Tunez, una Primavera frágil que sigue brotando

Manifestación en Tunez. Foto: Demotix/Nour El Refai

 

Mohamed Bouazizi era un niño de apenas tres años cuando Zin el Abidín ben Alí ocupó la presidencia del régimen de Túnez. Veintitrés años después, aquel niño convertido en un hombre desesperado por la ausencia de posibilidades de alcanzar una vida digna y por la represión diaria de las autoridades decidió prenderse fuego. Bouazizi es el reflejo de miles de jóvenes tunecinos desempleados, con una carrera universitaria que no le servía en la práctica ni para poder vender verdura en la calle. Su muerte incendió también su país. Miles de jóvenes vivieron su sacrificio como el punto de inflexión de un régimen corrupto y represivo. Manoubia, la madre de Bouazizi, todavía llora hoy su pérdida, pero necesita creer que no fue en balde.

La represión contra los manifestantes pacíficos durante esos días fue brutal, tal y como lo constató sobre el terreno una misión de Amnistía Internacional. Y esa brutalidad, a su vez, encendió nuevas llamadas de indignación que se extendieron a través del boca a boca y de las redes sociales.

“Queremos ambas cosas: libertad para trabajar y libertad para hablar. En vez de eso, me han dado golpes”, declaraba a los investigadores de Amnistía Internacional Walid Malahi durante la revuelta. Otro manifestante, Neji Flehi, de 24 años, se suicidaba electrocutándose mientras gritaba “¡No al paro!, ¡No a la miseria!”.

Veintiocho días después del levantamiento, y tras numerosas denuncias de torturas, abusos y violaciones de derechos humanos, Ben Alí huyó a Arabia Saudí.

En esos primeros días, Amnistía Internacional hizo pública la Agenda de Derechos Humanos para el Cambio en la que instaba a  la reforma del sistema de Justicia, al freno de las Fuerzas de Seguridad, a la condena de la tortura y los malos tratos, a la defensa dela libertad de expresión y a poner fin a la impunidad.

“Queremos justicia”, gritaba con desesperación la hermana de un estudiante de Derecho, Malek Habbachi, muerto de un disparo en el cuello. “Le han quitado la vida prematuramente. Hay gente que vive en palacios mientras otros luchan por sobrevivir. ¡Ya basta de miedo!”, exclamaba con dolor. Su padre nos dijo que: “Mis hijos hicieron lo que debían. Todos los tunecinos se niegan a aceptar sus condiciones de vida. Malek luchaba contra la corrupción”.

En octubre de 2011 se celebraron las primeras elecciones democráticas desde la independencia de Túnez. Ennahda fue el partido que ganó más escaños, pero no logró la mayoría absoluta. En noviembre, la Asamblea Nacional Constituyente nombró un gobierno de transición. Su presidencia recayó en Moncef Marzouki, activista de los derechos humanos y ex preso de conciencia de Amnistía Internacional, quien firmó el Manifiesto por el Cambio de la organización y se comprometió a hacer valer las 10 medidas clave en materia de derechos humanos.

Ese gesto renovó la esperanza de lograr los cambios tan anhelados, pero no bastan reformas cosméticas, deben ser estructurales y de gran calado. Túnez debe aprovechar la oportunidad que le brinda la determinación de su pueblo.

Publicado en Amnistía Internacional


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Sobre Karlos Ordóñez Ferrer

Ha trabajado doce años como realizador de televisión y ha colaborado con Amnistía Internacional. Actualmente trabaja en Mugak (Centro de Documentación de SOS Racismo) y es especialista en Información Internacional y Países del Sur. Ha vivido en El Salvador, Estados Unidos, Ecuador, Uruguay y Mozambique. Escribe libros de relatos y tiene un hijo y una hija (que le hacen feliz). Los árboles los usa para subirse a ellos y mirar lejos.