Afganistán, cementerio de los imperios. (I)

El destino de las gentes del territorio de Afganistán nunca ha sido sencillo. Situado en ese tortuoso cruce de caminos que supone ser la llave de Asia, el territorio afgano ha pasado de mano en mano por los diferentes grandes imperios de la antigüedad, Edad Media y Moderna. Durante el siglo XIX Afganistán fue escenario del “Gran Juego” entre Gran Bretaña y Rusia, manteniendo un delicado equilibrio a base de sobornos y movimientos diplomáticos; sistema que se había impuesto cuando las diferentes potencias se dieron cuenta de la dificultad de conquistar el territorio. Entre 1880 y 1933 el país estuvo gobernado por Abdul Rehman, el “Emir de Hierro”, y más tarde por sus descendientes, los cuales mantendrían una política aislacionista de rechazo a toda influencia occidental, una educación fuertemente arraigada en el Islam y el uso de la fuerza para aplastar las revueltas disidentes.[1]

Durante la Segunda Guerra Mundial, el país se mantuvo neutral e ingresó en la ONU en 1946. Sin embargo, 30 años más tarde, una serie de acontecimientos precipitarían que Afganistán entrase en un periodo de conflicto del que todavía hoy no ha salido. En 1973 el rey Muhammad Zahir fue destronado por un golpe de estado liderado por Sardar Muhammad Daud Khan que enviaría al rey al exilio en Roma, estableciendo una república. Daud trató de normalizar la situación del país mediante la creación de una constitución y la modernización de la educación. Sin embargo, no tardó en encontrar una fuerte resistencia proveniente de los sectores más fundamentalistas en un contexto de creciente hostilidad política y violenta.[2]