Sangre en nuestros móviles: el conflicto del coltán en el Congo

Por David Val Palao*.

Los teléfonos móviles se han convertido en el producto estrella de la última década. En 2005, se vendían más de 800 millones de estos teléfonos en todo el mundo y en 2010 esa cifra ya superaba los 1.100 millones. En España se vendieron más de 20 millones de móviles durante el pasado año. En conclusión, un negocio que está en continuo crecimiento y que no parece tener fin a pesar de la dura crisis que golpea a Occidente. Seguro que también os preguntaréis por qué se estropean tanto. Si no lo sabéis, pinchad aquí.

En cambio, probablemente no se haya oído hablar tanto del coltán. Este mineral ha pasado de ser considerado una simple curiosidad geológica a convertirse en crucial para el avance tecnológico debido a sus nuevas aplicaciones. Hoy en día, es utilizado en casi la totalidad de dispositivos electrónicos: teléfonos móviles, GPS, satélites artificiales, armas teledirigidas, televisores de plasma, videoconsolas, ordenadores portátiles, PDA, MP3, MP4…

Cosas del destino, el 80% de las reservas de coltán se encuentran en el este de la República Democrática del Congo (RDC). Recurso no renovable y altamente estratégico, el coltán se convirtió en el motivo de una guerra fratricida entre nueve naciones vecinas que estalló en 1998. Y aunque se firmó un acuerdo de paz en 2003, el conflicto sigue activo en la RDC a modo de incontrolada guerra civil. Desde su irrupción inicial, más de 5,5 millones de personas han muerto, lo que supone el mayor número de víctimas desde la Segunda Guerra Mundial. Más de 1,5 millones de personas han sido desplazadas en el interior del propio país. La antigua colonia belga tiene tanta riqueza que con su explotación debería nadar en la abundancia. Sin embargo, lo que le sobran son guerras y conflictos. Mientras tanto, Occidente mira hacia otro lado y se aprovecha de la inestable situación que existe en el país para negociar con el coltán.

Fotografía: Hernán Zin.

El entramado de situaciones es difícil de explicar. Desde 1998, el guerrillero Laurent Nkunda, de la etnia tutsi, controlaba la región de Kivu Norte, una de las más ricas en minerales, gracias al apoyo del presidente ruandés, Paul Kagame, que legitima su acción guerrillera a cambio del tráfico del coltán a través de la frontera ruandesa. En sus años al frente de la guerrilla tutsi, Nkunda ha perpetrado asesinatos, masacres, extorsiones y genocidios que apenas han sido denunciados por los diferentes organismos internacionales. No obstante, Laurent Nkunda fue detenido a principios de 2009.

Los congoleños viven atemorizados ante la extorsión de los guerrilleros. Las minas de coltán son explotadas por niños y adolescentes que viven en régimen de esclavitud, ya que gracias a sus pequeños cuerpos son los únicos capaces de adentrarse por las estrechas galerías donde obtienen el preciado mineral. Se calcula que por cada kilo de coltán extraído mueren dos niños. Una vez que obtienen el coltán, lo transportan a las aldeas donde consiguen vender unos 40 kilos por 10 dólares. Es decir, tres o cuatro días de trabajo por unos siete euros de media. Después, este mineral se vende a las grandes multinacionales por unos 70 euros el kilo.

Estos grupos de guerrilleros, a los que no controla ni la ONU ni el propio ejército congoleño, tratan a los ciudadanos como esclavos. Explotan a niños y a jóvenes, llevándolos a trabajar a las minas o convirtiéndolos en soldados. Cuando se derrumban fruto del cansancio acumulado, los degüellan o los queman vivos. A las niñas, adolescentes, mujeres y ancianas las violan repetidamente. Pero, ¿cuál ha de ser la crueldad que emplean con ellas cuando en el documental a continuación suplican que desearían que sólo las violaran? Según se recoge en el reportaje, cuando las violan les introducen palos ardiendo, hierros, bayonetas… Y quien intenta escapar es torturado a la vista de sus compañeros o familiares para que sirva de ejemplo.

Pero, ¿por qué no se actúa? Porque, como ocurre casi siempre, el negocio económico que existe detrás es mucho más rentable que la explotación legal y controlada de estas minas. Estos grupos de salvajes guerrilleros, apoyados militarmente por Ruanda, viven del coltán que venden a las grandes multinacionales de Occidente. Aunque en la actualidad existen 18.000 cascos azules en la zona, el negocio del coltán sigue fuera de control. Incluso la población civil ha elevado sus quejas a los Comités de Solidaridad con el África Negra, asegurando que los cascos azules “no solo no les defienden de Nkunda, sino que además les han visto transfiriendo armamento y víveres a las tropas guerrilleras, dejándoles incluso usar vehículos y helicópteros”.

Fotografía: Hernán Zin.

Con todo, los pequeños y destartalados aviones comerciales siguen despegando del Congo cargados del preciado mineral. Bélgica, como antigua metrópoli, es uno de los principales clientes de las exportadoras congoleñas, que se sustentan principalmente del coltán que proviene de las zonas que habían sido ocupadas por Laurent Nkunda. Algunas multinacionales como la belga Traxys se dedican a la comercialización y distribución de minerales industriales como el coltán y, aunque pretenden esconder la procedencia de ese mineral, sus propios proveedores confirman que proviene de la zona en guerra.

La media docena de empresas belgas que controla el tráfico del mineral procedente del Congo, lo exporta casi todo a China, país en el que se fabrican más de 500 millones de móviles al año, es decir, la mitad de la producción mundial. Gigantes de las telecomunicaciones como Nokia o Motorola aseguran en sus webs que el coltán que utilizan en sus móviles no procede de la zona conflictiva del Congo. Aun así, nunca han aportado pruebas fehacientes de que verdaderamente controlan la procedencia del mineral. De lo que no hay duda es de que tales empresas tienen filiales y subcontratas en China, que son quienes fabrican sus teléfonos móviles.

En conclusión, las grandes multinacionales de la tecnología viven del coltán obtenido en el Congo, por el cual se paga muy poco en comparación con lo que podría pagarse si las minas se explotaran de forma legal bajo el amparo del gobierno congoleño. Esta sería, sin duda alguna, la única forma de que la debilitada sociedad del país pudiera beneficiarse de la riqueza de su subsuelo.

Con el dinero que las multinacionales pagan a las mafias que les facilitan el coltán, éstas compran armas que ayudan a mantener a las guerrillas apoyadas por Ruanda en todo el este del Congo. Por eso se entiende que los países occidentales apoyen al presidente ruandés, Paul Kagame, quien, sin embargo, ha sido acusado de atentar contra su homólogo anterior (de etnia hutu). Hemos de recordar que casi cuatro millones de personas murieron entre 1990 y 2005 en el conflicto que enfrentó a varios de los gobiernos de la región. De ellas, en torno a un millón (principalmente de etnia tutsi) perdieron la vida en apenas 100 días durante el genocidio de 1994 en Ruanda, según reconoció Jean Kambanda, primer ministro ruandés aquel año. Los otros tres millones de ruandeses y congoleños muertos se extendieron durante todo el conflicto, según el Informe Anual de 2005 de Human Rights Watch y el International Rescue Committee en su informe de enero de 2006.

¿Es necesario que se vierta tanta sangre y que se hagan tantas atrocidades para poder tener un smartphone? La relación de esta guerra con nuestro consumismo tecnológico es directamente proporcional: las fechas del auge de ventas de teléfonos móviles coincide con aquellas en las que ha habido más muertos en el Congo. De todos modos, siempre es más fácil obviar este conflicto y actuar como si no existiera.

*David Val Palao es periodista y autor del blog Vida y obra de un cronopio.


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