Sarajevo, 6 de abril de 2012. Dolor silencioso y ganas de vivir.

Por Loira Manzani*.

Desde la ventanilla del autobús observo los edificios buscando las evidentes huellas dejadas por los disparos y las granadas. Pero ya no estoy en Sarajevo. Cinco días han bastado para dejarme esta costumbre. Cinco días, escasos para entrar en lo profundo de la capital de esta tierra, Bosnia-Herzegovina, pero suficientes para dibujar algunas pinceladas de Sarajevo y su gente.

El 5 de abril de 1992, Olga Sucic y Suada Dilberovic fueron muertas en Sarajevo por francotiradores serbios escondidos en el hotel Holiday Inn, bajo control serbio, mientras participaban en primera línea de una manifestación pacifista en el puente Vrbanja. Este asesinato representa el comienzo de la guerra en Sarajevo: 1.425 días de asedio, bajo una media de 329 granadas al día y la amenaza constante de los francotiradores. Los serbios no se arredraron a la hora de llevar a cabo masacres de civiles en escuelas, mercados, hospitales y hasta una unidad de maternidad.

El 6 de abril de 2012 en Sarajevo se colocó una rosa roja, empapada con pintura del mismo color, en cada punto donde tuvieron lugar las masacres y donde el suelo lleva todavía la marca imborrable de aquellos momentos. Un perro se acerca demasiado a una de ellas; un joven lo echa enseguida. No se viola este recuerdo.

Una rosa y pintura rojas recuerdan la guerra en una acera de Sarajevo.

La guerra es reciente y sigue trazada de forma indeleble en la vida de la mayoría de personas con que te encuentras tomando un café, sentándote a su lado en el autobús, intercambiando una mirada por la calle. La guerra no se puede olvidar, está clavada en la vida de las personas, su recuerdo se delata en los agujeros de las casas, en las fachadas vacías, en los cementerios demasiado numerosos y poblados.

La gente evita hablar de ella. Nuestro guía Amir nos lleva a visitar el túnel de Sarajevo que los bosnios musulmanes construyeron bajo el aeropuerto durante el asedio para que pudieran pasar armas, comida, tabaco y para evacuar a personas, heridos sobre todo. Hasta 3.000 personas al día transitaron por allí para alcanzar la zona libre detrás del aeropuerto. Amir habla sin parar de la historia de Sarajevo, del régimen de Tito, del estallar de la guerra. Cuando le pido una opinión sobre las relaciones actuales entre bosnios musulmanes y serbios no me contesta. Insisto una vez más. ¿Se relacionan entre ellos, en la escuela, en el trabajo? “No queda otra”, comenta. “Algunos hasta se casan entre ellos”, dice. “Y evitan hablar de la guerra”. Él, sacado de su papel de guía, está haciendo exactamente eso, obviarla. La gente no puede olvidar la guerra, ni evitar que se revele en su día a día, pero sí puede, y eso hace, no llamarla en sus vidas más de lo que ya reclama ella sola.

Algunos edificios de Sarajevo conservan los impactos de los proyectiles.

Sarajevo representa la posibilidad del encuentro: mezquitas, sinagogas, iglesias católicas y ortodoxas. Justo en estos días unos soldados veteranos jubilados anticipadamente protestan delante del Parlamento por no recibir la pensión que les corresponde. Son militares bosnios musulmanes, serbios y croatas que combatieron entre sí durante la guerra de los años 90 y que hoy se juntan para revindicar sus derechos.

Sin embargo, Sarajevo es también capital de un país dividido. Lo es políticamente porque el país está descentralizado, formado por dos entidades, dos espacios: la República Srpska, de población serbia, y la Federación de Bosnia y Herzegovina, de población bosnio musulmana y croata. Lo es socialmente, porque la guerra ha generado divisiones en la población… y porque en muchos casos, comenta el guía, “la gente se relaciona entre ella solo porque no hay otra opción”.

11.541 sillas rojas en la calle Marsala Tito, desde la Llama eterna hasta la mezquita de Ali Pasha, recuerdan las 11.541 víctimas de la guerra en Sarajevo. De repente me encuentro con unas sillas más pequeñas: 643. Una pelota, un peluche, un chupachups apoyado por la mano de otro niño o niña en memoria de estos pequeños que la guerra se llevó. Es impactante este río rojo que llena la calle, la ausencia que comunica. Y es paradójico que tales sillas sean made in Serbia.

Me pregunto cuál será la reacción de la gente de Sarajevo frente a este día de conmemoración: si de  participación o toma de distancia, de recuerdo privado, en silencio. La herida quizás está todavía demasiado abierta para querer conmemorar. Igual conmemorar implica una aceptación previa o, al menos, una asimilación. Todavía la gente no está lista para esto.

Reina el silencio en la calle Marsala Tito, reina el silencio en toda la ciudad. Hasta llegar al puente Vrbanja. La placa en memoria de Olga y Suada está homenajeada con ramos de flores, el suelo pintado con escritos y lemas. En la esquina del puente, un grupo de jóvenes escucha música rock a todo volumen, toma bebidas y come dulces, se ríen, sonríen. Como escenario de fondo un edificio gris, agujereado, martirizado por la guerra.

Pero queda en el fondo. Los protagonistas hoy son estos jóvenes, testimonio de que el recuerdo de la guerra sí está, pero que la gana de vivir puede más. Sarajevo es hoy una ciudad viva.

*Loira Manzani es miembro de SOS-Racismo Gipuzkoa.


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