Egipto, la Primavera tiene nombre de mujer

Ese hombre grande en tamaño y en número de muertos sobre su conciencia; ese Raïs, padre de la nación, todopoderoso y temido Hosni Mubarak duró 30 años y 18 días en la cúspide del régimen. Un sistema anclado en la tortura, la desaparición y el terror. Fueron 30 años de un estado de excepción teñido de sangre y sostenido por un miedo profundo a pensar en voz alta.

Pero después de 30 años bastaron 18 días. Al pánico le pudo la determinación de miles de hombres y mujeres que ocuparon las calles y plazas de las ciudades de Egipto, un país que se levantaba por el sueño de una vida menos parecida a la muerte. Fueron 18 días en que los teleobjetivos de los medios enfocaron la plaza Tahrir, donde se alzaban las pancartas, los carteles y las voces de personas como Amel, como Nehad, como Sara, Maikel o Samia. El mundo miraba sorprendido y conmovido. La desobediencia de los militares a las órdenes de disparar fue determinante. Tras 18 días y casi un millar de muertos, Mubarak caía.

Mujeres en una manifestación contra el régimen de Mubarak. Egipto. Foto: Demotix/Nameer Galal

“Felicito a los manifestantes por su extraordinario valor”, declaraba el secretario general de Amnistía Internacional, Salil Shetty, tras la caída de Mubarak“La manera en que la población egipcia ha tomado las calles, en cifras sin precedentes, para pedir dignidad, derechos humanos y justicia social ha sido una inspiración para los pueblos oprimidos de todo el mundo”. 

Pero tras los festejos llegó la dura realidad. La energía transformadora que revolucionó un país detenido en el tiempo se topó con la traición a las aspiraciones que movilizaron la calle. Las torturas, abusos y detenciones eran ahora cometidas por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF); una institución que asumía el poder tras la caída de Mubarak.

Una vez más, la libertad de asociación, de huelga, de expresión eran violados por los nuevos jerarcas. “Mi hijo ha sido condenado porque dijo la verdad sobre lo ocurrido en la plaza Tahrir”, nos contaba el padre del bloguero Maikel Nabil Sanad, condenado a tres años de cárcel por criticar al ejército. Durante su reclusión, Maikel inició una huelga de hambre y sus familiares llegaron a temer por su vida. Ha sido recientemente indultado.

Millares de personas se han sumado a las manifestaciones en Egipto. Foto: Nour El Refai / Demotix.

Las mujeres estuvieron en primera línea de las protestas. Sobrepasando los estereotipos y la discriminación, las revueltas demostraron su protagonismo activo y determinante en defensa de los avances democráticos. Tras el cambio de régimen, numerosas mujeres han denunciado haber recibido palizas a manos de las fuerzas de seguridad. Periodistas extranjeros fueron testigos de una brutal agresión de militares contra una mujer a la que desnudaron en plena vía pública; otras manifestantes fueron arrastradas por el pelo; Azza Hilal fue golpeada en cabeza y rostro.

A finales de marzo, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas anunció que investigaría el uso de “pruebas de virginidad” forzadas por el ejército, y a finales de año, un tribunal administrativo de El Cairo prohibió su práctica. En 2012, las mujeres continúan luchando por el fin de su marginación en la vida política del país, pues sigue sin garantizarse su participación equitativa en la toma de decisiones.

“No puede haber una democracia sin mujeres. En ningún lugar. La base de la democracia es la igualdad entre todo tipo de gente. No puedo imaginar una democracia sin un lugar seguro y abierto para la participación de las mujeres en la vida pública”, nos explicaba la joven defensora de los derechos humanos egipcia Yara Sallam. Negar la igualdad de las mujeres es poner fin a la esperanza”.

 

Publicado en: Amnistía Internacional.


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Sobre Karlos Ordóñez Ferrer

Ha trabajado doce años como realizador de televisión y ha colaborado con Amnistía Internacional. Actualmente trabaja en Mugak (Centro de Documentación de SOS Racismo) y es especialista en Información Internacional y Países del Sur. Ha vivido en El Salvador, Estados Unidos, Ecuador, Uruguay y Mozambique. Escribe libros de relatos y tiene un hijo y una hija (que le hacen feliz). Los árboles los usa para subirse a ellos y mirar lejos.