar un sentimiento de orgullo crearon, entre otros eventos, múltiples festivales de cine. Este tipo de eventos, en los que se produce una competición entre naciones, son propensos a generar disputas, por lo que la FIAPF, cuyo caso será analizado en próximos capítulos, y los propios implicados tuvieron que controlar el contenido de algunas películas.

Esta cadena de factores que rivalizan entre sí prueba la existencia de competición en todos los niveles de actuación de un festival. Desde los más altos (estatales) a otros menores (entre ciudades o regiones) e, incluso, respecto a su propio desarrollo, en el que una película y sus creadores pelean por un premio que les eleve a una mejor posición cultural. Es decir, la competición como dogma que promete la supuesta salvación.

La agenda política de los estados-nación europeos no fue la única razón de ser de los primeros festivales de cine. Una segunda explicación de por qué Europa fue la cuna del fenómeno reside en la hegemonía de Estados Unidos en los mercados, tanto económicos como culturales, y la lucha de Europa por proteger su industria del cine y su cultura. Innegablemente, desde finales de la II Guerra Mundial las películas norteamericanas han dominado los mercados europeos, ya sea por prácticas económicas más eficientes o por saber congeniar mejor con el espectador medio[4]. Los festivales de cine emergieron en un momento en el que los estados europeos no podían hacer frente a la insistencia del capitalismo estadounidense. Lo que hicieron es engañar al sistema ofreciendo un mercado alternativo que cubriera de prestigio las películas que por la ley de mercado no podían acceder a la cadena comercial de distribución. Sin tener la intención  dieron con una forma efectiva de poder luchar contra el dominio del sistema de estudios americano en el mercado global cinematográfico.

Pese a todo, no se debe negar la importante influencia de los Estados Unidos (en particular, de Hollywood) en este proceso. Es imposible concebir la existencia de los festivales europeos sin la interacción entre el cine europeo y el de Hollywood. Según De Valck[5], la relación entre estos eventos y Hollywood tuvo una doble vertiente. Por una parte, la presencia de éste fue bien acogida. La MPPDA (Asociación de Productores y Distribuidores de Cine de América) fue aceptada como representante oficial de América en los festivales, pese a que su  objetivo era la protección de intereses económicos en lugar de la promoción de su cine nacional. Además, sus estrellas fueron invitadas a todas las ediciones, y el glamour, los escándalos y las olas de paparazzis[6] que los perseguían se convirtieron en marca de la casa.

Se podría afirmar que la presencia de estrellas de Hollywood no contradecía los estándares de la clase alta necesarios para hacer del evento un instrumento con potestad para la legitimación cultural. Al contrario, los confirmaba, ya que las estrellas eran consideradas por los miembros de la comunidad internacional de ricas, famosas y elegantes personalidades. Por otra parte, los festivales se opusieron sutilmente a Hollywood. Esto se debe a que el festival de cine trabajaba con una lógica que chocaba con el modelo de dominio económico. Las películas no eran tratadas como una mercancía producida en cadena para satisfacer al mayor número de personas posible, sino que eran vistas como logros nacionales, transmisoras de la cultura nacional y creaciones artísticas únicas. Pese a ello, los festivales no se vieron limitados a mostrar sólo una cara de la moneda. De esa forma colaboraron con Hollywood mientras se centraron en potenciar el aspecto cultural y artístico del cine. Adoptaron un punto de vista intelectual, apoyándose en la filosofía de que las creaciones artísticas no sólo tienen interés económico, sino que también pueden contener intereses morales, políticos o sociales y que, por ende, son defendibles independientemente de los beneficios económicos que generen.

Desde el comienzo, los festivales europeos atrajeron a grandes estrellas de Hollywood. En la imagen, el director británico, Alfred Hitchcock, y la actriz, Tippi Hedren, en la alfombra roja de Cannes. Getty Images.

Muchos ven estas dos ramas como polos opuestos, situando a Europa bajo los estándares de la cultura de élite y a Hollywood como cultura para el entretenimiento de las masas. Esto representaría la clásica dicotomía entre cine de autor y cine de estudios. Para Crane y DiMaggio[7], entender la cultura como una jerarquía se ha hecho común y legítimo. La alta cultura se considera superior a la popular, y los géneros sagrados lo son frente a los vulgares o profanos. Por otra parte, también se reconoce la ambigüedad y la erosión de ese sistema dual, la cultura es de marcado carácter plural, con límites borrosos entre la alta y la baja cultura. Espacios entre ambas categorías emergen, hasta desembocar en la llamada cultura media.  De esta manera, el arte no sólo se eleva o pierde su estatus artístico, sino que la diferenciación pierde fuerza. Los festivales juegan un papel importante en el acortamiento de la distancia entre la alta y la baja cultura, ya que juegan en los límites entre el arte y el mercado, entre la élite y el entretenimiento para el pueblo, descansando muchas veces en ese puente intermedio. De Valck[8] defiende que existen similitudes entre ambos, cada uno de los cineastas busca la atención de los medios, ya sea el director de una película taquillera americana o un director de cine de autor. La participación en competición y la consecución de premios está reservada para unos pocos, pero cualquiera tiene la opción de ganar valor simbólico a través de los medios, que puede traducirse a posteriori en mayores ventas, derechos de televisión, etc. Y todos, al fin y al cabo, buscan ese fin en mayor o menor medida.

Finalmente, se produce un punto de inflexión en el funcionamiento de los festivales, basado en la mezcla de las dos vertientes, que se produce cuando los miembros de la Nouvelle Vague[9], con Godard, Truffaut y Malle a la cabeza, hacen su aparición en Cannes en 1968, uniéndose a las revueltas provocadas por los estudiantes de París. Estos criticaron el sistema de dirección del festival e hicieron que la diferencia entre alta y baja cultura fuera mayor, asociándola a buena y mala cultura. Además, instaron a los festivales a suplantar el sistema de estrellas por el de autor. Surgió así con fuerza la idea de estos eventos funcionando al servicio del cine de autor y representando el arte más allá del estrellato y los flashes.


[1] Sterritt, David. Film Festivals — Then and Now, issue 6, 2010.

[2] Turan, Kenneth. Sundance to Sarajevo, Film Festivals and The World they Made, University of California Press, 2002.

[3] De Valck, Marijke. Film Festivals, From European Geopolitics to Global Cinephilia, Amsterdam University Press, 2007.

[4] Nowell-Smith, Geoffrey, and Steven Ricci, eds. Hollywood & Europe, Economy, Culture, National Identity 1945-1995, London: BFI pusblishing, 1998.

 [5] Op. Cit. De Valck, Marijke. Film Festivals, From European Geopolitics to Global Cinephila

[6] Paparazzi es una palabra de origen italiano, que se usa para denominar al que tiene una conducta de fisgón, entrometido, sin escrúpulos mientras ejerce su oficio de fotógrafo. El nombre es debido al personaje Paparazzo de la película de Federico Fellini La Dolce Vita,  tras la cual se denomina así a los fotógrafos de la denominada prensa rosa.

[7] DiMaggio, Paul. Cultural Boundaries and Structural Change: the Extension of the High Culture Model to Theatre, Opera, and the Dance, 1900-1940, 1992.

[8] Op. Cit. De Valck, Marijke. Film Festivals, From European Geopolitics to Global Cinephila

[9] Todos directores que formaron parte de la generación artística conocida como Nouvelle Vague, que reaccionó contra las estructuras que el cine francés imponía hasta ese momento y, consecuentemente postularon como máxima aspiración, no sólo la libertad de expresión, sino también libertad técnica en el campo de la producción fílmica.


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Sobre Daniel López Pérez

Diplomado en Ciencias Empresariales y licenciado en Publicidad y Relaciones Públicas por la Universidad de Murcia. Posee un BA en International Business Communication por la universidad de UCLAN (R.U.). Este año cursó un máster en fotografía de paisaje en la Escuela Ultravioleta, en Madrid. Ha vivido en Reino Unido, Brasil, Irlanda, Estados Unidos, México y, actualmente, en Guatemala. Pasión: la fotografía social y de paisaje. Web personal: http://daniellopezperez.com/